Deudas de sangre

El incendio de las memorias

‎La puerta de entrada se cerró tras la partida de Marco con un sonido sordo, definitivo, que resonó en todo el salón como el eco de una sentencia. De repente, el inmenso espacio de la mansión se sintió demasiado pequeño, demasiado cargado. Ya no estábamos solos dos personas; estábamos solos con veinte años de historia, con muertos que hablaban, con culpas heredadas y con una verdad que pesaba más que todas las riquezas de este imperio.

‎Alexander seguía de pie frente a mí. Sus manos todavía sostenían mi rostro, y podía sentir el calor de su piel atravesando mi propia carne, aunque sus dedos temblaban levemente, traicionando la calma que intentaba proyectar. Sus ojos grises, esas tormentas perpetuas que eran su mirada, me recorrían con una mezcla devastadora de odio, deseo y un dolor tan antiguo que parecía haber nacido con él. El fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre sus facciones duras, alargando sus rasgos, haciéndolo parecer una criatura hecha de oscuridad y luz, un ángel caído que arrastraba cadenas invisibles.

‎—¿Qué acabo de escuchar? —susurré, con la voz rota, sintiendo cómo las lágrimas se secaban en mis mejillas, dejando un rastro salado y amargo—. ¿Que mi abuelo te destruyó? ¿Que mi familia es la ladrona, la traidora? ¿Y que yo... yo soy la extraña mezcla de todo lo que perdiste y todo lo que juraste odiar?

‎Alexander no apartó las manos. Al contrario, sus pulgares se deslizaron lentamente por mis pómulos, bajando hacia la línea de mi mandíbula, rozando la piel con una suavidad que me provocó un escalofrío que me recorrió desde la raíz del cabello hasta la punta de los pies. Ese contacto... era algo que mi mente condenaba, pero que mi cuerpo reconocía como un refugio peligroso.

‎—La verdad es un veneno, Elena —respondió él, y su voz era un ronroneo grave, vibrante, que sentí en el pecho tanto como lo escuché en mis oídos—. Y tú acabas de beberla hasta la última gota. Lorenzo Vargas no solo me robó el dinero o la empresa... me robó la vida que debí tener, la paz que nunca conoceré. Y tú... tú eres la ironía más cruel de todas. Tienes su sangre, llevas su apellido... pero cuando te miro, maldita sea, cuando te miro... veo todo lo que alguna vez fue hermoso en este mundo que se quemó.

‎Dio un paso más, eliminando el último centímetro que nos separaba. Su cuerpo quedó pegado al mío, y sentí la solidez de su pecho contra mis costillas, el calor de su abdomen chocando con el mío, la fuerza de sus piernas largas rozando las mías a través de la tela de nuestras ropas. El aire entre nosotros se volvió denso, irrespirable, cargado de ese aroma inconfundible: madera, tabaco, lluvia y algo más, algo salvaje y profundo que era solo él.

‎—Dijiste que me trajiste aquí para vengarte —susurré, alzando la barbilla, desafiándolo, aunque mi corazón golpeaba tan fuerte que temí que lo escuchara—. Dijiste que era una transacción, un pago. Pero ahora Marco habla de parecidos, de secretos de sangre... y tú me tocas como si no supieras si quieres matarme o besarme.

‎Alexander inclinó la cabeza hacia un lado. Sus labios quedaron a milímetros de los míos. Podía sentir su respiración cálida y entrecortada golpeando mi boca, mezclándose con la mía. Sus ojos bajaron hasta mis labios y se quedaron allí, fijos, hambrientos, oscureciéndose hasta parecer dos pozos sin fondo donde podía perderme para siempre.

‎—No fue un encuentro casual, Elena —dijo en un susurro ronco, y sus palabras parecieron sacadas de los versos que yo misma escribía, de esa verdad que guardaba en mi cuaderno—. Esto fue mucho más. Fue una... iatrogenia del destino. ¿Sabes qué significa? Es cuando la cura termina siendo la enfermedad. Cuando lo que buscas para sanar termina destruyéndote. Yo te busqué para destruirte, para cerrar la herida que tu familia abrió en la mía... y ahora descubro que mi alma, mi pobre alma que creía muerta y enterrada, ha sido profanada por tus manos, manos que deberían ser mis enemigas, pero que se han convertido en lo único que deseo tocar.

‎Cerré los ojos un instante, abrumada. Esas palabras... resonaban con mi propia poesía, con lo que yo sentía y escribía en silencio. "Mi alma, profanada por manos extrañas, quedó suspendida en el vacío". Él lo había dicho, lo había sentido, lo estaba viviendo conmigo.

‎—Si eso es cierto... —respondí, casi sin voz, atreviéndome a dejar que mis manos reposaran sobre su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la camisa—, entonces somos dos condenados. Porque mi cuerpo, Alexander... mi cuerpo es hoy un mapa de sensaciones extrañas. Desde que llegué aquí, desde que te conocí, todo lo que antes era inocuo, todo lo que era normal, ahora se ha vuelto disestesia. El tacto se volvió distorsión. Y cuando tú me tocas... es como una descarga eléctrica que me calcina, que me despoja de toda razón, que me quema viva.

‎Al decir esto, abrí los ojos y lo miré. Vi cómo sus pupilas se dilataban al escuchar mis palabras, cómo sus manos se apretaban con más fuerza en mi cintura, atrayéndome más contra él, fundiendo nuestros cuerpos en una sola silueta contra la luz del fuego. Él entendía cada palabra, porque él vivía en el mismo infierno que yo.

‎—Dices que soy tu condena... —continué, atreviéndome a rozar con mis dedos el borde de su manga, justo donde empezaba esa cicatriz oscura, esa marca de fuego que lo definía—. Pero mi memoria ha tejido una red de recuerdos y dolor. Una algodinia... eso es lo que siento. Un dolor que anida en el centro de mi ser. Estímulos que ayer no significaban nada... hoy son la autopista de una herida que no cierra. El roce de las sábanas por la noche es un incendio solo porque sé que tú estás en la habitación de al lado. El viento en mi cara se siente como un grito desgarrado porque no te tengo cerca, o porque te tengo demasiado cerca y me asusta.

‎Alexander emitió un sonido grave, casi un gemido ahogado, y enterró la cara en mi cuello. Sentí el roce de su nariz recoriendo mi piel, desde la mandíbula hasta el hueco del hombro, inhalando mi olor, dejando que sus labios rozaran la piel sensible de mi cuello, enviando ondas de calor por todo mi ser.



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En el texto hay: matrimonio bajo contrato

Editado: 27.05.2026

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