La mañana siguiente llegó envuelta en una luz grisácea, como si el cielo mismo quisiera reflejar el peso de las verdades que habíamos derramado la noche anterior. Me desperté no por mi propia voluntad, sino por el murmullo lejano de voces, pasos rápidos y el sonido de puertas abriéndose y cerrándose en otras partes de la casa. Al principio, me pareció extraño; desde mi llegada, la mansión Moretti había sido un lugar de silencio absoluto, casi sepulcral. Pero hoy, todo era distinto. Había vida, movimiento, actividad.
Me levanté de la cama y me acerqué al ventanal. Lo que vi me hizo entender por qué Alexander vivía rodeado de muros altos y seguridad impenetrable. Abajo, en la explanada principal, había al menos cuatro vehículos de lujo estacionados en fila, todos con el distintivo discreto pero reconocible del Grupo Moretti. Hombres de traje, con auriculares en el oído y miradas atentas y duras, se movían de un lado a otro. Eran sus guardaespaldas, su cuerpo de seguridad, los perros guardianes que aseguraban que ni una sola hoja se moviera sin que él lo supiera.
Me vestí con más cuidado que de costumbre, eligiendo un vestido de tela fina de color azul oscuro, sobrio pero elegante. Sabía que hoy no sería un día para esconderme. Al bajar la escalera, me di cuenta de que la casa había cambiado de piel. En el vestíbulo, dos sirvientes limpiaban con una minuciosidad obsesiva, mientras que en la puerta principal, Thomas daba instrucciones precisas a dos hombres jóvenes que cargaban carpetas y maletines de cuero. Todos me miraron al pasar, inclinando la cabeza en una reverencia respetuosa, pero en sus ojos había curiosidad, y quizás un poco de lástima o juicio. Ya no era solo Elena Vargas; ahora era la señora Moretti, la mujer que había llegado de la nada, cargada de deudas y secretos, para casarse con el hombre más temido y misterioso de la ciudad.
—Buenos días, señora —me saludó Thomas, acercándose a mí con su calma habitual, aunque noté que tenía un aire de preocupación—. El señor Alexander está en el despacho, pero no está solo. Han llegado parientes y socios muy importantes de la familia desde temprano. Asuntos de negocios... y también asuntos que, creo, tienen mucho que ver con usted y con la historia que compartieron anoche.
Sentí un vuelco en el corazón. ¿Parientes? ¿Significaba eso que iba a conocer a gente que había conocido a mi abuelo, a gente que había vivido los días del incendio?
Antes de que pudiera responder, la puerta del despacho de Alexander se abrió de golpe. Salieron dos hombres. Uno era alto, de cabello oscuro y rasgos afilados, vestido con una elegancia que rozaba la arrogancia; era Damián Moretti, su primo mayor, alguien de quien había oído mencionar en las revistas, un hombre que siempre había querido tener más poder en la empresa. A su lado caminaba una mujer mayor, de porte majestuoso, cabello blanco recogido en un moño estricto y ojos grises idénticos a los de Alexander, pero más fríos, más calculadores: la tía Beatriz, hermana de su difunto padre, la matriarca que aún movía hilos en las sombras.
Detrás de ellos salió Alexander. Lucía imponente, con el traje negro impecable, el cabello peinado a la perfección y esa máscara de hielo que usaba para el mundo. Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, vi algo distinto. Una chispa, un recuerdo de lo que habíamos vivido la noche anterior, de las palabras que le había dicho, de los versos que le había regalado sin querer. Su mirada me recorrió lentamente, desde el cabello hasta los zapatos, una mirada que poseía, que recordaba, que decía eres mía sin necesidad de hablar.
—Ah, aquí está ella —dijo la tía Beatriz, deteniéndose en seco y clavando sus ojos en mí como si fuera una pieza de museo o un objeto de estudio—. La famosa esposa. Elena Vargas... o debería decir, Moretti. Qué curioso apellido llevas ahora, niña. Dicen que la historia es cíclica, y al verte aquí, confirmo que es verdad.
Me acerqué con la cabeza alta, tragando el miedo. Sentía la presencia de Alexander a pocos metros, y aunque parecía distante, supe que si algo me pasaba, si alguien me atacaba con palabras, él estaría allí. O tal vez no... tal vez disfrutaría de verme defenderme sola.
—Es un placer, señora Beatriz —dije con voz firme, extendiendo la mano. Ella apenas la rozó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—¿Placer? —intervino Damián, riéndose con sorna, mientras se ajustaba los gemelos—. No sé si usaré esa palabra, prima. Ver a una Vargas viviendo en esta casa, sentada en nuestras sillas, llevando nuestro apellido... para muchos es una ofensa. Para otros, una locura de Alexander. Ya sabes cómo habla la gente, querida. Dicen que tu marido ha perdido la cabeza, que se ha enamorado de la hija de sus enemigos, o que te ha comprado como un trofeo para exhibir su poder.
El comentario fue como una bofetada. Sentí cómo se me calentaban las mejillas, y noté que los sirvientes que estaban cerca bajaban la mirada, fingiendo no escuchar, aunque seguro que cada palabra volaría por toda la casa en cuestión de minutos. Esto era la realidad. Esto era lo que Alexander quería que viera: que no estábamos solos, que el mundo estaba lleno de voces, de juicios, de gente que conocía la historia y que nos odiaba o nos juzgaba por ella.
Alexander dio un paso al frente, interponiéndose entre Damián y yo. Su presencia fue inmediata, una muralla de fuerza y autoridad. Su voz bajó un tono, grave, peligrosa, y el aire a su alrededor se volvió denso.
—Cuidado con tus palabras, primo —dijo lentamente, marcando cada sílaba—. Elena lleva mi nombre porque yo lo he decidido. Y lo que es mío, se respeta. Aquí nadie compra nada que no valga la pena, y nadie entra ni sale sin mi permiso. Si tienes comentarios sobre mi matrimonio, guárdatelos para tus reuniones de sociedad. Aquí, en mi casa, ella es la señora Moretti, y se le trata como tal.