♡
______________________________
Jimin apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba esa voz en su cabeza.
"Porque no puedo evitarlo."
Le ardía, no sabía por qué. No debería importarle lo que el delincuente ese, sintiera o dejara de sentir, pero desde la noche anterior que le cerró la puerta en la cara y le pidió que se fuera, estaba desconcentrado, nervioso, casi incómodo en su propia existencia. Y lo peor: sabía que el tiempo ya se le había acabado.
Jungkook solo le había dado una semana para resolverlo todo. Ese plazo se había cumplido, y agradecía que no hubiera tocado el tema, por qué no sabía si Seok Jin ya se había puesto en contacto con la supuesta empresa, le había entregado la tarjeta con el número que Hoseok le había dado hace unos días, pero su mánager no le había dado ninguna noticia.
Había pasado la mañana encerrado en su habitación, intentando ignorar su propia ansiedad como ese reloj invisible que lo asfixiaba, hasta que Seok Jin lo llamó con ese tono que no admitía excusas.
—Tenemos que ir a firmar con la nueva empresa de distribución —dijo su mánager desde la puerta—. Es hoy o nunca, Jimin.
Entonces el actor por fin ya pudo tener algo de tranquilidad, después de que la otra compañía rompiera el contrato por el escándalo, pensó que Seok Jin vería esta oportunidad como la única para mantener el negocio a flote, lo que hacía las cosas más sencillas pero eso no quitaba el remordimiento.
Su estómago se encogió. La mafia se estaba metiendo en cada rincón de su vida, y no podía hacer nada al respecto.
Cuando salió al jardín, ahí estaba él.
Jungkook.
Vestía su traje oscuro impecable, con una camisa abierta en el cuello que dejaba ver la línea marcada de su clavícula. Todos ya estaban dentro de la camioneta y él se mantenía apoyado contra la baranda, esperándolo con una calma exasperante, como si lo del día anterior nunca hubiera sucedido. Levantó apenas los ojos cuando Jimin apareció en la escalera.
—¿Listo? —preguntó Jungkook con ese tono neutro que usaba cuando había más gente cerca.
Jimin asintió sin mirarlo demasiado.
No quería que nadie notara lo que sentía.
Ni siquiera él mismo quería admitir ese revuelto que le había causado la declaración de Jungkook.
Si es que era una declaración, estaba confundido.
El camino hacia la empresa fue tenso. Jin hablaba por teléfono con los abogados, Namjoon se había quedado en casa como guardaespaldas de Ji Ah, Hoseok conducía en silencio, y Jungkook iba sentado junto a Jimin. No intercambiaron una sola palabra, pero Jimin podía sentirlo, esa presencia constante a su lado. El brazo de Jungkook rozaba el suyo cada vez que el coche tomaba una curva y Jimin sentía como si cada roce quemara.
"Contrólate", se dijo a sí mismo, cerrando los puños sobre las rodillas.
Pero la calma no duró mucho. Al llegar al edificio de la nueva empresa, las manos de Jimin empezaron a empaparse de nervios.
Seok Jin no lo notó, estaba demasiado ocupado en saludar al representante que los esperaba y en revisar cada detalle del lugar, pero Jimin sintió cómo el aire se le iba del pecho por qué reconoció al supuesto representante, era uno de los hombres que vio ese día que intento escapar.
—Tranquilo —murmuró una voz baja a su oído.
Era Jungkook. Estaba lo suficientemente cerca como para que nadie más escuchara.
—No tienes nada de qué preocuparte… mientras juegues bien tus cartas.
Jimin parpadeó, inseguro de si lo que dijo había sido solo parte su imaginación o realmente Jungkook se estaba preocupando por él, pero en cuanto volteo a verlo su mirada fría estaba ahí , la muralla que tenían entre ellos volvió a estar allí, intacta.
Por otro lado, Jin ya había estado en miles de oficinas, salas de juntas, productoras con más fachada que contenido… y aún así, había algo en aquella empresa que le revolvía el estómago.
El lugar era impecable, de eso no había duda. Una recepción reluciente, una pequeña sala con proyecciones mostrando rutas logísticas internacionales y una secretaria sonriente a la que Jimin también recordó, parecía que ese lugar estaba lleno de criminales bien vestidos.
—Gracias por venir en persona, señor Kim y Joven Park —dijo el supuesto gerente, un hombre de rostro sereno, traje ajustado y voz amable—. Valoramos mucho que artistas de este nivel trabajen con nosotros.
—Sí, bueno, soy cuidadoso con los productos de Jimin. Me gusta saber quién los mueve —respondió Jin, tomando asiento en la mesa de reuniones mientras hojeaba el contrato que acababan de imprimirle.
Jimin, sentado a su derecha, mantenía la mirada fija en su teléfono, sin decir una palabra, prefería distraerse para no cometer un error. Hoseok estaba en la puerta como estatua y, junto a la ventana, con los brazos en la espalda, Jungkook, observando cada movimiento del gerente sin disimularlo.
El documento estaba tan pulido y correcto que parecía sacado de un manual, y justo eso lo hacía sospechoso para Jin.
—¿Este número de registro comercial… pertenece a qué entidad exactamente? —preguntó Jin, señalando una línea específica con el dedo.
—Estamos en proceso de cambio legal. Tuvimos una fusión reciente —respondió el gerente sin titubear—. Pero todo está actualizado en nuestros sistemas.
—¿Y esta empresa matriz, “DAE Communications”, tiene relación directa con el transporte?
—Así es. Forman parte del holding. Nos diversificamos, pero la logística es uno de nuestros pilares principales.
Jin asintió, pero no estaba convencido. ¿“Holding”? ¿“Fusión reciente”? ¿Y sin una sola página web activa? El tipo sonreía demasiado, como alguien que había practicado frente al espejo.
—¿Puedo ver el área de carga? —preguntó con un tono casual, como si fuera simple curiosidad.
—Por supuesto, pero nuestras bodegas están en las afueras de la ciudad. Esto es solo la sede administrativa —respondió el gerente, aún amable.