Alas rotas.
Elizabeth.
Cada vez que el teléfono vibra o una sombra se detiene demasiado tiempo frente a mi ventana, el pánico me cierra la garganta, pero no por mí. Sé de lo que Dave es capaz, el muy imbécil se presentó con mi familia, con mis hermanos, fingió una amistad que esta muy lejos de existir y solo para hacerme saber que en este maldito juego, el es quien tiene las cuerdas sobre mi.
Sé que para él, mis amigos son solo piezas de sacrificio para obligarme a volver a hacer lo que el quiera, y por más que no quiera sentirlo, tengo miedo de que pueda hacerles.
Mi estúpido castigo me sirve de escudo, me sirve de excusas para no ir a las cenas que mamá y papá tienen junto a mis hermanos, y a dejar que las llamadas de Jane mueran en el buzón, e ignorar los mensajes de Cameron porque prefiero que piensen que me he vuelto fría a tener que recoger sus pedazos por culpa de mi sombra.
Con Jane es más difícil; trato de mantener una fachada de normalidad para que no huela el miedo, pero sus ojos me estudian con esa insistencia que me hace querer gritarle que corra, que se aleje de mí antes de que mi veneno la alcance. Me duele el aislamiento, pero el silencio es el único escudo que puedo darles, si no están cerca de mí, Dave no tendrá razones para usarlos como armas contra mi.
El eco de mis propios pasos en el pasillo del instituto me suena a amenaza, como si cada baldosa fuera una trampa que Dave dejó preparada para mí.
Con la cabeza gacha, salí hacia mi casillero contando los segundos para salir de ahí, cuando la voz de Carl me obligó a frenar en seco.
—Hey, Elizabeth —soltó con esa energía que ahora me resultaba insoportable—. No se Dian te comento que nos puso juntos para el proyecto en pareja, tenemos que realizar un análisis de literatura para mañana. ¿Te parece si nos reunimos en tu casa hoy? Teniendo en cuenta que sigues castigada...
—No puedo. Haz tu parte y yo haré la mía, no necesito que me cuides la agenda—le espeté, sin siquiera mirarlo a los ojos.
El silencio que siguió fue denso, asfixiante. Harris, que estaba a su lado apoyado en los casilleros, frunció el ceño con una mezcla de confusión y decepción.
—Vaya, perdón por querer avanzar en equipo —murmuró Carl, dando un paso atrás como si mi amargura lo hubiera quemado.
Fue entonces cuando Jane se plantó frente a mí, bloqueándome el paso con los brazos cruzados y una mirada que me leyó el alma.
—Ya basta, Elizabeth —dijo con una voz que no admitía réplicas—. Llevas días tratándonos como si fueras una extraña y lanzando espinas a cualquiera que se te acerque. A Carl no le hablas así, y a nosotros no nos mientes más. Sé que algo te está pasando y que te mueres de miedo cada vez que doblas una esquina, así que deja de empujarnos lejos. Si crees que alejándote nos proteges de lo que sea que te atormenta, estás muy equivocada, porque no nos vamos a mover de aquí.
Sentí que la sangre se me congelaba en las venas cuando, por encima del hombro de Jane, vi una figura apoyada en una de las columnas del extremo del pasillo. Era Dave. No necesitaba verle la cara completa para reconocer esa postura de cazador, observándome con una calma que me gritaba que cada palabra que mis amigos decían era una sentencia para ellos.
—Estoy harta de que todos se metan en mi vida —solté, elevando la voz para que él me escuchara—. Carl es un pesado con el trabajo y tú eres una dramática. Si me alejo es porque me asfixian, no porque necesite que me salven de nada.
Vi cómo la expresión de Jane pasaba de la preocupación a una herida profunda, y cómo Harris negaba con la cabeza, decepcionado. Me dolió cada sílaba, pero ver a Dave empezar a caminar lentamente hacia nosotros me dio el impulso final.
—Déjenme en paz de una vez. Busquen a alguien que sí quiera su lástima.
Sin darles tiempo a replicar, me di la vuelta y eché a correr hacia la salida lateral, esquivando a otros estudiantes. El aire frío del exterior me golpeó la cara, pero no me detuve; sabía que si miraba atrás, vería a Dave siguiéndome, y lo último que quería era que él viera el rastro de lágrimas que finalmente se me escapó.
Llegue lo más rápido al único lugar donde Dave no ha logrado interceptarme.
Entrar en el edificio de la firma fue como cruzar una frontera de seguridad, el bullicio de los asistentes, el sonido constante de las impresoras y el desfile de abogados con maletines creaban un ruido blanco que, por fin, ahogaba los latidos desbocados de mi corazón.
Aquí, bajo la mirada de mi padre y entre expertos en leyes que movían expedientes con un poder real, Dave era solo una sombra que no se atrevía a entrar. Al menos por ahora.
Caminé con dirección a la oficina de papá, tratando de recuperar el aliento cuando divisé a Cameron cerca de la sala de juntas. Se veía impecable, concentrado en unos documentos, pero en cuanto sintió mi presencia, levantó la vista. Su expresión se suavizó al instante, esa chispa de alivio y afecto que siempre me dedicaba empezó a asomar en sus ojos, y estuvo a punto de dar un paso hacia mí.
No lo había visto desde el hospital, lo que me recordó que si el fue a dar a ese lugar fue por Dave, por mi culpa.
Su amenaza seguía en mi mente, latente. Su voz, su estúpida voz.
El pánico me dio un vuelco en el estómago. Clavé la vista en el suelo, apretando las correas de mi bolso hasta que me dolieron los dedos. No podía permitir que se acercara. No podía dejar que Dave viera, desde donde sea que estuviera vigilando, que Cameron todavía era un punto débil en mi armadura. Pasé por su lado a paso rápido, ignorando el “Ellie, ¿estás bien?” que alcanzó a murmurar. Lo dejé ahí, con la palabra en la boca y la confusión reflejada en el rostro, prefiriendo mil veces su desconcierto que su funeral.
Cameron.