Detrás de una Sonrisa

CAPÍTULO VEINTISÉIS

Sentencia de Miedo.

Elizabeth.

Derrumbarme frente a Cameron fue la mayor vergüenza que he pasado en mi vida. Aunque admito, lo necesitaba.

Dave me tiene abrumada, sumando el hecho de la presión de mi padre por la universidad, y mis notas no han sido muy buenas, apenas pase todas las materias de panzazo.

Dijo que, mis notas son imprescindibles para la universidad. La verdad es que ya ni siquiera se si quiero ir. Pero como siempre, mi padre me enlisto en varias opciones sin siquiera consultarme y apenas me enteré.

Salí por el pasillo del instituto, había tenido náuseas a mitad de la clase y vine al baño a refrescarme un poco la cara. No quiero volver a la enfermería, menos si esta la madre de Cameron ahí. ​

Me detuve en seco. Dave estaba allí, apoyado contra la pared con una indolencia que me revolvió el estómago de nuevo. No había nadie más, el resto de alumnos y maestros se habían esfumado hacia las clases, dejándome a solas con mi peor pesadilla.

​—Te ves pálida —su voz, arrastrada y segura, llegó a mis oídos como un insulto—. Quizás sea el peso de tantas mentiras. O quizás es que finalmente te diste cuenta de que el mundo es mucho más pequeño de lo que crees.

​Sentí el frío de del pasillo filtrándose por mis zapatos. Intenté mantener la barbilla alta, la máscara de hielo implacable que tanto me costaba sostener, pero el aura de depredador que desprendía Dave hacía que mis instintos de supervivencia gritaran.

​—No tengo tiempo para tus juegos, Dave —logré decir, aunque mi voz sonó más fina de lo que pretendía—. Aléjate de mí.

​Él soltó una risa seca y sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta. Lo giró hacia mí.

​—No son juegos, cariño. Es supervisión.

​Mis ojos se clavaron en la pantalla y sentí que el suelo desaparecía.

​—Mira qué bien se veía Jane hoy al salir de casa, ¿no crees? —deslizó el dedo por la pantalla—. Ese momento familiar que siempre tiene en casa con sus padres… tiene una casa demasiado expuesta. Y Sam… es un hombre de costumbres, ¿verdad? Siempre la misma costumbre de pedir comida a domicilio en Boston. Su madre debería tener más cuidado al cerrar la puerta de casa, o de su querida tienda donde Jane trabaja.

​El aire se me escapó de los pulmones. Eran fotos. Fotos recientes. Jane riendo, Sam en el departamento de Boston. Una tras otra.

​—¿Y qué me dices de tus padres? Parecen tan… distinguidos en público y en privado, unos desconocidos—continuó con una crueldad —. Sé que no te han dado mucho amor, Elizabeth, pero supongo que no querrías que su retiro se viera interrumpido por un “accidente”. O el de Leo y Clara. Sería una pena que tu hermano se quedara viudo tan pronto teniendo en cuenta que no hace mucho que se casó. Linda boda, por cierto. Espero que les haya gustado mi obsequio.

​—Basta —mi grito murió en mi garganta, ahogado por el pánico.

​Él se acercó un paso. Su sombra me cubrió por completo.

​—Mitchell y Natalie son mis favoritos —susurró, inclinándose hacia mi oído—. Tienen unos hijos preciosos. Adara y Asher, ¿cierto? Juegan en el parque a las cuatro. Es tan fácil perder de vista a un niño durante un segundo, Elizabeth… solo un segundo.

​El nombre de mis sobrinos fue la estocada final. Mi mente visualizó a los pequeños y el miedo se convirtió en una náusea física. Pero él no había terminado.

​—Y luego está él. Tu debilidad. Tu “héroe” —la pantalla cambió una última vez. Era Cameron. Estaba de espaldas, probablemente caminando hacia su auto después de haberme dejado hace apenas una hora—. Se cree muy listo, muy protector. Pero las balas no entienden de nobleza, y los frenos fallan en los momentos menos oportunos.

​Dave guardó el teléfono y me tocó la mejilla con el dorso de la mano. Retrocedí como si me hubiera quemado con ácido.

​—Ahora, futura abogada… —su tono se volvió gélido, desprovisto de toda pretensión—. ¿Vas a seguir jugando a la valiente con Cameron, o vas a entender que cada paso que das hacia él es un paso que los acerca a todos ellos a una tragedia?

​Me quedé allí, temblando en medio del pasillo, con la imagen de Cameron y de mi familia grabada en la retina como una sentencia. El aura de miedo no solo me rodeaba; me estaba devorando desde dentro.

—No te atrevas —susurré, pero mi voz me traicionó. Salió quebrada, un hilo apenas perceptible que delataba el terror que intentaba ocultar tras mi máscara de indiferencia.

​Dave dio un paso hacia mí, con esa sonrisa ladeada que tanto odiaba, esa que decía que ya había ganado. Sabía que Leah era la vida entera de Cameron, y sabía que tocar a la madre de Cameron era la forma más rápida de destruirnos a ambos sin tener que disparar una sola bala.

​—Solo piénsalo, Ellie —su voz era un veneno dulce—. Una llamada, un “accidente” en el trayecto de Leah a casa, o tal vez una complicación inesperada en su salud… ¿Realmente quieres cargar con eso en tu conciencia? ¿Quieres que Cameron te mire a los ojos sabiendo que pudiste evitarlo y no lo hiciste?

​Cerré los ojos con fuerza. En mi mente apareció el día que conocí a Leah en el hospital y la mirada cansada pero amable de la madre de Cameron. No era una elección. Nunca lo fue desde el momento en que él las nombró.

​Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El orgullo, mi resistencia, los planes que charla que había tenido con Cameron… todo se desmoronó como un castillo de naipes.

​—Basta —dije, esta vez con una firmeza desesperada, abriendo los ojos para encontrarme con su mirada triunfante—. Detente. No les hagas nada.

​Me costó tragar saliva, sentía un nudo de hierro en la garganta. El precio de su seguridad era mi libertad, y lo peor de todo, mi honestidad con Cameron.

​—Dime qué quieres que haga —añadí, sintiendo cómo el corazón se me hacía pedazos—. Haré lo que digas, pero déjalas fuera de esto.




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