Izzy sentía que su cuerpo, aunque cansado, se despertaba con más claridad cada mañana. La ansiedad que había arrastrado por tanto tiempo comenzaba a disiparse, aunque su mente seguía nublada por las dudas. En el fondo de su ser, sabía que las cicatrices del pasado no desaparecerían de inmediato, pero al menos ya estaba dispuesta a enfrentarlas. Había dejado atrás la relación con Diego, pero aún quedaban vestigios de lo que había sido, pequeños fragmentos que la mantenían atada, como si las sombras de su amor perdido todavía intentaran envolverla.
La relación con Marc había avanzado, pero Izzy sentía que aún no podía abrirse completamente. A veces, cuando Marc la miraba a los ojos, podía sentir que él veía algo más profundo en ella, algo que Izzy no estaba segura de poder enfrentar. Cada vez que él le sonreía con ese cariño sin condiciones, Izzy sentía una mezcla de ternura y temor, como si el amor verdadero fuera algo que, en el fondo, no mereciera.
Esa tarde, mientras caminaba por el parque, Izzy se encontró con un pensamiento que la dejó paralizada: ¿por qué no podía ser feliz con lo que tenía? Durante tanto tiempo, su mente estuvo atrapada en una narrativa de que no era suficiente, de que nunca sería lo que otros esperaban de ella. Esa voz interior que siempre la comparaba con las demás, que la hacía sentir que su cuerpo no era lo suficientemente perfecto o que su vida no era la ideal.
Se detuvo frente a un banco, mirando a los niños que jugaban cerca, y pensó en cómo el pasado había gobernado su vida. Había permitido que la relación con Diego definiera su valor, y durante meses había dejado que su miedo al rechazo la controlara. Pero ahora, mientras veía el sol poniente y sentía el aire frío en su rostro, Izzy supo que tenía el poder de decidir lo que realmente quería para su vida. Ya no podía permitir que el pasado decidiera su futuro.
Marc había sido paciente con ella. A veces, cuando se sentaban juntos, él podía ver la lucha interna en sus ojos, pero no la presionaba. Él estaba allí, en silencio, esperando que Izzy estuviera lista para avanzar. Esa fue una de las cosas que más apreciaba de él: nunca la forzó a abrirse más rápido de lo que podía soportar. Marc la amaba, pero no buscaba que ella cambiara para él. Eso era algo que Izzy nunca había experimentado antes. El amor incondicional, el que no la juzgaba, el que no la moldeaba a su imagen, sino que simplemente la aceptaba.
Esa noche, después de un día de caminatas solitarias y de reflexiones profundas, Izzy decidió dar un paso más. Quería que Marc la conociera realmente, sin barreras ni miedos. Aunque sabía que aún no estaba completamente curada, se dio cuenta de que estaba lista para ser honesta consigo misma.
Cuando Marc la llamó esa tarde, Izzy no dudó. Sabía que este era el momento para abrir su corazón, aunque temiera lo que pudiera encontrar en su interior. No quería seguir construyendo castillos en el aire ni escondiéndose detrás de una fachada. Sabía que su alma necesitaba ser liberada.
Se encontraron en la cafetería que solían visitar juntos, ese pequeño rincón que había sido testigo de sus conversaciones más profundas. Cuando Marc llegó, Izzy lo miró y, por un instante, las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Había tanto que decir, pero tan poco que realmente podía compartir sin sentir que se desmoronaba.
Finalmente, después de unos largos segundos de silencio, Izzy rompió el hielo.
—Marc, quiero ser honesta contigo —dijo, su voz vacilante—. Sé que te he mostrado una parte de mí, pero aún no he sido completamente sincera. He estado luchando con mi miedo a entregarme, y a veces siento que no soy suficiente.
Marc la miró, su expresión sin juicio, solo paciencia. Él había esperado este momento, sabiendo que Izzy necesitaba su tiempo.
—Izzy, no necesitas ser perfecta —respondió suavemente, con una sonrisa tranquila—. Lo único que te pido es que seas tú misma, porque eso es suficiente para mí.
Izzy sintió que algo en su interior se rompía, pero no de manera dolorosa. Fue un momento de liberación. En sus palabras, no había promesas vacías, solo la honestidad de un hombre que la aceptaba tal como era. No la veía como un proyecto que tenía que arreglar, sino como alguien que simplemente necesitaba ser escuchada.
Con esas palabras, Izzy sintió una oleada de calma invadir su corazón. Estaba lista para soltar el miedo, para comenzar a confiar de nuevo, para empezar a vivir el amor que siempre había buscado, sin miedo a ser rechazada, sin miedo a ser imperfecta.