Izzy caminaba por las calles de la ciudad, el aire fresco acariciando su rostro mientras pensaba en todo lo que había cambiado en su vida. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de tonos cálidos, pero su mente estaba llena de sombras del pasado. Aunque había logrado alejarse de Diego, a veces, su voz resonaba en su cabeza, como un eco lejano que no podía callar. Esas palabras llenas de promesas rotas, esos gestos de amor que nunca fueron amor real, seguían rondando su mente.
No era solo la relación lo que le dolía. Lo que más le costaba era la traición. La confianza que había depositado en alguien que finalmente la había manipulado, usándola como una marioneta. Izzy había creído que el amor, con todo su dolor y complejidad, era lo único que realmente necesitaba. Pero el amor no siempre venía en la forma que imaginamos. A veces, se presentaba disfrazado de algo más oscuro, de una ilusión que nos hacía creer que todo estaba bien cuando, en realidad, solo nos estaba destruyendo lentamente.
Caminando sin rumbo fijo, Izzy se detuvo frente a una librería, sus ojos se posaron en una de las estanterías. Libros viejos, empolvados, llenos de historias que parecían atrapadas en el tiempo. Fue en ese instante que una idea la cruzó: ¿y si pudiera olvidar todo?
Izzy nunca había considerado olvidar, no en ese sentido. Sabía que el olvido no era la solución, pero a veces la tentación de dejar atrás todo el dolor la envolvía como un manto cálido. Quería cerrar los ojos y dejar de pensar, dejar de sentir esa constante angustia en su pecho. Pero lo que había aprendido en los últimos meses era que el olvido no sanaba las heridas; solo las dejaba pudrirse bajo la superficie, esperando el momento de explotar. El perdón, por otro lado, era lo que realmente la liberaba. Y no se trataba de perdonar a Diego, sino a ella misma. Perdonarse por haber permitido que eso sucediera. Perdonarse por haberse dejado arrastrar por una mentira, por no haberse protegido como debería.
Fue en ese momento, mientras se perdió en sus pensamientos, cuando Marc la encontró. La preocupación en su rostro era evidente, aunque trató de esconderla.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, notando la expresión pensativa de Izzy.
Izzy lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, no pudo evitar mostrarle la vulnerabilidad que siempre había mantenido oculta. El dolor, la incertidumbre y el miedo seguían vivos dentro de ella, pero había algo más fuerte que todo eso: el deseo de sanar. El deseo de poder, algún día, mirarse al espejo sin el peso del pasado sobre sus hombros.
—No sé si estoy bien, Marc —respondió con una sonrisa triste—. Pero estoy tratando de estarlo.
Marc no dijo nada más, solo la abrazó, como si supiera que las palabras en ese momento no podían ayudar. Solo el tiempo y el amor podían sanar esas heridas invisibles.