Gemma permaneció unos segundos apoyada sobre la encimera de la cocina mientras llenaba un vaso de barro con agua fresca. Dio un largo sorbo, intentando despejar la sensación extraña con la que había despertado aquella mañana. Normalmente olvidaba sus sueños apenas abría los ojos, pero esta vez era diferente. Podía recordar cada detalle con una claridad inquietante: un pequeño pueblo rodeado de bosques, un viejo pozo cubierto de musgo, dos hermanos llamados Oliver y Lance, un viaje interminable hasta una ciudad inmensa... e incluso la sensación de unas manos protegiéndola cuando era apenas una bebé.
Bebió otro trago.
—Qué raro...
Cerró los ojos por un instante, intentando convencerse de que solo había sido un sueño especialmente vívido.
Sin embargo, cuanto más trataba de olvidarlo, más recuerdos aparecían.
Recordaba el olor de la madera dentro de aquella pequeña cabaña.
El sonido del mar durante el viaje.
La arena de una playa que jamás había visitado.
Y una voz.
La voz cálida de un muchacho riéndose mientras pronunciaba su nombre.
—Gemma...
La joven abrió los ojos de golpe.
Aquella voz había sonado tan real que, por un instante, creyó que alguien acababa de llamarla desde el otro lado de la habitación.
Pero allí no había nadie.
Solo el constante alboroto que llegaba desde el comedor.
—¡Diaval, deja de esconder mis cosas!
—¡Encuéntralas tú!
—¡Eso no tiene sentido!
—¡Para mí sí!
Gemma dejó escapar una pequeña sonrisa y negó con la cabeza.
Era imposible pensar con tranquilidad teniendo a aquellos cuatro cerca.
Apoyó el vaso sobre la mesa y volvió a mirar el agua que aún quedaba dentro. El reflejo de su rostro se deformó con las pequeñas ondas provocadas por el movimiento.
Por un segundo, creyó ver otro reflejo superpuesto al suyo.
El de una niña mucho más pequeña.
De cabello verdoso.
Con enormes ojos dorados.
Gemma parpadeó.
El reflejo volvió a ser completamente normal.
—Estoy empezando a preocuparme...
Se llevó una mano a la frente.
Nunca había tenido un sueño que se sintiera como un recuerdo.
No eran imágenes desordenadas ni escenas sin sentido.
Todo seguía una historia.
Una historia demasiado coherente.
Casi como si hubiera ocurrido de verdad.
—¿En qué piensas tanto?
La voz de Ryuho la sacó de sus pensamientos.
El muchacho acababa de entrar en la cocina sosteniendo una manzana a medio comer. Su largo cabello morado seguía algo despeinado por la persecución de hacía unos minutos.
Gemma sonrió con naturalidad.
—En nada.
Ryuho la observó unos segundos.
—Mientes muy mal.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Tan evidente es?
—Llevas cinco minutos mirando un vaso de agua.
Gemma volvió a bajar la vista.
—Solo tuve un sueño extraño.
—¿Una pesadilla?
—No exactamente.
Pensó unos segundos antes de responder.
—Era... como si estuviera viendo la vida de otra persona.
Ryuho arqueó una ceja.
—Eso sí es raro.
Gemma asintió lentamente.
—Lo más extraño es que podía sentirlo todo. Como si realmente hubiera estado allí.
El muchacho terminó la manzana y arrojó el corazón de esta al pequeño recipiente para composta que tenían junto a la ventana.
—Mi abuelo decía que algunos sueños son solo sueños... pero otros son recuerdos que todavía no entendemos.
Gemma levantó la mirada.
—¿Recuerdos?
Ryuho se encogió de hombros.
—Nunca supe a qué se refería. Decía muchas cosas raras.
En ese momento un fuerte estruendo resonó desde el comedor.
—¡NATTER!
Los dos giraron al mismo tiempo.
Un segundo después, Natter pasó corriendo frente a la puerta de la cocina con una olla sobre la cabeza, seguido por Diaval, que intentaba alcanzarlo entre gritos.
Hiroshi caminaba detrás de ambos con su habitual tranquilidad, llevando en brazos una mesa completamente arrancada de su sitio.
Gemma cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.
—Cinco minutos...
Ryuho sonrió.
—Duraron bastante hoy.
Gemma dejó el vaso vacío sobre la mesa y comenzó a caminar hacia el comedor.
El extraño sueño seguía ocupando un rincón de su mente.
No sabía por qué.
No sabía qué significaba.
Pero tenía la inexplicable sensación de que, tarde o temprano, encontraría las respuestas.
Gemma permaneció pensativa el resto de la mañana. Por más que intentaba distraerse con las tareas de la casa, el sueño seguía regresando una y otra vez a su cabeza. Cada detalle parecía demasiado preciso para ser una simple imaginación.
Finalmente tomó una decisión.
Si alguien podía darle una respuesta, era una sola persona.
Se colocó una pequeña mochila al hombro, tomó un bastón de caminata que descansaba junto a la puerta y buscó un pequeño papel doblado entre las páginas de un viejo libro. En él había una dirección escrita a mano, indicando un punto perdido en lo profundo del bosque.
—Espero que sigas viviendo ahí... —murmuró.
Al salir al comedor encontró a los cuatro niños todavía discutiendo.
—¡Yo digo que hagamos sopa!
—¡No! ¡Asado!
—¿Con qué? ¡Si no tenemos carne!
Natter levantó una seta enorme que había encontrado quién sabe dónde y sonrió orgulloso.
Diaval la observó unos segundos.
—...Eso definitivamente no.
Gemma dio dos palmadas para llamar su atención.
Los cuatro giraron al mismo tiempo.
—Voy a salir un rato.
Diaval ladeó la cabeza.
—¿A dónde?
—Tengo que visitar a alguien.
—¿Mucho tiempo?
—No lo sé. Tal vez vuelva antes del anochecer.
Ryuho cruzó los brazos.
—¿Y nosotros?
Gemma sonrió.
—Quiero que aprovechen el día para buscar provisiones para la cena.
Los cuatro intercambiaron miradas.
—Pero nada de meterse en problemas.