Detrás del reflector

Sunshore

El mar era mucho más grande de lo que Oliver había imaginado.

Durante los primeros días del viaje apenas podía apartarse de la borda. Pasaba horas observando el movimiento de las olas, las bandadas de aves que seguían al barco y el horizonte interminable que parecía no tener fin.

—¿Crees que al otro lado también haya mar? —preguntó una tarde.

Lance sonrió mientras acomodaba unas cuerdas para ganarse unas monedas ayudando a la tripulación.

—Siempre hay otro lado.

Oliver hizo una mueca.

—Eso no respondió mi pregunta.

El viaje, sin embargo, estaba lejos de ser unas vacaciones.

Ocultar a la pequeña resultó mucho más complicado de lo que ambos habían imaginado.

Durante el día permanecía escondida dentro del camarote que compartían con otros viajeros o, cuando el barco estaba demasiado lleno, volvía a refugiarse dentro de la vieja maleta, donde parecía sentirse sorprendentemente cómoda. Oliver aprovechaba cualquier momento en que el pasillo quedaba vacío para sacarla, alimentarla y jugar un rato con ella antes de volver a esconderla.

A veces la niña intentaba gatear por toda la habitación.

Otras veces desaparecía de un rincón para aparecer debajo de la cama, dentro de un armario o incluso encima de una silla, obligando a Oliver a perseguirla antes de que alguien pudiera verla.

—No, no... otra vez ahí no...

La tomaba entre sus brazos mientras la bebé reía divertida, creyendo que todo formaba parte de un juego.

En una ocasión logró aparecer dentro de un barril vacío que la tripulación utilizaba para guardar herramientas.

Encontrarla les tomó casi veinte minutos.

Lance terminó sentado sobre la cubierta con una mano en la frente.

—Un día me va a dar un infarto.

Oliver soltó una carcajada.

—Pero la encontramos.

—Ese no es el punto.

A pesar de las dificultades, ambos comenzaron a adaptarse a la nueva rutina.

Lance ayudaba a los marineros cargando mercancía, limpiando la cubierta o reparando redes a cambio de algunas monedas y comida extra.

Oliver, mientras tanto, permanecía casi siempre con la pequeña.

Con el paso de los días descubrió que le encantaba escuchar música.

Cada vez que algún marinero silbaba una melodía mientras trabajaba, la bebé dejaba de moverse y escuchaba completamente fascinada. Incluso agitaba las manos siguiendo el ritmo, aunque aquello solía provocar que cucharas, cuerdas o pequeñas cajas comenzaran a flotar unos centímetros antes de volver a caer.

Por suerte, todos atribuían aquellos movimientos al constante balanceo del barco.

Las noches eran mucho más tranquilas.

Los tres dormían juntos en el pequeño camarote mientras el sonido de las olas golpeaba el casco de madera.

En una de esas noches, Oliver despertó al notar un extraño resplandor.

La niña seguía dormida.

Sus ojos permanecían cerrados.

Sin embargo, unas diminutas partículas doradas parecían desprenderse de su cuerpo antes de desaparecer lentamente en el aire, como pequeñas luciérnagas.

Oliver observó el fenómeno durante varios minutos.

Cuando intentó despertar a Lance...

Ya había desaparecido.

—Seguro estoy imaginando cosas... —murmuró antes de volver a acostarse.

Después de casi dos semanas de navegación, el capitán anunció que estaban por llegar a tierra.

La noticia recorrió el barco entero.

Los pasajeros comenzaron a recoger sus pertenencias mientras los marineros preparaban el atraque.

Oliver salió corriendo hasta la cubierta.

A lo lejos, una enorme franja de arena dorada brillaba bajo el sol de la mañana.

Más allá podían verse decenas de casas de colores claros, muelles repletos de embarcaciones pesqueras y largas hileras de palmeras moviéndose con la brisa marina.

—¡Lance! ¡Mira!

Su hermano apareció unos segundos después.

Los dos permanecieron en silencio contemplando el paisaje.

—Sunshore... —dijo Lance.

Era la primera parada antes de continuar el largo camino hacia Neon Reach.

El barco comenzó a disminuir la velocidad mientras numerosas gaviotas sobrevolaban el puerto.

Ninguno de los dos lo sabía todavía.

El barco permaneció atracado en Sunshore durante tres días para descargar mercancía y reabastecerse antes de continuar con otras rutas comerciales. Para la mayoría de los pasajeros era solo una breve escala, pero para Lance y Oliver representaba la oportunidad perfecta para preparar el resto del viaje hacia Neon Reach.

Apenas pusieron un pie en tierra, los dos hermanos tomaron caminos distintos.

—No te alejes mucho —advirtió Lance mientras acomodaba la mochila sobre su hombro.

Oliver levantó la mano sin siquiera mirarlo.

—¡Sí, sí!

Lance soltó un suspiro.

—Y cuida de ella.

Oliver respondió levantando a la pequeña sobre sus hombros.

—¡Capitana de vacaciones!

La niña levantó ambos brazos riendo con entusiasmo. Su corto cabello verdoso se movía con la brisa marina mientras observaba fascinada el puerto lleno de barcos.

Era la primera vez que veía una playa.

Y parecía decidida a explorarlo todo.

—Bueno... ya que estamos aquí...

Oliver sonrió de oreja a oreja.

—¡Hoy toca día libre!

Sin perder tiempo caminó hacia la costa.

La arena cálida hizo que la pequeña comenzara a mover los pies con curiosidad. Oliver la dejó de pie por un momento y observó cómo daba sus primeros pasos inseguros sobre la playa, tambaleándose mientras intentaba perseguir las pequeñas olas que iban y venían.

Cada vez que el agua le tocaba los pies soltaba una carcajada.

Oliver no podía dejar de reír también.

—¡Eso! ¡Atrápala!

La niña intentó alcanzar una ola con ambas manos.

Naturalmente...

La ola se retiró antes.

Frunció el ceño como si aquello fuera completamente injusto.

Oliver terminó sentado sobre la arena construyendo un pequeño castillo.




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