Detrás de una Sonrisa

CAPÍTULO VEINTICUATRO

Advertencia Directa.

Elizabeth.

Todavía sentía el calor de la mano de Cameron sobre la mía, una sensación que parecía protegerme contra el frío aire del pasillo. «Nos gustamos». Lo repetía en mi mente como si no pudiera creerlo.

Es que seguía sin poder creer que se lo había dicho en voz alta.

Su voz diciendo esas palabras es una melodía dulce que amortiguaba el sonido de mis propios pasos mientras terminaba de recoger los últimos accesorios del escenario en el club de teatro.

Por fin, después mucho tiempo, hoy termina mi castigo. Aunque en casa mi castigo se extendió por llegar hasta el día siguiente.

Afortunadamente Cameron no se había fracturado nada, y de ese golpe en el hombro se recuperaría pronto.

El accidente del letrero, aunque aterrador, nos había empujado al borde de una verdad que ya no podíamos esconder. Por un momento, el miedo a las sombras que me perseguían se sintieron extrañamente lejanas.

​Colgué mi mochila al hombro, ansiado salir del silencio del auditorio. Tenía una sonrisa que no podía borrar, una pequeña victoria en medio de tanto caos.

Al cruzar el umbral de la salida trasera, la calidez se evaporó de golpe.

​—Qué cara de enamorada tienes, Elizabeth. Da casi asco verla.

​Dave estaba allí, apoyado contra la pared, justo donde la luz de las lámparas del pasillo no llegaba a tocarlo.

Me detuve en seco, mi corazón dando un vuelco violento.

Mi sueño sobre Cameron se había cumplido, no de la misma manera, pero lo hizo.

​—No tengo tiempo para tus juegos —dije, intentando que mi voz sonara firme, aunque mis manos empezaban a temblar.

​Él soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor, y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.

​—¿Juegos? ¿Crees que me estoy divirtiendo? —se acercó tanto que pude oler el rancio aroma de su perfume—. Me ha costado mucho trabajo llamar tu atención. ¿Te gustó la caja? ¿Y el sobre en tu casillero? Supongo que el mensaje quedó claro, aunque pareces un poco lenta para entender las advertencias.

​El aire se quedó atrapado en mis pulmones. La caja… el sobre… él… es quien está detrás de todo.

​—Fuiste tú —susurré, sintiendo una náusea repentina—. Tú enviaste todo eso.

Si lo envío es… porque el es quien me ha estado vigilando.

​—Y no solo eso —continuó él, con una chispa de locura en los ojos—. Lo del letrero… fue casi poético. Solo tuve que aflojar un par de pernos. Quería que Cameron sintiera un poco de lo que nos has hecho pasar a todos. Lástima que solo le golpeó un poco. La próxima vez, me aseguraré de que no se levante.

​—¡Estas demente! —le grité, el pánico transformándose en una rabia desesperada—. ¡Casi lo matas! Esto no se va quedar así, esto lo va saber la policía, voy a…

​Intenté empujarlo para pasar, Dave fue más rápido. Antes de que pudiera siquiera gritar, su mano se cerró alrededor de mi garganta, estampándome contra la pared. El impacto me sacó el aire y el mundo se volvió borroso por un segundo.

​—No vas a decir nada —siseó, apretando los dedos, cortándome el paso del oxígeno—. Esto no es un juego de niños, Elizabeth. Si vuelves a acercarte a Cameron, si vuelves a intentar ser feliz como si nada hubiera pasado en esa escuela, lo del letrero parecerá un accidente de juego.

​Mis manos arañaron sus brazos, tratando de zafarme, pero su fuerza era superior. Mis pulmones ardían y mis ojos empezaron a lagrimear por la presión.

—No te tengo miedo—logré formular.

—Deberías. No sabes lo que soy capaz de hacer por alejarte de él.

—Pu… drete.

—¿Crees que eres muy valiente, Elizabeth? —su voz era un susurro asqueroso, cargado de esa calma enferma que solo un psicópata como él podía mantener—. ¿Crees que Cameron te va a salvar cuando ni siquiera puede salvar a su propia hermana?

​La presión aumentó. Sentí la sangre agolparse en mis sienes y mis dedos buscaron instintivamente sus muñecas para apartarlo, pero me obligué a soltarlo. Dejé mis manos muertas a los lados. Si me resistía, él ganaba. Si suplicaba, él se alimentaba de eso.

—Ah, pero es cierto. A la pequeña Leah ni siquiera le agradas.

​Ese solo nombre fue como una descarga eléctrica que me atravesó el pecho, mucho más dolorosa que la falta de aire. Por un segundo, mi máscara de hierro se agrietó. Mis párpados temblaron y el pánico, ese que había logrado mantener bajo llave, se asomó por mis ojos. Dave lo notó al instante; su sonrisa se ensanchó, saboreando mi debilidad como si fuera un triunfo.

​—Eso es… —susurró, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su respiración—. Ahí está la Elizabeth que quería ver. ¿Te preocupa la pequeña Leah? ¿Te imaginas lo frágil que debe ser su cuerpo ahora mismo en esa cama de hospital?

​Un nudo se me formó en la garganta, independiente de sus manos apretando mi cuello. No era por mí. Podía soportar que me asfixiara, que me marcara la piel, que me quitara la vida si quería, pero la idea de él cerca de Leah, de Cameron perdiendo lo único que lo mantenía en pie… eso me destruyó.

​—No… la toques —logré articular, mi voz saliendo como un raspado hilo de aire, cargada de una súplica que odiaba dejar salir.

​—Depende de ti, preciosa —contestó él, aflojando la presión solo un milímetro, lo justo para que el oxígeno quemara mis pulmones al entrar—. Una palabra tuya fuera de lugar, un solo beso más a ese idiota, y me encargaré de que el tratamiento de Leah se complique de formas que los médicos no podrán explicar.

​El miedo ya no era una posibilidad, era una realidad asfixiante. Mis manos, que antes colgaban inertes, se cerraron en puños tan fuertes que mis uñas se clavaron en mis palmas. Estaba atrapada. Miré a ese psicópata a los ojos y comprendí que no estaba jugando; Dave no quería mi amor, quería mi completa sumisión a cambio de las vidas de las personas que amaba.




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