Los días pasaron, y con cada uno, Izzy sentía que su alma se volvía más fuerte. Aunque las sombras del pasado aún merodeaban, ya no tenían poder sobre ella. Comenzó a ver el futuro no como un territorio de temores, sino como un campo de posibilidades. Marc seguía a su lado, siempre paciente, siempre comprensivo, pero ahora ella ya no temía abrir su corazón. La vulnerabilidad, que antes veía como una debilidad, ahora la entendía como una fortaleza.
Un día, mientras caminaban por el centro de la ciudad, Izzy se tomó la mano de Marc, y, en ese simple gesto, encontró la libertad de poder ser quien realmente era. No necesitaba esconder su dolor, sus inseguridades, ni su pasado. Marc la amaba tal como era, y eso la hacía sentir poderosa. Ya no necesitaba la validación de nadie más para sentirse completa.
—Marc —dijo Izzy, mirando al suelo mientras caminaban—. No sé si alguna vez te dije esto, pero gracias. Gracias por no presionarme, por darme el espacio que necesitaba para sanar.
Marc la miró, sonriendo con esa ternura que la hacía sentir a salvo.
—No tienes que agradecerme, Izzy. Yo solo te ofrezco lo que te mereces. Y eso es amor. Nada más.
Izzy se detuvo y, por primera vez en mucho tiempo, levantó la cabeza y lo miró a los ojos. En su mirada, encontró todo lo que necesitaba. No solo amor, sino también compañerismo, respeto y confianza. Y en ese momento, ella sabía que, aunque el futuro aún estaba lleno de desafíos, ya no tenía miedo de vivirlo.