Detrás del reflector

Distorsión

Después de varios días alternando entre camionetas de carga, carretas de comerciantes y largos tramos recorridos a pie, el paisaje comenzó a cambiar una vez más.

Los caminos de tierra dieron paso a una amplia carretera de piedra por la que circulaban vehículos de todos los tamaños. Había camiones repletos de mercancías, autobuses llenos de pasajeros y motocicletas que pasaban a toda velocidad levantando pequeñas ráfagas de viento.

Gemma, sentada sobre los hombros de Oliver, no sabía hacia dónde mirar primero.

Cada cosa era más sorprendente que la anterior.

—Mira, Gemma... ¡otro camión!

La niña señaló emocionada.

—¡Brrrum!

Oliver soltó una carcajada.

—¡Eso fue un camión! ¡Lo dijiste muy bien!

Lance, que caminaba unos pasos delante con el mapa en la mano, sonrió al escucharlos.

Durante el último año, Gemma había aprendido muchas palabras nuevas. Todavía hablaba como cualquier niña pequeña de su edad, mezclando sonidos y frases incompletas, pero cada día lograba comunicarse un poco mejor.

Después de varias horas más de camino, la carretera ascendió por una colina.

Lance fue el primero en detenerse.

Sus ojos quedaron completamente fijos en el horizonte.

—Oliver...

El menor levantó la vista.

Y también se quedó inmóvil.

Frente a ellos, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, se alzaba Neon Reach.

Decenas de edificios de cristal reflejaban la luz del sol como si estuvieran hechos de espejos. Grandes avenidas atravesaban la ciudad en todas direcciones mientras enormes puentes conectaban distintos distritos. A lo lejos podían verse trenes elevados desplazándose entre los edificios y gigantescos anuncios luminosos que cambiaban de imagen constantemente.

El ruido llegaba incluso hasta la colina.

Bocinas.

Motores.

Música.

Voces.

Era un lugar que jamás dormía.

Oliver permaneció varios segundos sin decir una sola palabra.

Luego sonrió.

—Es... enorme.

Lance dobló lentamente el mapa.

—Bienvenidos a Neon Reach.

Gemma observaba fascinada.

Las luces.

Los edificios.

Las personas.

Todo era nuevo para ella.

Cuando descendieron hasta la entrada de la ciudad, el cambio fue todavía más evidente.

Nadie parecía prestar atención a los demás.

Había personas de todas las edades, comerciantes ofreciendo sus productos, artistas callejeros, músicos, trabajadores con uniformes, repartidores corriendo de un lado a otro y viajeros cargando enormes maletas.

Cada esquina parecía contar una historia diferente.

Oliver sujetó con más fuerza la mano de Gemma.

—No te sueltes, ¿de acuerdo?

Ella asintió con una enorme sonrisa.

Por primera vez desde que había aprendido a caminar, no intentaba correr hacia todas partes.

Estaba demasiado ocupada observándolo todo.

Un hombre pasó junto a ellos con el cabello teñido de azul brillante.

Más adelante caminaba una mujer con un brazo completamente mecánico.

Un grupo de artistas actuaba en plena calle utilizando luces, humo y extraños mecanismos.

Gemma abrió mucho los ojos.

Oliver sonrió.

—Aquí nadie mira raro a los demás.

Lance escuchó aquellas palabras y comprendió inmediatamente lo que quería decir.

En Nordal, cualquier diferencia era motivo de sospecha.

En Neon Reach...

Parecía formar parte del paisaje.

Aquello le dio un poco de esperanza.

Tal vez esconder a Gemma sería más sencillo allí.

Aunque todavía no podían bajar la guardia.

Después de recorrer varias calles encontraron una pequeña plaza rodeada de árboles. Lance dejó la mochila en el suelo y se sentó en una banca.

—Lo primero será encontrar un lugar donde dormir.

Oliver se dejó caer a su lado.

—Y luego buscar trabajo.

Lance asintió.

—Mientras tanto tendremos que gastar lo menos posible.

Gemma bajó de la banca y comenzó a caminar alrededor de una pequeña fuente ubicada en el centro de la plaza.

Oliver la vigilaba de cerca.

De repente, la niña se quedó completamente quieta.

Su expresión de asombro desapareció.

Miraba fijamente a alguien entre la multitud.

No sonreía.

No hablaba.

Solo observaba.

Oliver siguió la dirección de su mirada.

A varios metros de distancia, entre el incesante flujo de personas, un hombre alto vestido con un elegante traje oscuro permanecía inmóvil.

No parecía interesado en la fuente.

Ni en la plaza.

Ni en la ciudad.

Sus ojos estaban clavados únicamente en Gemma.

Y, durante un breve instante...

Sonrió.

El hombre no apartó la mirada.

Gemma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Los sonidos de la plaza comenzaron a mezclarse unos con otros.

Las voces de los comerciantes.

Las risas de los niños.

Las bocinas de los automóviles.

Todo empezó a volverse extraño.

—Gemma...

La voz de Oliver sonó lejana.

La niña llevó una mano a su cabeza.

El mundo comenzó a girar.

Las personas parecían moverse demasiado rápido mientras otras quedaban completamente inmóviles. Los colores de los enormes anuncios luminosos se estiraban como pinceladas sobre el aire y el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.

—¿Gemma?

Oliver dio un paso hacia ella.

La pequeña levantó lentamente la vista.

Un agudo zumbido llenó sus oídos.

Después llegó un susurro.

"...despierta..."

Otro.

"...ya es hora..."

Y otro más.

"...Gemma..."

Las voces comenzaron a multiplicarse.

Eran cientos.

Miles.

Algunas sonaban como niños.

Otras como ancianos.

Unas hablaban con dulzura.

Otras parecían llorar.

Todas repetían el mismo nombre.

—¡Gemma!

La niña cerró con fuerza los ojos y se cubrió los oídos.

—¡Gemma!




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