Elena aún podía escuchar sus propias palabras resonando en su mente.
“Demasiado tarde.”
El silencio que siguió en la sala de ensayo después de decirlo había sido tan intenso que incluso el sonido del reloj en la pared parecía demasiado fuerte.
Adrián la miraba como si no supiera exactamente qué hacer con esa confesión.
Durante años habían construido una barrera hecha de orgullo, resentimiento y heridas que ninguno quería admitir. Pero en ese momento, todo parecía haber quedado expuesto.
Elena respiró profundamente, tratando de recuperar la calma.
—No significa lo que crees —dijo finalmente, aunque ni siquiera ella estaba completamente segura de eso.
Adrián levantó una ceja.
—Entonces explícame qué significa.
Elena apartó la mirada hacia el espejo de la sala. Ver su reflejo parecía más fácil que mirarlo directamente a los ojos.
—Significa que… —empezó, pero las palabras no salieron.
Adrián dio un paso más cerca.
—Elena.
Su voz era más suave de lo habitual.
—No tienes que fingir conmigo.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Claro que sí.
—No.
Elena finalmente lo miró.
Había algo diferente en sus ojos. No era arrogancia, ni desafío.
Era sinceridad.
Algo que hacía años no veía.
—Lo que dije… —continuó Elena— fue solo un momento.
—No lo fue —respondió Adrián.
—Sí lo fue.
—Elena.
Ella cruzó los brazos.
—No podemos simplemente olvidar todo lo que pasó.
—Nunca te pedí que lo olvidaras.
—Entonces ¿qué quieres?
Adrián la observó unos segundos.
—Quiero una oportunidad.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Elena sintió que su corazón se aceleraba.
Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar eso.
Ahora… no estaba segura de qué hacer con esa posibilidad.
—No es tan simple —susurró.
Adrián estaba a punto de responder cuando el sonido de la puerta del salón interrumpió el momento.
Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Un hombre desconocido acababa de entrar.
Alto.
Chaqueta oscura.
Mirada tranquila… demasiado tranquila.
Elena frunció el ceño.
—El teatro está cerrado.
El hombre siguió caminando hacia el centro de la sala como si no hubiera escuchado.
Sus ojos recorrieron el lugar antes de detenerse en Adrián.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Vaya… esto sí que es un reencuentro interesante.
Adrián se tensó inmediatamente.
—¿Qué haces aquí, Mateo?
Elena miró a Adrián sorprendida.
—¿Lo conoces?
El hombre hizo una pequeña reverencia teatral.
—Mateo Vargas. Viejo conocido de tu compañero de baile.
Pero el tono de su voz dejaba claro que su relación no era amistosa.
Adrián dio un paso adelante, colocándose ligeramente delante de Elena.
—Te dije que te mantuvieras lejos.
Mateo levantó las manos como si estuviera ofendido.
—Tranquilo, Salvatore. Solo vine a hablar.
—No tenemos nada de qué hablar.
Mateo sonrió.
—Oh, yo creo que sí.
Sus ojos se deslizaron hacia Elena.
—Especialmente ahora que sé quién es ella.
Elena sintió un pequeño escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Mateo la observó con curiosidad.
—Significa que finalmente entiendo por qué Adrián desapareció hace cinco años.
Elena se quedó inmóvil.
—Eso no es asunto tuyo.
Mateo rió suavemente.
—Tal vez no. Pero es una historia bastante interesante.
Adrián habló con voz firme.
—Déjala fuera de esto.
Mateo inclinó la cabeza.
—¿De verdad?
Se acercó un poco más, ignorando la tensión en la habitación.
—Porque parece que ella ya está muy dentro de esto.
Adrián apretó los puños.