Detrás de la Fachada

El mundo a través de los fierros

Acto I: La primera luz y el eco de una casa llena

Dicen que los seres humanos no tenemos memoria de nuestros primeros segundos en la Tierra, pero si cierro los ojos, juraría que puedo recordar el instante exacto en que mi universo empezó a cobrar forma. No era un lugar silencioso ni vacío. Mi infancia estuvo marcada por el eco de una casa grande, un hogar que no solo compartía con mis padres, sino que estaba habitado por las risas, los pasos y las voces constantes de mi familia por parte de mamá. Crecí rodeada de mis tías, del andar sabio de mi abuela y de esos parientes que hacían que los pasillos de la casa nunca estuvieran realmente solos.
Entre todo ese movimiento, mis padres eran mi primera frontera, mi concepto más puro de seguridad. Mi madre tenía una mirada que funcionaba como un bálsamo; bastaba que sus ojos se posaran en mí para que cualquier rastro de miedo desapareciera. Mi padre, con sus manos firmes y su voz de trueno templado, era el pilar que sostenía el techo de mi pequeño mundo.
La casa olía a la comida que se preparaba en la cocina entre varias manos, al murmullo de las tías conversando en la sala y, sobre todo, a música. Si hubiera una banda sonora para los primeros años de mi vida, sin duda alguna sería la voz de Pedro Suárez-Vértiz saliendo de la radio o del reproductor de mi mamá. Él fue el primer músico de rock que escuché. Mientras jugaba o miraba a mi alrededor, canciones como *“Cuéntame”* o *“Me estoy volviendo loco”* inundaban las tardes, mezclándose con el ruido cotidiano de una familia unida. Esa música, con su ritmo y su melancolía alegre, se convirtió en el fondo de mi propia mente, una melodía que me hacía sentir que, pasara lo que pasara, todo estaba bien dentro de esos muros.

Acto II: Los trazos ocultos – El tesoro en mis manos

Antes de aprender a articular palabras completas, mis dedos ya buscaban desesperadamente cualquier lápiz o papel. Para mí, dibujar no era un pasatiempo; era una necesidad. Me recuerdo sentada en algún rincón de esa casa concurrida, ajena al ruido de mis tías o a las tareas de mi abuela, sumergida en un silencio casi místico mientras deslizaba la mina de un lápiz sobre las hojas.
Desde muy pequeña desarrollé un sentido de propiedad muy fuerte sobre lo que creaba; eran fragmentos de mi mente que no quería dejar expuestos al mundo. A diferencia de lo que muchos podrían pensar, mis dibujos no terminaban exhibidos en las paredes de la cocina ni pegados en la refrigeradora para el alcance de las miradas ajenas. Eran míos, y por eso mi padre solía comentar en voz muy baja, casi para sí mismo, sobre la curiosidad innata de mis ojos al observar y capturar las formas de las cosas. Yo conservaba cada hoja por mi cuenta, guardándolas con recelo en cuadernos y carpetas que apilaba debajo de las cosas como si fueran tesoros prohibidos. Cada trazo que hacía de las manos de mi padre, de los gestos de mi madre o de los rincones de la casa, se quedaba conmigo, protegido del ruido exterior. El dibujo era mi lenguaje secreto, y mis cuadernos eran el único lugar donde yo tenía el control absoluto de la realidad.

Acto III: El mundo detrás de los fierros

A medida que crecía, mi curiosidad comenzó a empujar los límites de ese refugio familiar. La casa era un espacio lleno de calidez, pero era un universo cerrado. Andando justo al borde, marcando la línea entre la seguridad de mi familia y lo desconocido, se alzaban las rejas de fierro negro de la entrada.
Esas rejas eran altas y frías. Para mis padres, eran el escudo que mantenía la hostilidad del mundo alejada de mí. Para mí, eran los barrotes de un mirador hacia un planeta inexplorado.
Había algo afuera que me llamaba la atención de una manera magnética, casi obsesiva: la gente. Me fascinaba ver pasar a los extraños, pero lo que más despertaba ese fuego en mi pecho eran los niños de mi edad. Mientras de fondo seguía sonando la música de Pedro Suárez-Vértiz desde la sala, yo me acercaba despacio a la entrada. Escuchaba sus gritos, sus risas ruidosas y el rebote de sus pelotas contra el pavimento. Corrían libres, se empujaban y jugaban a juegos cuyas reglas yo no alcanzaba a comprender.
Cada vez que el bullicio aumentaba, dejaba mis lápices, corría hacia la entrada y pegaba mi pequeño rostro contra los fierros fríos de la reja. Ponía mis manos en los barrotes, metiendo la nariz entre el espacio que quedaba entre ellos, deseando con todas mis fuerzas cruzar esa línea mientras observaba la libertad de una niña saltando la soga o un grupo corriendo sin rumbo al otro lado de la acera.
Esa insistencia mía siempre encendía las alarmas de mi madre, quien solía aparecer de inmediato a mis espaldas, interrumpiendo sus quehaceres con mis tías para advertirme con tono preocupado que me alejara de los barrotes. Con firmeza y dulzura, me tomaba de la mano para guiarme de regreso al interior de la casa, explicándome la constante peligrosidad del mundo exterior, la existencia de malas intenciones en la gente de la calle y la seguridad absoluta que solo me garantizaba permanecer resguardada dentro del entorno familiar.
Mis padres y mis parientes me cuidaban desde el amor más puro, sabiendo que la calle albergaba dinámicas crueles que una niña inocente no tenía por qué sufrir. Pero para mi mente infantil, el peligro era algo completamente abstracto. Así que, ante la imposibilidad de cruzar el umbral, convertí el porche, justo detrás de los barrotes, en mi estudio de arte privado.
Me sentaba en el suelo con mi bloc de dibujo sobre las rodillas y pasaba horas enteras observando a los niños de la calle, quienes se transformaron en mis modelos involuntarios. Capturaba la curva de sus cuerpos al correr, sus saltos y la expresión de sus risas. Sin embargo, en esas hojas que luego guardaba en estricto secreto, yo cambiaba el rumbo de la historia: mis trazos me dibujaban a mí misma fuera de la casa, mezclada en medio del grupo, corriendo y formando parte activa de ese mundo exterior que tanto me intrigaba, sin saber que muy pronto tendría que salir a enfrentar la verdadera realidad detrás de la fachada.




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