Acto I: La llegada de la sombra global
A medida que avanzaba en la primaria, el nivel de exigencia se hacía notar con mayor fuerza; cada nuevo grado traía consigo temas más complejos y retos académicos que me obligaban a redoblar la concentración para mantener el ritmo de mis apuntes minuciosos. Sin embargo, justo cuando el esfuerzo debía ser más constante, el mundo entero se detuvo ante la llegada de un acontecimiento histórico y devastador: la enfermedad del Covid-19(yo ivi esa época fue bonita pero a la vez aburrida jsjsjsj) . La realidad superó cualquier ficción, transformándose en un escenario de terror con miles de muertos que terminaban embolsados debido a la crisis sanitaria, y una alarmante falta de oxígeno que desató el pánico colectivo en cada rincón del país.
Ante la gravedad de la situación, la única alternativa para protegernos fue el confinamiento masivo. Dejamos las aulas de golpe para refugiarnos en nuestras casas e iniciar una etapa completamente nueva: las clases virtuales. Aquel cambio drástico modificó por completo el ritmo de nuestras vidas; la presión del colegio pareció disiparse detrás de las pantallas y todos entramos en un estado mucho más relajado. Estar en el hogar, protegida por mi familia de parte de mamá y papá en medio de una crisis mundial, convirtió las mañanas de estudio en una rutina mucho más tranquila y libre de las tensiones del aula presencial.
Acto II: Amor por computadora
Fue precisamente en medio de ese aislamiento tecnológico donde las dinámicas con los demás tomaron un rumbo inesperado. A través del chat virtual que utilizábamos para comunicarnos, un chico de la escuela llamado Eduardo comenzó a escribirme de manera constante. Todos los días, sin falta, mi pantalla se llenaba de mensajes suyos repletos de corazones y emoticones de besos, transformando el espacio de las tareas en un escenario de cortejo digital.
Aquella situación me resultaba tan curiosa que mi mente no tardó en asociarla de inmediato con la música, trayendo a mi memoria los ritmos y la letra de la canción "Amor por computadora" del cantante Miguel Ríos. Sentarme frente al monitor a ver cómo un romance infantil se cocinaba a base de pixeles y textos enviados a la distancia era algo completamente nuevo para mí. En ese entorno protegido por la distancia de la pantalla, el contacto con el exterior se sentía inofensivo, como un juego más que se sumaba a los días de confinamiento, sin imaginar el enredo que provocaría cuando la vida real reclamara su lugar.
Acto III: Un noviazgo de sesenta segundos
El verdadero choque con la realidad ocurrió el día que por fin dejamos atrás la virtualidad y regresamos a las clases normales en los salones de la escuela. Al vernos en persona, Eduardo decidió llevar las cosas más allá del chat y me propuso formalmente que fuera su novia. En mi inocencia de aquella época, acepté la propuesta, aclarando en mi mente que nuestra relación seguía teniendo esa esencia virtual en la que había nacido. El conflicto no tardó en estallar cuando él, cuidando su propia fachada, me pidió explícitamente que le mintiera a Rufina, mi mejor amiga, ocultándole que estábamos juntos.
Aquella petición iba en contra de todos los valores de honestidad y lealtad con los que había crecido en casa. La situación se complicó aún más cuando decidí contarle a Rufina que ya tenía novio, lo que provocó que ella armara un escándalo total en el salón. Al ver la reacción de mi amiga y la presión de la mentira que Eduardo me exigía, mi decisión fue inmediata. Con total firmeza, le comuniqué que todo se terminaba en ese mismo instante porque bajo ninguna circunstancia iba a traicionar o mentirle a mi amiga. Su respuesta fue un simple asentimiento y la mía un frío cierre. Así, sin dramas mayores pero con una gran dosis de ironía, mi primera relación sentimental en el mundo real se desmoronó por completo, habiendo durado exactamente un minuto, una divertida lección de que mis prioridades y mis lazos verdaderos valían muchísimo más que cualquier fachada romántica.
Editado: 02.07.2026