La tensión en el salón volvió a desbordarse cuando la chica nueva cruzó todos los límites del respeto personal. Un día me encontré con la desagradable sorpresa de que se había sentado en mi sitio con Fernanda y había escrito un nombre en la pasta de mi cuaderno. La rabia me encendió por dentro: "Ya te fregaste, ahora sí", pensé. Le mandé un papel confrontándola directamente, exigiéndole saber por qué mierda había hecho eso, pero ella se lavó las manos asegurando que no había sido ella. Llevé mi queja ante la tutora, conté todo el acoso y la situación se resolvió a mi favor, aunque ella corrió a burlarse con los chicos del salón A. Intentó jugarme sucio acusándome de haberle dicho una mala palabra, a lo que me defendí con la verdad ante la profesora. Cuando el psicólogo me sugirió llevar las cosas con serenidad, mi filosofía fue clara: yo no soy de "paz y amor", soy de justicia y castigo, porque trato a las personas tal y como son conmigo. La chica era tan dramática que terminó sin volver a mi sitio, teniéndose que sentar en la mesa del profesor para copiar en una esquina.
Lo que verdaderamente me rompió el corazón fue la actitud de Fernanda. Al ver mi molestia, soltó con total frialdad: "¿Por qué debo estar ahí? Son tus problemas, no los míos". La impotencia me quemó el pecho. Sentí unas ganas inmensas de gritarle: "¿Mierda, dices eso cuando me me he sacrificado para estar contigo? ¡¿Acaso no he estado a tu lado cuando has estado llorando por tu ex?!". Me lo tragué por completo. En ese segundo comprendí que Fernanda estaba revelando su verdadera cara, así que decidí dejarla ir para siempre.
Acto II: El puente de los 90 kilos y la salida a la academiaEn medio de ese distanciamiento, la rutina académica nos trajo un respiro con el curso de Física. El profesor —un excelente docente, genial y bromista— nos asignó un proyecto fascinante: construir un puente con palitos de chupete. Mi estructura fue una obra maestra de la resistencia; ¡logró soportar el peso de 6 personas e incluso al mismo profesor, que pesaba casi 90 kilos! (jsjsjsj).
Para la entrega, me habían asignado grupo con Fernanda, Belén, Paola y Moran. Quedamos en reunirnos para el trabajo, pero yo llegué tarde porque asistía a mi preparación universitaria en la Academia Faraday, uno de los mejores centros de estudio que he visto y un lugar donde me siento feliz advancing hacia mi sueño de la medicina. Al terminar mis clases en Faraday, fui a la casa de mis compañeras. A los pocos minutos decidieron ir a jugar vóley. Acepté acompañarlas, aunque sentía que todas estaban en su propio mundo; Paola y yo nos quedamos en una esquina compartiendo el rato. Al regresar a casa, mi mamá notó la distancia del grupo, y aunque me mantue tranquila, la frialdad en el aire era evidente.
Acto III: El grito en el aula y la estampida en el pasilloAl día siguiente, la acumulación de cansancio y un enojo matutino con el que me desperté —por mi naturaleza un poco bipolar (jsjsjs)— desencadenaron la tormenta. Le pedí a Fernanda que se moviera de un lado y le levanté un poco la voz a Belén para que me diera paso. De la nada, Fernanda armó un espectáculo desproporcionado, asegurando que la había gritado y humillado frente a todos. Las demás chicas le creyeron a ciegas, repitiendo que "Jade la había humillado". Me quedé helada ante semejante mentira. Fernanda se fue a llorar por los rincones, mientras yo decidí no engancharme; me fui a comer con Maritta y Lino, dos amigas reales que me hicieron pasar un buen momento.
Regresé al salón comiendo un helado, completamente feliz y sin enojo. De pronto, Belén e Iparraguirre salieron a atacarme de frente en el pasillo. La acusación de haber humillado a alguien activó un choque traumático en mi mente: los recuerdos del acoso del salón A y la injusticia acumulada cayeron sobre mí. Estaba agotada. En medio de la tensión, para intentar tranquilizarme a mí misma, visualicé en mi cabeza una escena cómica: imaginé a Paola al centro diciendo: "¡Wey, wey, espérense, no se peleen!", igualita al meme de la ardilla extendiendo las manos para separar a los demás (xd). Pensar en esa imagen fue lo único chistoso que me sirvió de salvavidas mental en ese segundo, pero la angustia de la realidad me superó y salí corriendo desesperada hacia los baños.
Acto IV: La puerta del baño y la mirada en septiembreCorrí llorando por los pasillos hasta encerrarme en uno de los cubículos. Las chicas me siguieron hasta la puerta, y escuchar sus murmuraciones afuera me hizo temblar de pánico e impotencia. Por suerte, allí estaban Alina y Jazmín, quienes me protegieron y me acompañaron mientras le escribía a mi mamá. Perdí una hora de clase atrapada en ese llanto. Llegué a casa con los ojos totalmente hinchados; mi mamá me recibió con un abrazo apretado y volví a romper en llanto. Me sentía profundamente traicionada por la falta de respaldo del colegio, al punto de querer terminar con todo el dolor de golpe.
Sin embargo, me relajé, respiré hondo y me volví a levantar. Con los ojos fijos en mi futuro, ignoré las habladurías y me aferré a mis libros de la academia y a los sabios consejos de Maritta y Lino. Hoy en día me mantengo distanciada de todos, no por rencor, sino por pura disciplina: me estoy preparando con todo el corazón porque el próximo año, en septiembre, me presento al examen de admisión de la universidad. Sé que tengo miedo, pero estoy convencida de que lo voy a lograr.
(Dato:estoy desde las 3 de la madrugada escribiendo jajjaja jaja)
Editado: 11.08.2026