El Poder de la Amistad.
Jane.
Conozco a Elizabeth desde hace diez años, se que algo le pasa y no me quiere decir. Ha estado así de rara desde el partido de Rod, e intuyo qué las pesadilla volvieron y eso es lo que la tiene de mal humor.
Aunque ha almorzado con nosotros, se mantiene callada, sin hablar, y constantemente está viendo hacia todos lados. Apenas suena la campana sale corriendo al salón de clases. Aunque se sienta conmigo en algunas, no me habla directamente. Solo una o dos palabras por lo mucho.
—¿Pudiste hablar con Elizabeth?
—No.
Cerré el casillero con más fuerza de la necesaria.
—Tranquila, seguramente se le pasará en unos días—me abrazo.
—Eso espero.
Con mi novio, nos fuimos directo a la clase de biología, Elizabeth ya estaba ahí.
Ni siquiera he podido disfrutar se mis primeros días de novia con Rod porque Elizabeth esta muy rara, y aunque Rod no lo admita sé que también se preocupa por Ellie.
Me acomodé en mi taburete, sintiendo la madera fría, pero mi atención no estaba en el diagrama de la célula que el profesor trazaba en la pizarra. Estaba a mi derecha.
Traté de captar su mirada, de lanzarle esa sonrisa cómplice que siempre compartíamos cuando la clase se volvía tediosa, pero ella ni siquiera parpadeó. Sus manos, usualmente tranquilas, eran un manojo de nervios, jugaba con el borde de su libreta, trazando líneas sin sentido con la punta de su bolígrafo hasta casi romper el papel.
—¿Ellie? —susurré, aprovechando que el profesor se había dado la vuelta—. ¿Estás bien?
Ella dio un pequeño brinco, como si mi voz fuera un estallido. Por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos y vi algo que me heló la sangre no era solo distracción, era un nerviosismo, casi como el de alguien que oculta un secreto demasiado pesado para cargar.
Igual que cuando Richard abuso de ella.
—Sí. Solo… no dormí bien —respondió en un hilo de voz, volviendo la vista a su libro antes de que yo pudiera decir algo más.
Sus dedos empezaron a tamborilear contra la mesa, un ritmo errático que me ponía los pelos de punta. Sabía que mentía. La conocía lo suficiente para notar que su postura rígida no era cansancio, sino una barrera.
Recordé la cara de Cameron anoche en mi casa, su mirada perdida y ese vacío que lo rodeaba desde que Elizabeth decidió distanciarse de el.
Me pregunté qué podía ser tan grave como para que ella prefiriera ignorar a la persona que más la cuidaba. ¿Sería por la confesión de Cameron? ¿O había algo más que ninguno de nosotros alcanzaba a ver?
Lo que más temía era que su tío hubiera vuelto y la estuviera atormentando de nuevo.
La campana sonó, ni siquiera me di cuenta en que momento paso la hora completa de la clase. Antes de que yo pudiera guardar mi lápiz, Elizabeth ya tenía su mochila al hombro.
—Nos vemos luego —soltó, sin mirarme, y salió del salón casi trotando, perdiéndose entre la multitud del pasillo.
Elizabeth no solo esta rara, esta asustada. Puedo reconocerlo.
Tiene la misma actitud que hace cinco años cuando su tío se aprovecho de ella. Cuando la amenazaba con matarla si decía algo a alguien.
Decidí seguirla, tal vez no le guste lo que voy a decirle pero ya es tiempo de hablar. Es tiempo que denuncie a su tío, porque si es el quien le está infundiendo miedo otra vez, no se puede quedar así.
Apreté el paso, esquivando a un grupo de segundo año que bloqueaba el pasillo. No podía dejar que se fuera así, no otra vez. Vi la silueta de Elizabeth girar en la esquina hacia los baños del ala este y no lo dudé, la seguí antes de que el resto del mundo se interpusiera.
Cuando entré, el sonido de la puerta cerrándose tras de mí pareció retumbar en los azulejos blancos. El lugar estaba desierto, a excepción de Elizabeth, que estaba inclinada sobre uno de los lavabos, apoyando las manos en el mármol frío como si intentara no desmoronarse.
—Ellie—dije suavemente, acercándome un paso—. Detente un segundo.
Ella no se dio la vuelta, pero vi a través del espejo cómo sus hombros se tensaban. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el borde del mueble.
—Jane, tengo clase de Historia y…
—Olvida la clase —la interrumpí, poniéndome a su lado—. Te vi en Biología. Estás temblando, apenas puedes sostener un lápiz y ni siquiera me miras a la cara. A mí no me puedes engañar con lo de que no dormiste bien.
Elizabeth soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de derrota y fatiga, pero siguió fija en su reflejo. El silencio se volvió denso, cargado de todo lo que no nos estábamos diciendo.
—Si está pasando algo, lo que sea —continué, bajando la voz y buscando su mirada en el espejo—, no tienes por qué pasarlo sola. No importa si es por lo de Cameron, o si es algo más grande que nos estás ocultando a todos. Puedes confiar en mí, Ellie. Siempre lo has hecho.
Puse una mano sobre su hombro y sentí un escalofrío recorrerla. Por un instante, creí que iba a romperse, que las lágrimas finalmente saldrían y me contaría qué era ese muro invisible que estaba construyendo entre nosotros.
—A veces… —comenzó ella, con la voz quebrada, finalmente levantando los ojos hacia los míos—, confiar es lo más peligroso que puedes hacer, Jane.
Se soltó de mi agarre con una delicadeza que me dolió más que un empujón. Antes de que pudiera replicar, se arregló el cabello mecánicamente, recuperando esa máscara de frialdad que tanto me asustaba.
—No te preocupes por mí. Estoy bien, de verdad —mintió, aunque sus ojos gritaban lo contrario.
—No, no lo estás, si Richard volvió y te esta amenazando…
—¡¿Qué vas hacer?!—exclamó muy fuerte—¡¿Intentar ayudarme?!
—¡Por supuesto! ¡Eso hacen las amigas!
—¡¿Y como me vas ayudar según tu?! ¡¿Con el poder de la amistad?! No seas ridícula, por favor.