Grietas de Cristal.
Cameron.
—¡Cameron!
—¡Enseguida bajó!—exclame en respuesta.
Tomé la camisa, mirando la mitad de mi cuerpo por el espejo de mi armario.
Pasé mis dedos con cuidado sobre la piel amoratada de mi torso. El hematoma más grande, justo en la zona de la costilla derecha, había pasado de un rojo intenso a un morado casi negro, con bordes amarillentos que empezaban a asomar. Era una mancha irregular que palpitaba con un ritmo propio cada vez que respiraba hondo. Me quedé observando cómo la piel se hundía y se elevaba, sintiendo esa punzada sorda que me recordaba lo cerca que estuve de algo mucho peor.
—¿Necesitas ayuda?—cuestionó mi madre desde la puerta.
—No.
Deslice la tela por sobre mis hombros, tratando de no hacer ninguna mueca ante el dolor.
Mi madre soltó un suspiro, entrando por completo a la habitación.
—No me gusta verte así, cariño—llegó hasta mi.
—Estoy bien.
Mamá se pose frente a mi, quitó mis manos de la camisa y comenzó a abotonarla.
—Aun creo que deberías descansar más, habla con tu jefe, dile que necesitas más descanso obligatorio.
—Ya repose lo necesario.
Y desde entonces no he visto a Elizabeth.
Mi madre terminó de abotonar la camisa, lo que agradecí, ya que mantener los brazos alzados provoca que el moretón en mi abdomen duela más de lo esperado.
—Gracias.
—No te olvides que Leah tiene su sesión con la terapeuta hoy.
—No lo olvido.
Asintió, dándome una mirada larga.
Hace mucho tiempo que no veo esa felicidad en sus ojos qué siempre veía,, al contrario. Aunque siempre trata de sonreír, solo veo cansancio en ellos. Desde que mi padre murió.
—La comida esta lista—murmuró antes de salir.
A veces incluso pienso que soy demasiado egoísta al solo pensar en Elizabeth cuando mi madre y Leah me necesitan. Pero no puedo evitar que siempre vuelva a mi mente incluso cuando en estas situaciones.
El que me hubiera dicho que también le gusto fue una sorpresa, en el fondo esperaba una reacción más a la defensiva.
Elizabeth siempre logra sorprenderme.
Así que le gusto… y ella a mi… no sé que viene ahora, pero sea lo que sea estoy dispuesto a darlo todo por ella. A demostrar que mi interés en ella es genuino.
Aunque eso podría traerme problemas con Sam, lo intentaré.
Tomé mi saco y baje las escaleras lentamente, cada paso es un recordatorio del golpe en mis piernas y mi torso.
Finalmente llegué a la cocina, sin prisa. Leah esta ahí, con su capucha gris que no se quita desde que su cabello comenzó a caerse.
Deje un beso en su frente, cuando no me devolvió la mirada.
—Hoy tengo medio turno en el hospital—dice mamá—. Por favor, quédate con Leah.
Asentí.
El día que debía quedarme con ella, la amiga de mi madre la cuido toda la noche mientras ella y yo estábamos en el hospital, gracias a Dios me dieron el alta en al amanecer y desde entonces no he visto a Elizabeth.
Mi teléfono sonó, una llamada de Sam.
—Hey, ¿qué tal?
—Bien. ¿Qué pasa?.
—Quería preguntarte si la última vez fuiste a Boston cerraste la puerta del Balcón.
—Si, la cerré.
—El portero del edificio me llamó, hoy que hacía su revisión de rutina dijo que vio mis pobres sillones están arañados.
—¿El gato de la vecina loca?
—Eso pienso, pero si dejaste la puerta del balcón cerrada no tuvo por donde entrar.
—La ventana de la sala no cierra bien, Sam—le recuerdo—, una vez se metió por ahí.
—Hijo de su… —comenzó a maldecir en voz baja—. Ahora tendré que ir a arreglar cuentas con la loca de la vecina otra vez.
—Suerte.
—Va, te dejo debo llamar a mi madre y decirle que si no vuelvo en una semana vaya y me busque en la cárcel.
—Qué te vaya bien.
Se que su manera de “arreglar cuentas” con la vecina es discutir un par de horas y después terminar en sus sábanas.
—¿Problemas?—cuestiono mamá cuando colgué.
—Nada grave, solo Sam siendo Sam.
—Mami, ¿podemos ver los nuevos capítulos de mi serie favorita?
—Después de tu cita con la terapeuta.
Leah hizo un puchero, no le gusta ir y siempre busca cualquier excusa para no asistir.
—Si vas con la terapeuta, veré los capítulos contigo.
—Es soborno—murmuró.
—Oye, es un intercambio.
Lo pensó por un momento, viendo a mi madre.
—Vale, ¿vas a ir conmigo?
—¿Cuándo te he dejado sola?
Logre una pequeña sonrisa en su rostro.
Me duele tanto que ya no sea esa niña sonriente de siempre.
—Tengo que ir a la oficina, cuando salga vendré por ti para irnos ¿Vale?
Asintió.
Volví a dejar un beso en su sien.
Después de comer me subí al auto con los papeles del hospital en mi mano y fui directo al despacho.
Admito que también quiero ver a Elizabeth, y confirmar que esa conversación que tuvimos en el hospital no fue solo un sueño, o un delirio por los medicamentos. Quiero confirmar que si, tal cual lo dijo, le gusto.
En el despacho, me solicitaron el permiso de incapacidad por el accidente del letrero en cuanto Sebastián se enteró por Sam, quien no hizo preguntas y solo me hizo el favor de avisar. Ahora debo llevar los comprobantes.
—Hasta que el rey de Roma decide aparecerse por aquí—dijo Dustin apenas me vio llegar.
—¡Cameron!—exclamó Marisa corriendo hacia mi—. Me alegra que estés aquí de nuevo, La verdad no soporto a Dustin todo el día y necesito a alguien que si me comprenda.
—Ya estábamos planeando ir a secuestrarte.
Con Marisa y Dustin congeniamos de maravilla, en cambio Agustín es un poco más cerrado. Siempre se queja de nosotros, y pasa la mayoría del día fuera de su lugar junto a nosotros.
—Le había sugerido a Marisa ir por ti y después a cenar.
—Entonces, ¿Contamos contigo, Cameron?