Detrás de la máscara

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XIV

Después de pasar lo que me quedaba de tarde en la cafetería, volví a casa sobre las 10 de la noche. Ya no entraba nadie en la cafetería y decidí que lo mejor sería intentar descansar un poco, aunque sabía que no lo conseguiría. No recordaba cuando fue la última vez que me metí en la cama con el único propósito de dormir. Creo que la última fue hacía justo una semana. Sí. La primera noche en mi nuevo apartamento.

Las palabras de Edgar rebotaban en mi mente a medida que caminaba por las solitarias calles hacia mi casa.

<<Inseguridad>>

<<Hogar desconocido>>

<<Miedo>>

Quizá tenía razón y el desencadenante de mis pesadillas era mi nuevo hogar. Pero si era así, ¿qué hacía para remediarlo? ¿Me mudaba de nuevo? No. Esa no era una opción. No tenía planeado volver a la casa dónde me crie. Los recuerdos aún eran dolorosos y estar rodeada de todo aquello solo me produciría más dolor del que ya llevaba instalado en mi pecho. Además, era demasiado grande para vivir yo sola en ella y en los últimos meses se me caía la casa encima.

Por otra parte, tampoco tendría sentido buscar otro apartamento. El resultado sería el mismo. Sería un hogar desconocido al que mi mente le tendría temor. Por eso creaba situaciones desagradables. Aun no me quedaba claro el por qué. Suponía que sería para volver a mi casa. A la de siempre. Por tanto, si lo que decía Edgar era cierto, viviera donde viviera las pesadillas se amontonarían en mi cabeza noche tras noche.

El único sonido que se escuchaban era el de mis zapatillas chocar contra la acera. Ni siquiera me molestaba acelerar el paso para llagar cuanto antes a mi piso. En el fondo sabía que, en cierto modo, estaba más expuesta al peligro dentro de él que fuera. O eso pensaba hasta que sentí otro par de pasos detrás de mí.

Volteé mi cabeza para ver quien me seguía, pero me sorprendí al no ver a nadie.

¿Qué?

Pero yo escuché sus pasos. Alguien venía detrás de mí. Estaba convencidísima.

Intenté calmarme. Quizá aquella persona habría girado en otra dirección. Sí, eso debió ser.

Seguí con mi camino, pero la tranquilidad con la que había comenzado mi recorrido hacia casa se había esfumado. Ya no volví a oír esos pasos, pero sí sentía un par de ojos sobre mí en todo momento. Sentía que controlaban cada uno de mis movimientos y lo peor de todo es que no había nadie en los alrededores. Quizá en alguna ventana. Sí. Eso debía ser. Aunque no hubiera nadie al mirar en cada uno de los edificios. Alguien estaría escondido tras alguna cortina. O eso creía yo. Eso esperaba. Solo quería evitar pensar que mi mente estaba creando una de sus paranoias.

Lo último que necesitaba era que también me atacaran en la calle. Tenía más que suficiente que me asesinaran en mi propia casa.

No tardé en llegar a mi apartamento y sinceramente, prefería volver a las oscuras y solitarias calles a estar un segundo más encerrada entre esas cuatro paredes. Sabía que en cualquier momento aparecería. En cualquier momento me quedaría dormida y me atacaría. Sentía una gran presión en mi pecho cada vez que ponía un pie en mi casa y este se intensificaba cuando cerraba la puerta en medio de la oscuridad.

La idea que tenía de intentar descansar se había esfumado nada más verme envuelta en un tormentoso silencio y la escasa luz proveniente de las farolas de la calle. Necesitaba descansar, pero en ese momento la idea de mantenerme despierta como fuese era más atractiva que meterme en la cama para dormir. Ni siquiera entraría en mi habitación. Creo que era el lugar que más miedo me daba de toda la casa.

Tanteé con rapidez la pared en busca del interruptor que aún no sabía con exactitud dónde se encontraba y encendí la luz. Ni siquiera me atreví a dar un paso al salón.

¿Y si me estaba esperando ahí?

No. Definitivamente me estaba volviendo loca. Seguía despierta por lo que no debía temerle a nada. Lo que debía evitar a toda costa era cerrar los ojos. No debía dormirme.

Caminé con una falsa tranquilidad hasta el salón y me senté mirando a los alrededores. Tenía la impresión de que saldría de su escondite en cualquier momento.

Me quité las zapatillas y las dejé a un lado del sofá, levantando mis piernas sentándome como un indio. No me iba a cambiar. ¿Para qué?

Llevaba todo el día tomando café en la cafetería y aunque el cuerpo me pedía otro, no lo iba a preparar. No tenía planeado levantarme del sofá en toda la noche.

Pellizqué mi brazo para cerciorarme de que seguía despierta. Lo estaba. No se puede sentir dolor en los sueños. Quizá ese sea el motivo por el cual no sentía absolutamente nada cuando me apuñalaban o me disparaban. Aunque al principio no quería creer que eran pesadillas, poco a poco iba mentalizándome de que lo eran. Aunque siguiera creyendo que eran reales, no lo eran, por suerte.



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En el texto hay: amor, pesadillas

Editado: 17.04.2018

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