El aire en el vestíbulo seguía cargado de electricidad, como si una tormenta invisible hubiera decidido instalarse entre las paredes de la mansión. Alexander acababa de entrar en su despacho, seguido por Julián y sus guardaespaldas, dejándonos allí parados: yo, sintiéndome el centro de todas las miradas, y sus parientes, la tía Beatriz y Damián, que no disimulaban su desaprobación ni su curiosidad malsana. Los sirvientes se movían en silencio, como sombras aladas, recogiendo papeles o acomodando muebles, pero yo sabía que cada palabra dicha aquí correría por toda la casa en cuestión de minutos.
—Tienes mucho aplomo, niña —dijo la tía Beatriz, rompiendo el silencio con su voz cortante y fría, acercándose lentamente a mí mientras golpeaba el suelo con su bastón de madera fina—. No cualquiera se mantiene de pie después de escuchar lo que tú has escuchado. Saber que tu apellido es sinónimo de traición en esta familia... saber que tu propia sangre es la culpable de tanta desgracia... y aun así, caminas con la cabeza alta. ¿Es valentía o simplemente ignorancia?
Damián soltó una risa a sus espaldas, cruzándose de brazos y recostándose contra una columna de mármol, observándome como si fuera un insecto bajo un microscopio.
—Yo creo que es calculadora, tía. Al igual que su abuelo. Lorenzo también tenía esa forma de mirar, de fingir inocencia mientras planeaba cómo robarte hasta el último suspiro. ¿Verdad, querida prima? —dijo con sarcasmo, remarcando la palabra prima como si fuera un insulto—. ¿Te dijo Alexander ya que hay terrenos, edificios enteros que ahora son nuestros, pero que construyó tu abuelo con dinero que le robó a mi difunto tío Giovanni? Todo lo que ves aquí, este lujo... gran parte viene de lo que tu familia nos quitó. Así que, sí, estás en tu derecho de estar aquí: es lo único que nos has devuelto en todos estos años.
Sentí cómo la ira me subía por la garganta, mezclada con la culpa que ellos intentaban inculcarme a la fuerza. Quería responder, defenderme, decirles que yo no sabía nada, que mi padre fue un hombre honesto y que yo solo era una víctima... pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la puerta principal se abrió de golpe, interrumpiendo el interrogatorio.
Un guardaespaldas alto, de rostro impasible, se paró en el umbral, bloqueando la entrada, y miró hacia adentro buscando a alguien.
—Disculpen, señores —dijo con voz grave—. Hay una visita para la señora Elena Moretti. Insiste en verla. Dice que no sabía que... que ahora tiene que pedir permiso para entrar a ver a su mejor amiga.
Me quedé helada. Reconocería esa voz en cualquier parte, incluso entre mil voces. Antes de que nadie pudiera detenerla o decir nada, una figura pequeña, ágil y llena de energía se deslizó entre el guardaespaldas y entró en el vestíbulo, deteniéndose en seco al ver el escenario que había allí: la familia Moretti reunida, seria, hostil, y a mí parada en medio, pálida y conmocionada.
—¡Valeria! —susurré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, no de tristeza, sino de una alegría inmensa, un alivio repentino al ver algo que perteneciera a mi vida anterior, a la Elena que yo era antes de todo esto.
Era ella. Valeria, mi mejor amiga desde la infancia, la única que siempre estuvo a mi lado, incluso cuando las deudas de mi padre empezaron a ahogarnos, la única que no me dio la espalda cuando todo el mundo hablaba de nosotros. Vestía ropa sencilla, nada que ver con la elegancia ostentosa de esta casa, y su cabello oscuro estaba recogido con descuido, tal como siempre lo llevaba. Miró a la tía Beatriz, luego a Damián, recorrió todo el lujo de la estancia con una mezcla de asombro y disgusto, y finalmente corrió hacia mí, abrazándome con fuerza, como si quisiera protegerme de todo lo que nos rodeaba.
—¡Dios mío, Elena! —murmuró contra mi hombro, apretándome fuerte—. He venido en cuanto he podido. Nadie me daba información, nadie me dejaba pasar... ¿Cómo estás? ¿Te han hecho algo? ¿Estás bien?
Me separé un poco de ella, asintiendo con la cabeza, incapaz de hablar. Verla aquí era como ver un rayo de sol en medio de una noche eterna. Pero la voz de la tía Beatriz nos devolvió bruscamente a la realidad.
—Vaya, vaya... —dijo, caminando alrededor de nosotras lentamente, evaluando a Valeria con esa mirada suya que juzgaba todo—. Así que esta es la vida de la que vienes, Elena. Amigas... de tan... humilde procedencia. Interesante. Alexander te trajo a este palacio, te dio un apellido de oro, riquezas, poder... pero tú sigues trayendo el barro de donde saliste.
—El barro es donde crecen las raíces, señora —respondió Valeria de golpe, levantando la barbilla, desafiando a aquella mujer imponente con una valentía que yo siempre le había admirado—. Y las raíces no se olvidan de dónde vienen, aunque las trasplanten a un jardín de lujo. Yo soy Valeria, para su conocimiento. Y soy amiga de Elena desde antes de que estos muros fueran construidos. Y vengo a saber por qué mi amiga desapareció de la noche a la mañana, por qué se casó con el hombre que todos en la ciudad señalan con el dedo, y por qué su padre... —se detuvo un segundo, tragando duro, y bajó la voz— ...por qué su padre está ahora recluido en esa clínica, enfermo y sin querer hablar con nadie.
El nombre de mi padre flotó en el aire como una maldición. Damián sonrió con malicia, acercándose a nosotras.
—¡Ah, sí! El buen Federico Vargas. El hombre bueno, el ingenuo, el que no sabía nada... ¿verdad? Pues deberías ir a verlo, querida Elena. Quizás en su estado de debilidad, ahora sí esté dispuesto a confesar lo que siempre ocultó. Porque ya sabes lo que dicen: el hijo del traidor puede ser inocente, pero el traidor siempre cría a otro que le sigue los pasos.
—¡Mi padre no es ningún traidor! —grité, perdiendo el control por primera vez, sintiendo cómo el dolor y la rabia estallaban dentro de mí—. Fue un hombre bueno que se dejó engañar, igual que se engañó mi abuelo. ¡Y ustedes usan la historia a su antojo para justificar sus negocios sucios y su sed de venganza!