Detrás de la máscara

CAPÍTULO II

CAPÍTULO II

—Esta es la última caja —jadeó Zack sudoroso por subir todas y cada una de las cajas de la mudanza. Él se ofreció y cumplió, pero podía ver que estaba exhausto. Cogió la caja e intentó disimular una mueca por la cantidad de peso que levantó de golpe, pensando que pesaría menos que las demás, pero, todo lo contrario.

—¿Pesa mucho? —le pregunté acercándome para ayudarle, pero él se apartó.

—Qué va, no pesa nada. ¿Ves? —Con toda la chulería del mundo, cogió la caja con un solo brazo y negué con la cabeza intentando reprimir una risa al ver que enseguida la cogió de nuevo con las dos manos.

—Vamos, deja de hacerte el fuerte y sube, que aún quedan más cajas— mentí, pero valió la pena al ver su expresión.

—Pero en el maletero no quedan más— oculté una sonrisa apretando los labios.

—Ya, pero en los asientos de atrás de mi coche sí— poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido de cansancio, entró en el ascensor.

Sabía que el apartamento sería perfecto. Hacía una semana que lo había visto y ya estaba deseando mudarme. No era muy grande, pero era perfecto para mí. Nada más entrar, había un pequeño recibidor que llevaba directamente a un gran salón. Tenía dos sofás negros y un pequeño sillón al lado, de manera que formaban una gran C en medio del salón. En el centro, una mesita de cristal y pegado a la pared, un mueble donde le diría a Zack que dejara la televisión y algunos otros trastos que tenía en casa. Al lado, una pequeña librería de un metro de altura.

El apartamento no tenía pasillos, excepto el diminuto recibidor. Detrás de los sofás, había dos puertas. Una era el baño. Tenía una ducha y una bañera aparte al fondo. Era realmente grande. Lo mejor de todo el baño era el espejo. Enorme. Debería tener un metro de ancho y casi un metro de alto. Ocupaba gran parte de la pared del baño.

La otra puerta correspondía con mi habitación. La única de toda la casa y no me importaba. No creía tener visitas o invitados que tuvieran que quedarse en mi casa. Y si por lo que fuera los tenía, dormirían en el sofá.

La habitación era muy amplia. Una cama grande que no llegaba a ser tan grande como una de matrimonio, pero para mí era más que suficiente. Tenía un enorme armario empotrado que ocupaba toda la pared derecha en el que seguro que me sobraba espacio.

La cocina no iba a ser menos. Estaba en la parte derecha del salón. Más bien era una cocina americana. Estaba unida al comedor, y éste al salón. No había ni una puerta que los separase.

Me encantaba la distribución de la casa y sinceramente creía que sería muy feliz allí.

—Ya está, Kate— Zack apareció y se acercó a mí.

—Aun no. Tienes que subir un par de cajas más— seguí con mi mentira y su cara de cansancio lo decía todo.

—¿No las puedes subir tú? — se quejó como un niño pequeño.

—Lo haría, pero pesan bastante. Más que las otras— al ver que se quedaba parado, sin hacer ni un solo movimiento, con cara de cachorrito abandonado, intenté convencerle—: Vamos, es lo mínimo que puedes hacer por tu jefa— eso siempre funcionaba.

—¿Puedo dimitir? — preguntó acercándose al coche.

—No— negué entre risas.

—¿Siempre vas a usar tu poder sobre mí? Eso es chantaje.

—Siempre— me reí de nuevo mientras abría la puerta trasera de mi coche.

—Estoy pensando seriamente en cambiar de trabajo— susurró para sí mismo y recé para que no fuera verdad. No sabía que haría sin él. Se había convertido en alguien muy importante en mi vida—. Pero si aquí no hay nada— salió del coche y asentí con la cabeza.

—Ya— me mordí el labio sonriente y él negó con la cabeza dándose cuenta de mi mentirijilla.

—Serás…— alcé una ceja y se calló.

—Anda, vamos. Te invito a tomar algo. Te has portado como todo un caballero, exceptuando el final, que me querías hacer cargar a mí con las cajas— le eché en cara, pero realmente me daba igual. Fue él quien me dijo al principio que lo haría él todo, y le tomé la palabra.

—¿Y qué querías que hiciera? He cargado más de treinta cajas de más de quince quilos cada una— se quejó a mi lado.

—¿No decías que tu levantabas cada día en el gimnasio más de cincuenta quilos? — le recordé. Siempre decía lo mismo.

—Quizá exageré un poco— se avergonzó escondiendo su rostro para que no le viera ruborizado. Era tan adorable.

—¿Dónde quieres ir? — le pregunté rebuscando en mi bolso las llaves de mi nueva casa.

—Podríamos pedir algo por teléfono y cenar en tu nuevo apartamento— sugirió y me pareció realmente una muy buena idea. De todos modos, no me apetecía salir.



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En el texto hay: amor, pesadillas

Editado: 17.04.2018

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