Detrás del reflector

Lo que quedo atras

La habitación de Lance estaba casi vacía.

Gemma permanecía de rodillas junto a la cama, colocando cuidadosamente sus pertenencias dentro de una caja de madera. Había pasado poco tiempo desde el accidente, pero la casa todavía parecía atrapada en un silencio extraño, como si incluso las paredes estuvieran intentando acostumbrarse a la ausencia.

Sobre el escritorio quedaban algunos papeles, libretos y anotaciones de los espectáculos a los que Lance había intentado presentarse. Gemma tomó uno de ellos y lo observó durante unos segundos antes de doblarlo cuidadosamente.

—Todavía guardabas esto...

Lo colocó dentro de la caja junto con una vieja camisa, algunos libros y pequeños objetos personales que habían pertenecido a su hermano.

No quería dejar nada atrás.

Cada cosa parecía tener un recuerdo.

Una fotografía.

Un boleto.

Un pequeño reloj que ya no funcionaba.

Incluso una vieja taza con una grieta en el borde.

Gemma la sostuvo entre las manos durante unos segundos antes de guardarla.

Entonces escuchó pasos en el pasillo.

No levantó la mirada inmediatamente.

La puerta quedó entreabierta.

Oliver pasó frente a ella.

Gemma lo vio de reojo.

Su expresión era completamente tranquila.

Demasiado tranquila.

Caminaba con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, como si simplemente estuviera atravesando la casa para dirigirse a otra habitación. No parecía alterado, no preguntaba qué estaba haciendo Gemma ni mostraba interés por las cosas que estaba recogiendo.

Solo pasó.

Gemma se quedó observándolo.

—Oliver...

Él se detuvo.

Giró ligeramente la cabeza.

—¿Sí?

—Estoy guardando las cosas de Lance.

Oliver miró hacia la caja.

—Ya veo.

Su tono era sereno.

—¿Quieres que te ayude?

Gemma negó lentamente.

—No hace falta.

Oliver asintió.

—Está bien.

Y continuó caminando.

Gemma volvió a mirar las pertenencias de Lance.

Algo en aquella tranquilidad le resultaba extraño.

Durante toda su vida, Oliver había sido impulsivo, teatral, exagerado incluso para las cosas más pequeñas. Siempre tenía algo que decir, alguna broma que hacer o alguna reacción imposible de ignorar.

Pero desde el accidente...

Parecía diferente.

Gemma bajó la mirada hacia el último objeto que tenía entre las manos.

Era el viejo relicario que Lance le había regalado años atrás.

Las iniciales G.R. seguían grabadas en la parte posterior.

Lo sostuvo contra su pecho.

—Te prometí que lo cuidaría...

Su voz se quebró ligeramente.

Desde el pasillo, Oliver se había detenido.

Gemma no lo vio.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, escuchando aquellas palabras.

Después continuó caminando.

Su rostro seguía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Trash trash

Gemma despertó de golpe.

El primer sonido que escuchó fue el constante zumbido de un motor.

Abrió los ojos.

No reconoció el techo.

Intentó incorporarse, pero unas cadenas sujetaban sus muñecas contra los costados del asiento trasero. El movimiento provocó un tintineo metálico que hizo que su respiración se acelerara.

—¿Qué...?

Miró desesperadamente a su alrededor.

Estaba dentro de un vehículo.

Las ventanas mostraban únicamente un paisaje que pasaba a toda velocidad: árboles, caminos y manchas de luz que desaparecían detrás de ellos, intentó recordar cómo había llegado allí.

Nada.

No había bosque.

No había casa.

No había Dream.

Ni siquiera podía recordar su propio nombre.

Su mente estaba completamente en blanco.

—¡¿Dónde estoy?!

La voz le salió temblorosa.

Volvió a tirar de las cadenas.

—¡Suélteme!

Desde el asiento delantero, el hombre que conducía la miró brevemente a través del espejo retrovisor.

Cabello pelirrojo.

Una mecha azul cuidadosamente acomodada sobre la frente.

Su rostro permanecía tranquilo.

Gemma lo observó.

No sintió reconocimiento alguno.

Para ella era un desconocido.

El hombre volvió la mirada hacia la carretera.

—Ya despertaste.

Gemma retrocedió todo lo que las cadenas le permitían.

—¿Quién eres?

El hombre guardó silencio unos segundos.

Después sonrió.

—¿De verdad no me reconoces?

Gemma negó rápidamente.

—No sé quién eres.

La respuesta pareció sorprenderlo, aunque su expresión volvió a relajarse casi inmediatamente.

—Debes estar confundida.

—¿Dónde estoy?

—De camino a casa.

Gemma frunció el ceño.

—¿Casa?

—Sí.

El hombre habló con una tranquilidad desconcertante, como si estuviera explicando algo completamente cotidiano.

—Nos dirigimos a Neon Reach.

Gemma sintió un vacío en el estómago.

Neon Reach.

El nombre provocó una sensación extraña, pero no apareció ningún recuerdo.

—¿Por qué estoy encadenada?

El hombre volvió a mirarla mediante el espejo.

—Porque intentaste escapar.

Gemma abrió mucho los ojos.

—¿Escapar de qué?

Él soltó una pequeña risa.

—De mí.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Por qué haría eso?

—Porque estabas asustada.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—Pero ya pasó.

Gemma volvió a mirar las cadenas.

—No recuerdo nada.

Esta vez el silencio dentro del vehículo fue más largo.

El hombre observó su rostro a través del espejo.

Era Oliver.

Pero para Gemma no significaba absolutamente nada.

Él sabía que aquello podía ocurrir.

Sabía que su mente estaba completamente vacía.

Y, en lugar de corregirla, decidió construirle una historia.

—Está bien —dijo con suavidad—. No tienes que recordar todavía.

Gemma lo observó con desconfianza.




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