La mañana llegó demasiado rápido.
Elena casi no había dormido. Durante toda la noche su mente había repetido la misma escena una y otra vez: Mateo entrando al salón, su sonrisa fría, la forma en que había mirado a Adrián… y especialmente la manera en que la había mirado a ella.
Como si ya fuera parte del problema.
Cuando salió de su apartamento el cielo estaba gris. Las nubes cubrían la ciudad y el aire tenía ese olor salado que venía del mar.
El viejo puerto quedaba al otro lado de la ciudad.
Un lugar que casi nadie visitaba ya.
Antiguos almacenes, muelles de madera desgastados y barcos abandonados que se movían lentamente con el agua.
No era un lugar para conversaciones tranquilas.
Era un lugar para problemas.
Cuando Elena llegó, Adrián ya estaba allí.
Estaba apoyado contra la baranda oxidada del muelle, mirando el agua oscura.
—Llegaste —dijo sin girarse.
Elena caminó hasta quedar a su lado.
—Te dije que vendría.
Adrián finalmente la miró.
—También te dije que no lo hicieras.
—Sí, bueno… siempre hemos tenido problemas siguiendo las reglas del otro.
Por un momento ninguno habló.
El sonido del agua golpeando suavemente contra los muelles llenaba el silencio.
—Aún podemos irnos —dijo Adrián finalmente—. No tienes que estar aquí.
Elena negó con la cabeza.
—Si esto tiene que ver contigo… entonces también tiene que ver conmigo.
Adrián iba a responder cuando una voz interrumpió el momento.
—Qué escena tan dramática.
Ambos se giraron.
Mateo estaba caminando hacia ellos desde uno de los almacenes cercanos.
No estaba solo.
Dos hombres más lo acompañaban.
Elena sintió que su estómago se tensaba.
Mateo sonrió al ver sus expresiones.
—Tranquilos. No vinimos a pelear.
Adrián dio un paso adelante.
—Entonces habla.
Mateo levantó las manos con calma.
—Directo al punto. Me gusta eso.
Se detuvo a pocos metros de ellos.
—Tu hermano está en problemas, Salvatore.
—Eso ya lo dijiste.
—Pero no escuchaste la parte importante.
Adrián lo miró con frialdad.
—Entonces dilo.
Mateo sacó algo del bolsillo de su chaqueta.
Un sobre.
Lo lanzó al suelo frente a Adrián.
—Mira.
Adrián lo recogió lentamente.
Dentro había fotografías.
Elena pudo ver su expresión cambiar mientras las observaba.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
Adrián no respondió.
Mateo sí.
—Tu hermano.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Está…?
—Vivo —dijo Mateo—. Por ahora.
El silencio cayó como una piedra.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué quieren?
Mateo sonrió.
—Dinero.
—Ya te dije que no voy a pagar.
Mateo suspiró como si estuviera decepcionado.
—Sabes… pensé que dirías eso.
Hizo una pequeña pausa.
Luego miró directamente a Elena.
—Por eso trajimos un plan alternativo.
Adrián se movió inmediatamente, colocándose delante de ella.
—Ni lo pienses.
Mateo levantó una ceja.
—Relájate. Solo estoy diciendo que tu situación sería mucho más fácil si cooperaras.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—Ahora sí lo tiene.
Las palabras hicieron que el aire se volviera pesado.
Elena dio un paso al lado de Adrián.
—¿Cuánto dinero?
Adrián se giró hacia ella inmediatamente.
—No.
—Adrián.
Mateo sonrió.
—Me gusta ella. Es práctica.
—No hables con ella —gruñó Adrián.
Mateo ignoró el comentario.
—Cincuenta mil.
Elena abrió ligeramente los ojos.
—¿Cincuenta mil?