La mansión de Alexander no era un hogar; era un monumento a su ego y a su soledad. Se alzaba sobre una colina privada, rodeada de muros de piedra y seguridad privada que hacia que el aire se sintiera denso,casi inrrespirable.Al cruzar el umbral,el vestíbulo me recibió con un frío que no tenía nada que ver con clima exterior.Era una frialdad arquitectónica : mármol blanco impoluto,techos tan altos que hacia que mis suspiros se perdieran en el vacío antes de llegar al cielo, y un silencio que pesaba más que la propia culpa.
Mis maletas, viejas y con las esquinas peladas,se veían como una ofensa en aquel suelo reluciente. Eran el último rastro de la Elena que era libre, la Elena que caminaba por las calles polvorientas sin el peso de un contrato matrimonial a la espalda.
—Tu habitación es la del fondo, a la derecha —dijo Alexander sin detenerse, subiendo las escaleras con esa elegancia depredadora que parecía ser parte de su ADN —. Mis reglas son simples y no tolero infracciones: no entres a mi despacho bajo ninguna circunstancia, no salgas de la casa después de las diez de la noche y, sobre todo, no me hagas preguntas. No me gusta que intenten desenterrar lo que yo he decidido sepultar
—¿Soy una esposa o una prisionera? —solté de repente. Mi voz resonó en las paredes de mármol, sonando más valiente de lo que mi corazón que martilleaba con fuerza, sentía en realidad.
Alexander se detuvo en seco. Giró lentamente, como un animal que ha detectado un movimiento inusual en su territorio. Bajó un escalón, quedando justo por encima de mí, y su sombra se proyectó sobre mi cuerpo, envolviéndome por completo. En sus ojos grises vi un destello de algo que no supe descifrar: ¿fastidio o una curiosidad retorcida?
—Eres una inversión, Elena —respondió con una calma que me dio escalofríos—. Y yo siempre cuido mis inversiones con un celo extremo. No confundas mi protección con cautiverio, a menos que me des una razón para hacerlo.
Se dio la vuelta y desapareció en la penumbra del pasillo superior. Me quedé allí, de pie en el centro del vestíbulo, sintiendo cómo el frío de la casa se filtraba por la suela de mis zapatos. Cuando finalmente subí a mi habitación, descubrí que era hermosa de una manera dolorosa. Estaba decorada en tonos grises y crema, con una cama tan grande que me hizo sentir minúscula, como una muñeca olvidada en una casa de exhibición.
Caminé hacia el ventanal que cubría toda una pared. Afuera, la lluvia de la tarde se había transformado en una tormenta eléctrica. Los relámpagos iluminaban el jardín perfectamente podado, revelando estatuas de ángeles que parecían llorar bajo el agua. Saqué mi libreta de poemas de mi bolso, el único tesoro que Alexander no había podido confiscar en su afán de control, y con las manos temblorosas escribí una línea que quemaba en mi mente: “La libertad es un idioma que mi boca está olvidando en este palacio de silencios”.
Me pasé las siguientes horas deshaciendo mis maletas, colocando mi ropa sencilla en un armario de madera fina que olía a cedro. Me sentía como una impostora. A las ocho de la noche, una empleada de rostro severo y uniforme impecable llamó a mi puerta para avisarme que la cena estaba servida. Bajé con el estómago hecho un nudo, sintiendo que cada escalón me alejaba más de mi pasado.
Alexander ya estaba sentado a la cabecera de una mesa de comedor ridículamente larga, hecha de una madera tan oscura que parecía absorber la luz de las lámparas de cristal. No llevaba la chaqueta del traje; las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y tensos. Al dejar una copa de vino sobre la mesa, noté una marca oscura en su muñeca izquierda. Parecía una quemadura vieja, una cicatriz que no encajaba con su imagen de perfección.
Cenamos en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido metálico de los cubiertos chocando contra la porcelana china. Era una tortura lenta. Yo no podía apartar la vista de esa cicatriz, preguntándome qué tipo de fuego había sido capaz de marcar a un hombre hecho de hielo.
—Mañana por la noche habrá una gala en la Fundación —dijo de repente, rompiendo el silencio sin molestarse en mirarme—. Es un evento benéfico de alto perfil. Vendrás conmigo. Necesito que el mundo vea que el "monstruo de los negocios" ha encontrado una mujer lo suficientemente valiente, o lo suficientemente desesperada, como para soportarlo.
—No tengo ropa adecuada para un evento así —respondí, bajando la mirada a mis manos. Mis uñas estaban cortas y sin pintar, un contraste humillante con la opulencia que me rodeaba.
Alexander dejó el tenedor y me observó con una intensidad que me hizo arder la piel, como si estuviera leyéndome el pensamiento.
—Ya me encargué de eso. Hay un vestido sobre tu cama que llegó esta tarde. Pruébatelo ahora mismo. Quiero verificar si el cristal encaja con la Cenicienta que he comprado por contrato.
Subí a la habitación, una mezcla de indignación y una curiosidad traidora creciendo en mi pecho. Sobre la colcha de seda descansaba un vestido de seda color rojo sangre, un tono tan profundo que bajo la luz tenue parecía casi negro. Al ponérmelo, sentí que la tela era como una caricia prohibida, suave y peligrosa. El escote en la espalda era vertiginoso, llegaba hasta mi cintura, dejando mi piel pálida expuesta al aire frío de la habitación.
Al salir al pasillo para bajar de nuevo, me lo encontré a él. Estaba apoyado en la pared frente a mi puerta, como si hubiera estado contando los segundos de mi transformación. Cuando sus ojos grises recorrieron el vestido, se oscurecieron hasta volverse casi negros. Por un segundo fugaz, la máscara de hierro se rompió y vi algo que me detuvo el pulso: no era solo deseo, era un hambre antigua mezclada con un dolor que no debería existir en alguien como él.