Blanco Hospital.
Cameron.
Semanas atrás.
Elizabeth está un poco más parlanchina de lo normal. Empieza a creer que ese gin tónic tenía más alcohol que el que debía. Incluso ya hasta vómito afuera del salón donde se sigue llevando a cabo la boda de su hermano. También le escupió en la mano a Mateo, el hermano de Clara.
Me ha pedido que la lleve a su habitación en el hotel, también me dijo que sus pies dolían debido a los zapatos altos. También se le ocurrió la maravillosa idea de subir a la habitación por las escaleras del hotel, logré persuadirla de desistir de esa idea ya que eran más de nueve pisos.
Ahora yace de pie, recargada en mi hombro con mi brazo alrededor de su cintura sosteniendo su cuerpo para que no caiga al piso, y en la otra mano llevo sus zapatos.
El hermano de Clara me hizo el favor de conseguirle unas zapatillas de piso cómodas para qué no estuviera descalza.
—Cameron.
—¿Mhm?
—¿A donde vamos?—pregunto somnolienta—tengo mucho sueño.
—Vamos a tu habitación.
No respondió más.
Al salir del ascensor, camine despacio procurando qué Elizabeth no tropiece y se vaya de bruces contra el suelo. No levanta la cabeza de mi hombro, da pasos torpes, tanto que tengo que alzarle un poco el vestido para que pueda pisar.
En un momento se detiene, obligándome a hacer lo mismo.
—¿Qué pasa?—le pregunto cuando alza el rostro y me mira directo a los ojos–¿Te sientes mal otra vez? ¿Quieres volver a vomitar?
—¿Te había dicho antes que tienes unos ojos taaaaaaaaaaaaaan bellos? —dijo posando su mano en mi mejilla.
—¿Te gustan mis ojos?—su pregunta me hizo sonreír.
—Son preciosos—dejo un par de caricias leves en mi rostro—, muy azules y bonitos.
—Los tuyos son más bonitos.
Bufó.
—Son una maldición.
—Son hermosos.
—¿Te gustan?
—Me encantan.
Parpadeó un par de veces como si tratara de enfocarme, el rímel en sus pestañas se había corrido un poco, manchando la piel debajo de sus ojos. Incluso así con el maquillaje corriendo seguía viéndose hermosa.
—Nadie nunca me ha dicho que le gustan mis ojos—dice.
—Me estoy acostumbrando a ser el primero en muchas cosas para ti.
Es un sentimiento que jamás había experimentado.
Volvió a lanzarse sobre mi para besarme. Siendo honesto, estoy disfrutando bastante esta noche con ella, estoy disfrutando bastante poder besarla sin que se moleste conmigo. Aunque podría ser que mañana se arrepienta, yo no.
Admito que he besado a muchas chicas en mi vida, y ninguna me ha hecho sentir lo que Elizabeth me provoca, sentir cosas que jamás he sentido por nadie. Ni siquiera por quien yo creía estar completamente enamorado
Se separa de mi un momento, para tomar un poco de aire. No quita sus manos de mi rostro, en tanto aferre mi agarre a su diminuta cintura.
—Ellie, creo que…
Me interrumpió al volver a juntar sus labios con los míos, labios que aún sabían al licor amargo de la bebida.
—¿Qué… ?—una voz nos hizo separarnos.
Era a su hermano mayor, Mitchell. Venía por el lado contrario a nosotros por el pasillo, se detiene al ver el estado en el que se encuentra Elizabeth.
Ella lo único que hizo fue cerrar los ojos, y recargar su cabeza en mi pecho.
—¿Qué está pasando?—completó perplejo.
—Nada que te importe—respondió Elizabeth, sin alzar la mirada.
—Solo… la llevó así habitación—explique yo.
Elizabeth comenzó a caminar hasta la habitación, conmigo a su lado, dando por ignorada la presencia de su hermano. Una vez adentro, se dejó caer de espaldas en la cama. Por mi parte, deje sus zapatos en el suelo, quitándome el saco y la corbata.
Entre al baño un momento, para cuando salí ella seguía sobre la cama, con la mirada perdida en el techo.
Apenas me escucho acercarme, volteo a verme y de inmediato se incorporó sobre el colchón.
—Odio los hoteles—murmuró.
—Me lo esperaba.
No dijo más.
—¿Por qué los odias?
Tome asiento frente a ella, en la segunda cama de la habitación. Revise mi teléfono de nuevo, tenía mensajes de mi madre preguntando si ya había terminado la fiesta, le respondí y lo deje sobre el pequeño mueble que separa ambas camas.
Note que hizo un gesto molesto, al mismo tiempo que se llevó una de sus manos al rostro.
—¿Te duele algo?—pregunté cuando soltó un pequeño quejido.
—Estoy bien, sólo sentí un pequeño mareo—explicó.
—Debe ser por el alcohol.
Comenzó a reír sin motivo, de la nada. Quito la mano de su rostro, y pude ver si sonrisa.
—¿Qué me perdí?
—Ame la cara de mi madre con ese discurso.
Asentí.
—Fue un gran discurso.
Volvió a ponerse de pie, al tiempo que tambaleo, de inmediato la sostuve con un brazo levantando mi cuerpo para detenerla. Al parecer eso le causó gracia, porque su risa aumentó, provocando qué también riera con ella.
Hasta precia qué no solo había bebido.
—Creo que deberías dormir.
—No eres mi madre para decirme que hacer— dijo mientras soltó un bostezo.
Quiso ir hacia el baño, su pie tropezó con la tela del vestido en el intento, afortunadamente logre volver a sostenerla.
Ella soltó un gran suspiro antes de alejarme, e ir directo al baño.
La habitación tiene un pequeño balcón, salgo un momento a tomar un poco de aire y tratar de no escuchar el deseo de sentir el sabor de la nicotina de nuevo. No he probado un cigarro desde ese día en la gala del aniversario, y quiero seguir así.
No quiero volver a fallarle a mi madre. No quiero volver a caer, y perder el control de esa adicción.
La última vez fume una cajetilla completa fue el día que mi padre murió, la ansiedad no me dejaba dormir y terminé en el balcón del departamento con la caja en mis manos.
Agradecía qué Sam no estuviera aquí, ahora. Sino, sé que si le pidiera uno me lo daría sin chistar y volvería a fallarle a mi madre.