Me quedé inmóvil en medio de la cocina, mucho tiempo después de que los pasos de Alexander se hubieran perdido en la inmensidad de la mansión. Mis dedos rozaron suavemente el vendaje blanco que cubría mi herida, un recordatorio tangible de los últimos minutos, de esa extraña mezcla de dureza y ternura que me había dejado más confundida que nunca. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza, grabadas a fuego: «A veces odio que seas tan parecida a lo que perdí». ¿Quién era ella? ¿Y por qué esa pérdida había convertido a Alexander Moretti en el hombre que era hoy?
Mis ojos se dirigieron instintivamente hacia la puerta por donde había salido, y mi mente, incapaz de detenerse, viajó directamente a esa marca oscura en su muñeca izquierda. Esa cicatriz que había visto brillar bajo la luz de las velas durante nuestra primera cena juntos. Una quemadura profunda, irregular, que rompía la perfección de su piel, una imperfección que no encajaba con su imagen de dueño del mundo. Ahora, después de lo que acababa de pasar, sentía que esa marca no era solo una herida física, sino el mapa de una historia dolorosa, el símbolo de todo lo que él intentaba enterrar bajo capas de dinero, poder y frialdad.
Respiré hondo, recogí los últimos fragmentos de cristal con mucho cuidado y limpié el suelo con meticulosidad, tal como él me había ordenado. Pero mientras mis manos actuaban mecánicamente, mi mente estaba lejos, armando el rompecabezas que él se empeñaba en mantener oculto. Sabía que para sobrevivir en este mundo de lujos y cadenas, necesitaba entender dónde estaba parada, quién era realmente mi dueño y cómo habíamos llegado ambos a esta situación desesperada. Y sabía también que la respuesta a todo, absolutamente todo, comenzaba y terminaba con mi propio padre.
Horas más tarde, cuando el sol ya estaba alto y la lluvia había cesado, dejé la cocina y comencé a caminar por los pasillos amplios y silenciosos, dirigiéndome hacia la biblioteca, ese lugar que Alexander me había dicho que era de uso común, pero que tenía un aire sagrado y prohibido. Necesitaba respuestas, y si Alexander no me las daba, tendría que buscarlas yo misma entre libros, periódicos antiguos o lo que pudiera encontrar.
Al entrar, el olor a papel antiguo, madera de cedro y polvo de historia me recibió. Era una sala inmensa, con estanterías que llegaban hasta el techo, llenas de tomos, carpetas y enciclopedias. Pero no tardé mucho en encontrar lo que buscaba: una sección dedicada a recortes de prensa, revistas de negocios y crónicas sociales, ordenadas cronológicamente, como si él mismo llevara un registro de su propia leyenda.
Me senté en un gran sillón de cuero frente a una mesa de lectura y comencé a hojear con cuidado, retrocediendo años, décadas, hasta llegar al inicio de todo. Y allí, entre fotos en blanco y negro y titulares impresos en tinta amarillenta, la verdad comenzó a desvelarse ante mis ojos, pieza por pieza, revelando la magnitud del monstruo con el que convivía.
El imperio Moretti no era algo que se había construido de la noche a la mañana, ni mucho menos. Era una dinastía que venía de generaciones atrás, pero que había cambiado drásticamente cuando Alexander tomó el control. Su abuelo había comenzado con industrias de acero y construcción, negocios duros, de hombres rudos, donde la ley del más fuerte era la única que importaba. Pero fue el padre de Alexander, un hombre llamado Giovanni Moretti, quien expandió el imperio hacia el sector financiero, la banca y las inversiones internacionales. Sin embargo, según leía entre líneas, Giovanni había sido un hombre de honor, o al menos, de códigos. Hasta que ocurrió la tragedia que lo cambió todo.
Ahí estaba, en una nota de hace más de veinte años, la primera pista sobre la cicatriz. Un incendio en la antigua residencia familiar. Un accidente, decían los periódicos, aunque muchos rumoreaban que había sido provocado por socios traicionados o rivales comerciales. En ese incendio, Giovanni perdió la vida, y Alexander, que entonces era solo un joven, casi muere con él. Se hablaba de quemaduras graves, de meses de recuperación, de un dolor que había forjado un carácter de hierro. Esa era la marca en su muñeca. No era solo el recuerdo del fuego que casi lo mata, era el recuerdo del día en que su vida se rompió en dos, el día en que perdió a su padre y tuvo que convertirse en el jefe de la familia antes de estar preparado.
Pero lo más impactante no fue solo la tragedia, sino lo que vino después. Cuando Alexander tomó el mando a una edad muy joven, transformó la empresa familiar en Grupo Moretti, un gigante que ya no se limitaba a una sola cosa. Su imperio abarcaba ahora construcción, hoteles de lujo, cadenas de suministros, finanzas, importaciones, bienes raíces y, según se insinuaba en artículos más recientes, negocios "sensibles", operaciones en la sombra, préstamos de alto riesgo y movimientos de capital que rozaban los límites de la legalidad, o que sencillamente jugaban con sus propias reglas.
Era un hombre respetado, temido y admirado en igual medida. Se decía que no tenía piedad con los que fallaban, que compraba empresas en quiebra solo para desmantelarlas si así le convenía, que conseguía lo que quería sin importar el precio o las consecuencias. No tenía hermanos, ni tíos influyentes, ni parientes cercanos que aparecieran en las fotos. Alexander estaba solo en la cima, construyendo su legado sobre las cenizas de su pasado, cerrando su corazón al mundo... hasta que aparecí yo.
Y ahí fue donde mi propia historia se cruzó violentamente con la suya. Pasé las páginas, avanzando hasta encontrar las notas que hablaban de mi padre, Federico Vargas. Ver su nombre impreso en las mismas páginas que el de los Moretti me provocó un nudo en la garganta y una punzada de dolor en el pecho.
Mi padre siempre había sido un hombre de bien, honesto, trabajador, dueño de una pequeña pero prestigiosa empresa de materiales de construcción. Durante años, había sido un proveedor confiable para grandes compañías, incluso para el propio Grupo Moretti en sus inicios. Pero todo cambió hace unos cinco años. Leí con atención cómo una serie de malas decisiones, sumadas a una crisis económica que golpeó duramente al país, casi hunden su negocio. Los pedidos bajaron, los pagos se retrasaron, los costos subieron. Y fue ahí, en ese momento de desesperación, cuando Alexander Moretti apareció como el salvador, o más bien, como el depredador que olfatea la debilidad.