La lluvia golpeaba los tejados con una fuerza implacable, mezclándose con el humo de las antorchas que iluminaban la noche. Las calles de tierra, normalmente silenciosas a esas horas, estaban llenas de gritos, pasos apresurados y rostros deformados por la rabia.
—¡No la dejen escapar!
—¡Atrápenla!
—¡Es una maldición!
Los ecos rebotaban entre las casas de madera mientras decenas de habitantes avanzaban como una sola masa. Algunos llevaban antorchas; otros, horcas, palos o herramientas de trabajo convertidas en armas improvisadas. Nadie parecía dudar. Nadie parecía preguntarse si aquello era correcto.
Solo querían verla caer.
Entre el caos, una mujer corría con todas las fuerzas que le quedaban. Su vestido, antes elegante, estaba rasgado por las ramas y cubierto de barro. Tenía cortes en los brazos, las manos ensangrentadas por haberse abierto paso entre cercas y espinos, y la respiración tan agitada que cada bocanada parecía desgarrarle el pecho.
Apretaba contra sí un pequeño bulto envuelto en una gruesa manta de lana.
Una bebé.
La niña apenas emitía algún murmullo, protegida por los brazos de su madre del viento helado y de la lluvia. La mujer bajaba la cabeza cada vez que una chispa de las antorchas iluminaba el camino, como si intentara ocultar el diminuto rostro de la pequeña del mundo entero.
—Tranquila... ya casi... ya casi... —susurró entre jadeos, aunque ni ella misma sabía si aquello era cierto.
Un proyectil pasó silbando junto a su cabeza y se estrelló contra una pared de piedra.
No se detuvo.
Saltó un carro volcado, cruzó un estrecho callejón y siguió corriendo hacia las afueras del pueblo.
Detrás de ella, el sonido de cientos de botas golpeando el suelo era cada vez más cercano.
—¡No dejen que la bruja llegue al bosque!
—¡Mátenla antes de que invoque algo!
La mujer sintió un nudo en el estómago.
Bruja.
Ese era el nombre que le habían dado desde que la niña nació.
Todo había cambiado demasiado rápido. Primero fueron los murmullos. Después las miradas de desconfianza. Más tarde las acusaciones, las supersticiones y el miedo. Bastó un solo rumor para convertir años de convivencia en odio.
Ahora el pueblo entero había decidido que ni ella ni su hija merecían seguir viviendo.
Las lágrimas se mezclaban con la lluvia mientras seguía avanzando.
"No voy a dejar que la toquen."
Repitió aquella promesa una y otra vez dentro de su cabeza.
Aunque sus piernas temblaban.
Aunque el aire comenzaba a faltarle.
Aunque sabía que jamás podría correr más rápido que una multitud.
Las primeras casas quedaron atrás. Frente a ella se extendía un inmenso bosque negro, donde los árboles parecían gigantes observando en silencio bajo la tormenta. Sus copas ocultaban la poca luz de la luna, haciendo que el interior fuera una oscuridad casi absoluta.
La mujer no dudó.
Se internó entre los árboles.
Las ramas azotaban su rostro y arañaban su piel, mientras las raíces sobresalían del suelo como trampas invisibles. Cada paso era más difícil que el anterior, pero seguía abrazando a la bebé con una delicadeza infinita, procurando que ningún golpe la alcanzara.
Detrás de ella, las antorchas comenzaron a entrar también en el bosque.
Pequeños puntos anaranjados que rompían la oscuridad.
Los gritos seguían acercándose.
—¡Está por aquí!
—¡Busquen entre los árboles!
—¡Que nadie salga vivo!
La mujer respiró con dificultad y miró hacia atrás solo un instante.
Demasiado tarde.
Su pie quedó atrapado entre dos raíces.
Cayó violentamente contra el suelo.
Un gemido escapó de sus labios mientras giraba sobre sí misma para proteger a la bebé del impacto. Su espalda recibió todo el golpe, y un dolor agudo recorrió su cuerpo.
Durante unos segundos fue incapaz de levantarse.
Escuchó las voces.
Cada vez más cerca.
Las luces de las antorchas comenzaban a filtrarse entre los troncos.
Con manos temblorosas volvió a abrazar a la niña.
La pequeña seguía dormida, ajena al odio que había desatado su existencia.
La mujer apoyó la frente sobre la manta y cerró los ojos apenas un instante.
—Perdóname... —murmuró con la voz quebrada—. Prometí darte una vida tranquila... y lo único que pude ofrecerte fue esta huida.
Una lágrima cayó sobre la tela.
Entonces volvió a ponerse de pie.
No importaba cuánto doliera.
No importaba si aquel era su último aliento.
Las ramas se cerraban a su alrededor como si el bosque quisiera detenerla.
La mujer avanzaba a trompicones, apoyándose en los troncos para no caer. Cada respiración era más dolorosa que la anterior y la sangre descendía lentamente por una profunda herida en su costado, empapando la tela de su vestido.
La bebé comenzó a llorar.
Un llanto suave al principio, pero suficiente para romper el silencio del bosque.
—Shh... tranquila... por favor... —susurró la mujer, acunándola mientras seguía caminando—. Solo un poco más...
Las lágrimas de la pequeña no cesaban.
El frío, el hambre y el miedo parecían haberse unido en un llanto desesperado que se extendía entre los árboles.
La mujer apretó los labios.
No podía permitir que la oyeran.
Intentó acelerar el paso, pero apenas dio unos metros cuando una raíz sobresaliente atrapó nuevamente su pie. Cayó cuesta abajo, rodando entre piedras y arbustos.
Esta vez no logró protegerse por completo.
Su brazo golpeó una roca con un crujido seco y un dolor insoportable recorrió todo su cuerpo. La bebé, envuelta entre la manta, permaneció protegida contra su pecho, pero el impacto hizo que llorara aún más fuerte.
La mujer respiró con dificultad mientras trataba de incorporarse.
Su brazo apenas respondía.
Una punzada recorría su pierna cada vez que intentaba apoyarla.