Deudas de sangre

Grietas de la armadura

‎El espejo del vestidor devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. Llevaba un vestido de seda color medianoche que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, pero yo me sentía envuelta en una armadura de cristal, lista para romperse ante el menor contacto. Esa noche no era una cena cualquiera; era la gala benéfica de la Fundación Valente. Lo que significaba que, por primera vez desde que se firmó aquel contrato maldito, Alexander y yo debíamos presentarnos ante la élite de la ciudad no solo como esposos, sino como amantes apasionados.

‎—Te ves... aceptable —la voz de Alexander, fría y profunda, vibró a mis espaldas.

‎Me sobresalté, apretando el collar de diamantes contra mi pecho. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, terminando de ajustarse los gemelos de oro. Lucía impecable, peligrosamente atractivo con un esmoquin que resaltaba sus hombros anchos y esa mandíbula perpetuamente tensa.

‎—"Aceptable" es más de lo que esperaba de tu parte —repliqué, tratando de que mi voz no temblara.

‎Caminó hacia mí. Cada paso suyo parecía acortar el aire en la habitación. Se detuvo justo detrás de mí, y sus ojos se encontraron con los míos a través del espejo. Contuve el aliento cuando sentí sus manos descender hasta mis hombros. Sus dedos estaban calientes, un contraste violento con el frío que yo sentía en los huesos.

‎—Recuerda el trato —susurró él, inclinándose hacia mi oído. El aroma a sándalo y tabaco dulce me envolvió—. A partir de que crucemos esa puerta, eres la mujer más feliz del mundo. Me amas. Me deseas. Y yo... yo no puedo quitarte las manos de encima. Si alguien sospecha que este matrimonio es una transacción, ambos caeremos. Pero tú caerás más fuerte.

‎Tragué saliva, sintiendo el roce de sus labios contra el lóbulo de mi oreja. Fue un contacto casto, casi inexistente, pero una descarga eléctrica recorrió mi columna. No era amor, me dije a mí misma. Era miedo. Tenía que ser miedo.

‎El salón de la gala era un mar de luces, champán y falsas sonrisas. En cuanto bajamos del auto, el cambio en Alexander fue aterradoramente perfecto. Su brazo rodeó mi cintura con una posesividad que parecía genuina. Me pegó a su costado, obligándome a caminar en sincronía con él.

‎—Sonríe, querida —murmuró entre dientes, mientras saludaba con la mano a un senador.

‎Forcé una sonrisa, apoyando la cabeza en su hombro por un segundo. El drama comenzó cuando nos acercamos al círculo de los inversores principales. Allí estaba Ricardo, el eterno rival de Alexander, un hombre que olía la debilidad a kilómetros.

‎—¡Alexander! Pensé que no vendrías. Y veo que traes a la joya de la corona —dijo Ricardo, mirándome con una lascivia mal disimulada—. Se rumorea que este matrimonio fue algo... apresurado. Casi un negocio.

‎Sentí que la mano de Alexander en mi cintura se apretaba. Por un momento, temí que perdiera los estribos, pero él soltó una risa suave, una que yo nunca le había escuchado en la soledad de nuestra casa.

‎—Cuando encuentras algo tan valioso, Ricardo, no esperas a que otros intenten robarlo —dijo. Luego, me miró a mí con una intensidad que me dejó sin palabras—. ¿Verdad, mi vida?

‎Antes de que pudiera responder, me tomó por la barbilla y me besó. No fue un beso de contrato. No fue un roce rápido. Fue un beso profundo, demandante, que reclamaba territorio frente a todos los presentes. Cerré los ojos, abrumada. Podía sentir su lengua pidiendo entrada, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la seda del vestido. Por un instante eterno, el salón desapareció. No había cámaras, no había contratos, no había deudas. Solo estaba el sabor amargo y dulce de un hombre que juraba odiarme, pero que me sostenía como si fuera su única ancla.

‎Cuando nos separamos, estaba jadeando. Mis labios estaban hinchados y mi corazón martilleaba contra mis costillas como un animal enjaulado. Ricardo se vio obligado a apartar la mirada, incómodo ante tal exhibición de "pasión".

‎—Vámonos de aquí —dijo Alexander, su voz ahora cargada de una ronquera extraña.

‎Nos despedimos rápidamente y regresamos al auto en un silencio sepulcral. El drama de la gala había terminado, pero el verdadero conflicto estaba empezando dentro de mí.

‎Al llegar a la mansión, el silencio se volvió asfixiante. Caminé hacia la gran escalera, pero me detuve en el primer escalón cuando Alexander me llamó.

‎—Elena.

‎Me giré. Él estaba al pie de la escalera, desabrochándose la corbata con un gesto brusco. La luz de la luna que entraba por el ventanal del recibidor le daba un aspecto espectral y salvaje.

‎—Lo hiciste bien —dijo, pero su mirada no coincidía con sus palabras. Parecía enojado, casi herido—. Pero no te confundas. Ese beso... solo fue parte del espectáculo.

‎—Lo sé —mentí, sintiendo un nudo en la garganta—. Lo sé perfectamente. Fue solo una actuación.

‎—Entonces, ¿por qué me respondiste así? —Alexander dio un paso hacia mí, acortando la distancia—. ¿Por qué temblabas en mis brazos? ¿Es que el papel de esposa te está gustando demasiado?

‎Sentí que la sangre me subía a las mejillas. La confusión me devoraba por dentro. Recordaba el calor de su mano, la protección momentánea que sentí frente a Ricardo, y ese beso que había despertado algo dormido en mi vientre.

‎—Solo quería que fuera creíble —respondí, tratando de recuperar mi dignidad—. Dijiste que si caíamos, yo caería más fuerte. Solo protegía mi pellejo.

‎Alexander soltó una carcajada seca y amarga. Se acercó tanto que tuve que echar la cabeza hacia atrás. Levantó una mano y, con una suavidad que me asustó más que su furia, acarició el lugar donde mi cuello se unía con mi hombro. Sus dedos rozaron mi piel desnuda, dejando un rastro de fuego.



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En el texto hay: matrimonio bajo contrato

Editado: 27.05.2026

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