Las semanas comenzaron a pasar con una rutina completamente distinta para los dos hermanos.
Lo que al principio había sido una decisión tomada por impulso se convirtió, poco a poco, en una responsabilidad de tiempo completo. Cuidar de una bebé ya era complicado por sí solo; hacerlo cuando aquella bebé podía esconder unas alas en su espalda, hacer aparecer destellos de luz o desaparecer de un sitio para aparecer en otro era un desafío completamente diferente.
Lance y Oliver comprendieron desde el principio que, si querían mantenerla con vida, tendrían que enseñarle a ocultar todo aquello que la hacía diferente.
Aunque el verdadero problema era que apenas era una bebé.
La pequeña aún no hablaba y apenas comenzaba a gatear, por lo que ninguno de sus extraños poderes parecía ser algo que pudiera controlar conscientemente.
Cada vez que Lance le cambiaba la ropa comprobaba que las pequeñas alas permanecieran retraídas. Habían descubierto que normalmente aparecían cuando la niña se emocionaba demasiado o se sobresaltaba, así que procuraban mantenerla tranquila antes de vestirla.
—Muy bien... así está mejor... —murmuraba mientras acomodaba con cuidado la tela sobre su espalda.
Oliver, por su parte, intentaba descubrir qué provocaba los demás fenómenos.
Había notado que los extraños cambios ocurrían casi siempre cuando la bebé reía, estornudaba o se asustaba.
—A ver... otra vez.
Tomó una pequeña pelota hecha de tela y la lanzó suavemente hacia ella.
La niña soltó una risita.
Antes de que la pelota pudiera tocarla, quedó suspendida en el aire durante un instante.
Oliver abrió mucho los ojos.
—¡Lance! ¡Otra vez!
La pelota descendió lentamente hasta quedar sobre las piernas de la pequeña, que comenzó a aplaudir divertida.
Lance dejó a un lado la leña que estaba cortando y observó la escena.
—Lo hizo flotar...
Oliver tomó ahora un pequeño muñeco de madera.
—¿Y con esto?
Lo lanzó con cuidado.
El mismo resultado.
El muñeco redujo su velocidad hasta quedarse flotando frente a la bebé durante unos segundos, girando lentamente antes de caer con total suavidad sobre la manta.
La niña reía encantada cada vez que ocurría.
Para ella era un juego.
Para los hermanos, una preocupación constante.
—No podemos dejar que haga esto delante de otras personas —dijo Lance.
Oliver suspiró.
—¿Pero cómo se lo enseñamos? Ni siquiera entiende lo que le decimos.
Lance tampoco tenía respuesta.
Solo podían esperar que, conforme creciera, aprendiera a controlar aquello que parecía surgir de manera completamente instintiva.
Mientras Oliver dedicaba la mayor parte del día a cuidar y entretener a la pequeña, Lance seguía saliendo cada mañana al pueblo.
Desde la muerte de sus padres había cargado con la responsabilidad de mantener la casa y cuidar de su hermano menor. Ahora también debía pensar en una bebé cuya existencia debía permanecer en secreto.
Sabía que aquel pueblo nunca les ofrecería un futuro.
Las cosechas apenas alcanzaban para sobrevivir, el trabajo escaseaba y cada año más familias abandonaban el lugar en busca de mejores oportunidades.
Así que comenzó a preguntar discretamente por comerciantes, caravanas y viajeros que recorrieran otras regiones.
Descubrió que, varias veces al año, pasaban mercaderes que viajaban hasta ciudades mucho más grandes, donde había talleres, mercados, puertos y oficios capaces de ofrecer una vida mejor que la de aquel pequeño pueblo perdido entre los bosques.
Cada nueva conversación reforzaba la misma idea.
Debían marcharse.
No solo por ellos.
También por la niña.
Si permanecían allí, tarde o temprano alguien descubriría sus ojos dorados, sus alas o cualquiera de sus extrañas habilidades.
Y entonces la historia de su madre volvería a repetirse.
Aquella noche, al regresar a casa, Lance encontró a Oliver acostado sobre el suelo de madera mientras la bebé reía sin parar.
Cinco pequeñas pelotas de tela flotaban lentamente sobre ellos, moviéndose de un lado a otro como si una brisa invisible las empujara.
Oliver las hacía girar con las manos, fingiendo ser un mago, mientras la niña respondía con carcajadas cada vez más fuertes.
Por un momento, Lance olvidó todas sus preocupaciones.
Sonrió.
Era la primera vez desde la muerte de sus padres que escuchaba tanta alegría dentro de aquella casa.
Pero la sonrisa desapareció casi tan rápido como había llegado.
Miró por la ventana hacia el camino que conducía al pueblo.
Si de verdad quería darles un futuro...
La mañana siguiente amaneció tranquila.
Oliver estaba sentado frente a la cabaña, intentando enseñarle a la pequeña a sostener una cuchara de madera. Cada vez que se le caía, la bebé soltaba una risita y, antes de que tocara el suelo, el cubierto quedaba flotando unos instantes antes de regresar lentamente a sus manos.
—No... así no cuenta —rio Oliver, tomando la cuchara otra vez—. Tienes que aprender como todos.
La niña inclinó la cabeza sin entender una sola palabra.
Desde la puerta, Lance observó la escena durante unos segundos.
Había estado pensando en ello durante días.
Ya no podía seguir aplazándolo.
—Oliver.
El menor levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Necesito hablar contigo.
El tono serio de su hermano hizo que Oliver dejara la cuchara sobre la mesa. Tomó a la bebé en brazos y entró en la cabaña.
Lance esperó a que cerrara la puerta antes de comenzar.
—He estado preguntando por trabajo.
Oliver asintió.
Sabía que llevaba semanas haciéndolo.
—Encontré una oportunidad.
—¿Aquí?
Lance negó lentamente.
—No.
Hubo un breve silencio.
—Es en Neon Reach.
Oliver conocía ese nombre.
Era una enorme ciudad de la que hablaban los comerciantes cuando atravesaban el pueblo. Decían que allí convivían personas de todas partes, que las calles nunca estaban vacías y que cualquiera dispuesto a trabajar podía ganarse la vida.