Deudas de sangre

El testigo de cenizas

‎Me quedé de pie en el centro de la biblioteca, con el libro antiguo todavía entre mis manos y las palabras de Alexander resonando en el aire como una advertencia: “Esta noche vendrá alguien. Alguien que conoce toda la verdad. Alguien que estuvo allí cuando todo se incendió”. Mi corazón latía con fuerza, golpeando mis costillas con una mezcla de miedo y emoción. ¿Quién podría ser esa persona? ¿Un antiguo socio? ¿Un amigo de la familia? ¿Alguien que sobrevivió al mismo fuego que marcó la piel y el alma de Alexander?

‎La tarde transcurrió con una lentitud tortuosa. Cada minuto que pasaba, la atmósfera en la mansión se volvía más densa, más cargada de electricidad, como si una tormenta invisible estuviera a punto de desatarse. Me encerré en mi habitación, incapaz de concentrarme en nada, caminando de un lado a otro, repasando en mi mente todo lo que había leído, todo lo que él me había dicho y, sobre todo, todo lo que me había ocultado. “Los pecados de tu padre”, había dicho. Esas palabras me quemaban más que cualquier otra cosa. ¿Acaso mi padre, el hombre bueno y honesto que yo conocía, tenía secretos oscuros que yo ni siquiera imaginaba? ¿Era posible que él también tuviera parte de culpa en esta tragedia que nos había unido de forma tan cruel?

‎Cuando el reloj del vestíbulo dio las ocho campanadas, un escalofrío me recorrió la espalda. Habían pasado horas, pero el tiempo ahora parecía medirse en peligros. Una llamada suave a mi puerta me hizo dar un salto. Era una de las empleadas, con el rostro serio y ojos bajos, evitando mirarme directamente.

‎—Señora Moretti, el señor le pide que baje al salón principal. El visitante ha llegado.

‎Caminé hacia la puerta, con las piernas pesadas como si estuvieran hechas de plomo. Antes de salir, me miré en el espejo. No me había arreglado especialmente; vestía un vestido sencillo de color gris, que combinaba perfectamente con la niebla de mis pensamientos. Mi cabello caía suelto sobre mis hombros, y mis ojos oscuros brillaban con una mezcla de miedo y determinación. Bajé la escalera despacio, escuchando voces graves que llegaban desde la planta baja. Dos voces. Una era, sin duda, la de Alexander. La otra... era una voz más rasposa, más vieja, cargada de años y de historias vividas.

‎Al llegar al último escalón, los vi.

‎El salón principal estaba tenuemente iluminado por la luz de las lámparas y el fuego de la chimenea que ardía con fuerza. Alexander estaba de pie, cerca del hogar, con las manos entrelazadas a la espalda, su silueta recortada contra las llamas, imponente y tensa. Frente a él, sentado en uno de los grandes sillones de terciopelo, había un hombre anciano. Tenía el cabello blanco como la nieve, una barba larga y canosa, y su rostro estaba lleno de arrugas profundas, surcos que parecían dibujar el mapa de una vida difícil. Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos: claros, penetrantes, y llenos de una sabiduría y una tristeza que me atravesaron nada más poner un pie en la sala.

‎—Ahí está ella —dijo el anciano, con esa voz rasposa que había escuchado antes. Se giró lentamente hacia mí y sus ojos no me soltaron ni un segundo—. Tal como dijiste, Alexander. Es idéntica. Inquietantemente idéntica.

‎Alexander se giró hacia mí. Su rostro era una máscara de piedra, pero vi la forma en que sus mandíbulas se apretaron, la forma en que sus dedos se cerraron en un puño a sus espaldas.

‎—Elena, ven. Te presento a Marco Di Carlo. Fue el mano derecha de mi abuelo, luego de mi padre. Es la única persona que queda viva que ha visto todo lo que ha pasado en esta familia. Él estuvo en la casa la noche del incendio. Él sabe por qué llevo esta marca en mi piel... y por qué tú estás aquí ahora.

‎Di Carlo me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda, como si pudiera ver a través de mi ropa, de mi piel, directo a mi alma. Me acerqué despacio, sintiendo la presencia de Alexander a mi lado, una sombra protectora y peligrosa a la vez.

‎—Señorita Elena... —dijo Marco, extendiendo una mano arrugada y temblorosa que yo dudé en tomar—. O debería decir, señora Moretti. Qué ironía del destino, ¿verdad? Ver a los apellidos Vargas y Moretti unidos bajo el mismo techo, después de todo lo que pasó.

‎—¿Qué pasó? —pregunté directamente, olvidando los modales, necesitando respuestas—. Alexander dice que usted lo sabe todo. Dice que mi padre no fue solo una víctima. Dice que hay pecados y traiciones que yo desconozco. Por favor, dígamelo usted. ¿Por qué estoy aquí realmente? ¿Es solo por deudas de dinero... o es por algo más sucio?

‎Marco soltó una risa baja, seca, que sonó como hojas crujiendo bajo los pies. Miró a Alexander, y entre ellos pasó algo silencioso, una conversación entera hecha de miradas y recuerdos dolorosos.

‎—Siéntese, niña —me indicó, señalando el sillón frente a él—. Y tú, Alexander, deja de mirarme como si fueras a matarme si digo algo que no te guste. Ella tiene derecho a saber. Al final de todo, ella es la que está pagando el precio más alto.

‎Me senté, con las manos juntas sobre mi regazo, temblando ligeramente. Alexander se quedó de pie, apoyado en la repisa de la chimenea, lejos del calor del fuego, como si prefiriera el frío.

‎—Hace más de veinte años —comenzó Marco, mirando las llamas como si viera el pasado reflejado en ellas—, esta familia era diferente. Giovanni, tu abuelo, Alexander, era un hombre duro, sí, pero justo. Y tu padre, Giovanni... bueno, él tenía un corazón demasiado grande para este mundo de negocios. Se fiaba demasiado de la gente. Y uno de los hombres en los que más confiaba era tu abuelo, Elena. Su nombre era Lorenzo Vargas.

‎Sentí que el aire se me escapaba. Mi abuelo. Yo apenas lo recordaba, murió cuando yo era muy pequeña. Sabía que había sido socio de los Moretti, pero papá siempre me dijo que se habían separado en buenos términos, por diferencias de visión empresarial.



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En el texto hay: matrimonio bajo contrato

Editado: 26.05.2026

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