La idea de escribir mi gran historia no nació de la nada en la secundaria; era un anhelo que llevaba guardado en el corazón desde que era muy chiquita, aunque en ese entonces no tenía la menor idea de cómo plasmarlo en papel. La magia siempre encontró la forma de manifestarse: cada noche, en mis sueños, aparecía cada escena con claridad, los diálogos exactos y la forma en que los personajes debían desenvolverse en su universo. Seguí y seguí perseverando sin detenerme hasta lograrlo, y hasta el día de hoy no me rindo con mi obra. Ya he terminado la tercera parte y voy con todo por la cuarta. Pido disculpas por la enorme cantidad de personajes (T-T), pero es que en cada nueva trama aparece un integrante de la nada. Me tomé el trabajo de diseñar y dibujar a mano las armas de cada uno; aunque todavía me falta camino por recorrer, sé que terminaré pronto las 19 armas que me faltan por ilustrar. Jejeje.
En el ámbito escolar, continué abriéndome paso e hice más amigas. Por dentro sentía un pánico total porque nunca he sabido cómo socializar del todo, pero saqué fuerzas y lo logré. Por desgracia, mi rutina sufrió un golpe doloroso cuando mi fiel amiga Daniela tuvo que cambiarse de colegio (pipipipip), dejándome un vacío enorme en los pasillos que solíamos recorrer juntas.
Acto II: El peso de la responsabilidad y el llanto de la mentiraMi relación con Fernanda se volvió algo sumamente complicado de explicar. Éramos polos totalmente opuestos: yo era disciplinada y enfocada, mientras que ella era sumamente relajada. Aunque a veces me distraigo, solo lo hago cuando tengo la certeza absoluta de que ya estoy preparada en mis deberes. Yo quería terminar esa amistad porque me hacía de lado constantemente y me hacía llorar, una situación que mi propia madre presenciaba en casa con mucha preocupación. Sin embargo, decidí quedarme a su lado, no por obligación ni por compromiso, sino por mi propio deber como persona de cuidarla, aun cuando ella misma me hiciera daño.
Esa dinámica me generaba una rabia total. Mi ira es un fuego interno muy difícil de controlar; cuando me superan las Injusticias, exploto por dentro. Lo peor era que Fernanda se victimizaba frente a los demás, llorando por los rincones y asegurando que yo era una mentirosa, ¡cuando ni siquiera se daba cuenta de que era ella quien me estaba haciendo daño a mí! Para colmo, traía una vibra de mala suerte constante; un día se puso a llorar desconsolada simplemente porque su novio la había dejado. Me parecía increíble ver a alguien sufrir así por un hombre —entiendo que es parte de la mentalidad de esta generación de cristal, pero era algo demasiado obvio—. Soporté todo aquello por lealtad, pero la cuerda terminó por romperse definitivamente: en este presente año 2026, nuestra amistad ha llegado a su fin y ya no hemos continuado juntas.
Acto III: El hostigamiento de la chica nuevaEl quiebre definitivo en el aula comenzó con la llegada de una chica nueva llamada Cruz. Desde el primer instante no me dio buena espina, pero intentaba mantener la paz. Mi pánico social me hacía mantenerme callada y reservada al conocer a alguien nuevo. La tensión estalló un día en el que escuché a Cruz decir sin ningún filtro, a lado mío y a oídos de medio salón, comentarios despectivos sobre la madre del novio de Fernanda, criticando su restaurante y diciendo que cocinaba con cosas cochinas. Me quedé helada ante semejante falta de respeto.
El acoso personal se intensificó durante las clases de la tarde. Cruz se sentó justo a mi lado y empezó a interrogarme sin parar: me preguntó en qué salón había estado el año pasado y, al responderle que en el B, quiso saber por qué me había cambiado del A en los años anteriores. Empezó a darme y darme con el tema, insistiendo de una manera hostil para que le contara mis motivos. Me hostigaba escucharla. Por dentro pensaba que debía parar, porque yo no soy una persona común cuando me provocan y sé responder muy mal si me encienden. Conteniendo la rabia para no reaccionar de forma violenta, apreté mi mano con mucha fuerza, me levanté en silencio y fui al baño para tranquilizarme. Para colmo de la inmadurez, escuché cómo se burlaba a mis espaldas diciendo que me había ido por diarrea. Me tragué la provocación
Acto IV: La puerta cerrada en la canchaBuscando un espacio donde canalizar mi energía y despejar la mente de tantas malas vibras, se me ocurrió que sería una excelente idea participar en el equipo de vóley del colegio. Con entusiasmo, me acerqué a Fernanda para coordinar nuestras posiciones en la cancha.
—Oye, amiga, yo quiero estar en la parte de atrás —le dije de manera tranquila, buscando el lugar donde me sentía más cómoda para jugar.
Sin embargo, su respuesta fue una negativa rotunda. A cada rato me negaba la posibilidad, asegurando con frialdad que ese sitio ya estaba ocupado y que simplemente no quería que yo me pusiera ahí.
—Bueno, ok, entiendo —respondí, tragándome la amargura de su rechazo una vez más.
Así se repitió la historia todos los días, con pequeñas barreras y actitudes egoístas que terminaron por apagar el último rastro de consideración que me quedaba hacia ella. Comprendí que el tiempo de cuidar a quien no me cuidaba había terminado definitivamente en este 2026, dejando que la tormenta del colegio siguiera su curso mientras yo me enfoco en la cuarta parte de mi libro, en las 19 armas que me faltan por dibujar y en la fuerza de mi propia verdad.
Editado: 11.08.2026