Morfina.
Elizabeth.
—Necesito pedirte un favor.
Llegué hasta la mesa donde mi mejor amiga me espera, acompañada de sus dos chicles del último mes. La cafetería está abarrotada de estudiantes, gracias a Dios no hay ningún rastro de Dave Harris por aquí.
—¿Cuál?
—Mañana es el último día para entregar el proyecto del profesor Howard, y el idiota de Dave no ha dejado de molestarme con eso.
—¿Quién es Dave?—pregunto el amigo de Rod.
—La pareja de proyecto de Elizabeth—explicó él.
—¿Puedes no usar la palabra “pareja” y mi nombre en la misma oración?
—¿Qué necesitas?—volvió Jane al tema.
Me senté frente a ella con mi batido de almuerzo rutinario.
—El idiota quiere que nos veamos en su casa, no pienso ir a su casa, ni que venga a la mía—puse la pajita en mi bebida con más fuerza de lo normal—¿Sabes la cantidad de reglas que roto desde que lo conozco?
—¿Qué reglas?
—No seas metiche ¿quieres?—me dirigí a Carl, molesta—es una conversación privada.
—Wow, relájate un poco, Roberts—hablo Rod en defensa de su estúpido amigo.
—No me digas que hacer—espete.
Admito que me altere solo un poco.
—Ellie, tranquila—me pidió Jane, con ese tono tan parecido al de su madre—¿Por qué no le dices que se vean en un lugar público? Puede ser en esa cafetería donde fuimos el otro día.
Mi pierna comenzó a moverse, no pude controlarla. Solo me pasa cuando en mi cabeza se forman escenarios donde mi seguridad esta en posible riesgo.
—Si lo pensé, pero es lo mismo. No confío en el.
Jane comprendió qué no se trataba solo de mi nula confianza hacia el idiota de Dave, le he contado a detalle lo que pasó en Boston, y como reaccione ante la idea de permanecer a solas con el doctor en la habitación. Además de las múltiples pesadilla que he tenido donde el aparece.
—¿Quieres que te acompañe?
—Sí—creo que por fin sentí mi cuerpo libre de toda esa tensión.
—Esta bien, lo haré.
—Gracias.
Mi pierna dejo de moverse. Me alivia saber que no estaré sola con el. Su sola presencia es inquietante.
—¿Por qué no le dices a Cameron qué nos acompañe?—sugirió—Ya hicieron las pases ¿no?
La verdad no he hablado con él desde anoche, supongo que esta en la oficina con mi padre y ha de tener bastantes cosas que hacer.
—Sí, pero él está ocupado.
—No pierdes nada intentando, nos vendría bien apoyo masculino por si tu compañero de proyecto se pone tenebroso de nuevo.
—No tengo como llamarlo—me excuse.
No quiero molestarlo.
Además que mi teléfono casi explota esta mañana al intentar encenderlo. Lo último que vi fue el mensaje de Dave sugiriendo qué fuese a su hogar a terminar lo que nos falta por hacer.
Jane me tendió su teléfono, formó una sonrisa en su rostro divertida.
—Llámalo, te aprendiste su número de teléfono de memoria.
—Te odio—tome el aparato mientras alzaba la cejas, acentuando su sonrisa.
Me aleje de la mesa, en busca de privacidad. Algo casi imposible porque la cafetería está completamente llena, así que salí al pasillo donde menos alumnos pasaban. Marque su número, dudando un poco me lleve el móvil a la oreja.
Me tiembla la rodilla, expectante. ¿Qué estoy haciendo? Ni siquiera sé si me va a responder. Hago el amago de colgar, pero justo en ese instante, justo en el último tono, escucho su voz al otro lado del móvil.
—¿Quién habla?—escuche su voz a través de la bocina.
Me mordí una de mis uñas como una loca maniática de solo saber que respondió a un número que no conoce.
—Hola, uhm… —susurre—, Soy Ellie.
—Ah, Hola Ellie—su tono de voz sonó más alegre—¿Cómo va tu día?
—¿Te interrumpí?—respondí con otra pregunta.
—No ¿Por qué preguntas?
—Es que tardaste en responder, y creí que… olvidado, suena estúpido.
—No, claro que no. Estaba arreglando un asunto en el despacho, si hubiera sabido que eras tu habría respondido de inmediato.
—No te disculpes, yo fui inoportuna.
—Una llamada tuya jamás será inoportuna—sonreí como estúpida—. Dime ¿qué te llevo a marcar mi número y llamarme de un teléfono desconocido?
—¿No puedo llamarte solo por qué si?
—Por supuesto que si, hazlo las veces que quieras.
—¿De verdad?—cuestioné sorprendida.
—Si, de verdad.
—Lo tomaré en cuenta.
—Espero que sí.
—Vale… te dejo trabajar, entonces.
Eche varios vistazos al pasillo, cuidado que nadie estuviera escuchando mi conversación. Aunque tampoco era tan interesante, ya se me ha olvidado la razón por la cual estoy hablando con el.
—¿Ya tan rápido te vas?—preguntó con tono triste. Muy mal fingido, por cierto.
—Tienes trabajo que hacer ¿no? Estarás muy ocupado.
—Para ti jamás estaré ocupado, Elizabeth.
Y ahí esta otra vez ese sonrojo en mi rostro qué sólo sucede cuando estoy con Cameron. Solo el tiene ese poder sobre mi. Y aunque suene ridículo, me gusta ese sentimientos que tengo cuando estoy con él. Siempre encuentra la manera de doblegar mi orgullo, y mi carácter.
—¿Sigues ahí?
—¿Eh? Sí, sí. Aquí sigo.
—Por un segundo creí que habías colgado.
—No, aquí sigo.
—Vale, eso me alegra.
¿Puede ser posible que…?
—¿Será que puedo pedirte un favor?
—Pídeme todo lo que tú quieras, Elizabeth, por ti haría cualquier cosa, por más tonta que sea.
Ahí esta de nuevo. Mi rostro ha de parecer un tomate.
—¿Hasta tirarte de un barranco? —me obligue a sonar lo más neutra posible.
—Si es por ti, lo haría con gusto.
Se me cortó la respiración de solo escucharlo. Literalmente.
—¿Qué necesitas de mi?—preguntó cuando no dije nada.
—Es… es… —no pude formular palabra—, es-esta tarde…
Quise darme de golpes en la cabeza con uno de los casilleros.
Me aclare la garganta, y hable de nuevo.