Mientras Gemma continuaba adentrándose en el bosque junto a Dream, los cuatro niños habían llegado a la orilla del río que atravesaba el valle.
El agua era cristalina y corría con tranquilidad entre las rocas, reflejando los rayos del sol que se filtraban entre las copas de los árboles. Era uno de los lugares favoritos de Gemma para conseguir comida, aunque también era donde más travesuras ocurrían.
Diaval lanzó la primera caña al agua.
—Apuesto a que hoy atrapo el pez más grande.
Ryuho acomodó la suya unos metros más adelante.
—Primero intenta atrapar uno.
Diaval le sacó la lengua.
—Qué poca fe me tienes.
Natter, por supuesto, no tuvo paciencia para usar una caña.
En cuanto vio varios peces nadando cerca de la orilla, se quitó los zapatos y se lanzó directamente al agua con una enorme sonrisa.
—¡Eh! ¡Natter! —gritó Ryuho.
El pequeño ni siquiera volteó.
Comenzó a perseguir a los peces bajo el agua con una velocidad sorprendente.
A los pocos segundos salió a la superficie levantando un pez enorme con ambas manos y una expresión de absoluto orgullo.
Diaval abrió mucho los ojos.
—¡Eso cuenta como hacer trampa!
Natter negó enérgicamente con la cabeza mientras sonreía.
—¡Claro que cuenta!
Ryuho soltó una pequeña risa.
—Nunca debimos traerlo.
En menos de media hora, el pequeño espíritu de piraña ya había atrapado más peces que los otros dos juntos.
Cada vez que lograban sacar uno con la caña, Natter ya había conseguido tres más usando únicamente sus manos.
Mientras tanto, Hiroshi permanecía completamente ajeno a la competencia.
Había encontrado una enorme roca plana junto al río, perfectamente iluminada por el sol de la mañana.
Se acostó sobre ella.
Cruzó los brazos detrás de la cabeza.
Y, apenas unos minutos después...
Ya estaba profundamente dormido.
Su respiración era lenta y tranquila mientras el cálido sol le daba directamente sobre el rostro.
Diaval lo señaló desde la orilla.
—Míralo.
Ryuho sonrió.
—Parece un lagarto tomando el sol.
—Es un cocodrilo.
—Se entiende la idea.
Los dos rieron.
Natter salió otra vez del agua con dos peces más.
Los dejó dentro del balde y levantó ambos pulgares con una enorme sonrisa.
—Sí, sí... ya sabemos que eres mejor pescando que nosotros —murmuró Diaval.
Decidido a demostrar que también podía encontrar algo interesante, comenzó a caminar río arriba observando el fondo del agua entre las piedras.
Tal vez hubiera cangrejos.
O algún pez más grande.
Se agachó cerca de una pequeña poza donde la corriente era mucho más lenta.
Algo brilló entre la arena.
—¿Eh?
Frunció el ceño.
Apartó algunas piedras con la mano.
El destello volvió a aparecer.
—Ryuho.
El muchacho levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Creo que encontré algo.
Ryuho dejó la caña apoyada sobre una roca y se acercó.
Diaval metió ambas manos en el agua y comenzó a remover cuidadosamente la arena hasta sacar un pequeño objeto cubierto de barro.
Lo limpió con la manga de su camisa.
Poco a poco apareció una delicada pieza de metal envejecido.
Era un relicario.
Redondo, con finos grabados de hojas y pequeñas plumas entrelazadas en la superficie. Aunque el paso del tiempo había desgastado parte del dibujo, seguía siendo evidente que había pertenecido a alguien con mucho cuidado por los detalles.
—Qué bonito... —murmuró Ryuho.
Diaval intentó abrirlo.
Estaba completamente cerrado.
—Lleva mucho tiempo aquí.
Natter apareció de repente detrás de ellos.
Miró el relicario.
Luego a Diaval.
Después señaló el objeto con curiosidad.
—No sé qué tendrá dentro —dijo Diaval mientras seguía intentando abrirlo—, pero seguro es algo importante.
A unos metros de distancia, Hiroshi abrió lentamente un ojo.
Observó a los tres reunidos junto al río.
Luego dirigió la mirada hacia el relicario.
Por un instante, una extraña sensación recorrió su cuerpo no supo explicar por qué.
Diaval sostuvo el relicario entre sus manos mientras el agua terminaba de escurrirse por sus dedos.
—Está bastante viejo...
Le dio la vuelta con cuidado, retirando con el pulgar el barro que aún permanecía pegado al metal.
Poco a poco comenzaron a aparecer unos delicados grabados que el tiempo apenas había borrado.
Ramas.
Plumas.
Y, en la parte posterior, dos letras profundamente marcadas.
—¿Qué dice? —preguntó Ryuho acercándose.
Diaval limpió un poco más la superficie.
—Parece que son... una G... y una R.
Ryuho entrecerró los ojos.
—Sí... "G.R".
Natter también se acercó, observando el relicario con enorme curiosidad. Dio un pequeño golpecito sobre la tapa, indicándole a Diaval que intentara abrirlo.
—Eso intento...
Después de varios intentos, introdujo cuidadosamente la uña en la pequeña ranura del borde.
El metal crujió.
Un sonido seco rompió el silencio del río.
Click.
Los cuatro contuvieron la respiración.
Diaval abrió lentamente el relicario.
Dentro había una fotografía diminuta, amarillenta por el paso de los años, aunque sorprendentemente bien conservada.
Los cuatro se quedaron inmóviles.
—...¿Gemma? —murmuró Ryuho.
La fotografía mostraba a una Gemma mucho más joven que la actual, aunque ya no era una niña. Sonreía ampliamente mientras estaba de pie entre dos muchachos pelirrojos.
El primero era claramente mayor. Vestía ropa elegante, con un saco bien ajustado y una camisa impecable, transmitiendo una imagen refinada y tranquila.
El segundo parecía algunos años menor. Llevaba ropa mucho más sencilla y casual, con una sonrisa despreocupada y un brazo apoyado sobre el hombro de Gemma, como si los tres fueran muy cercanos.