El tiempo pasó, y a medida que los días se deslizaban uno tras otro, Izzy sintió que la neblina de su pasado comenzaba a despejarse. Su relación con Marc se consolidó. Había algo genuino entre ellos, algo que no podía ser deshecho por las cicatrices que ambos traían consigo. Pero lo que más le sorprendió a Izzy fue la libertad que sentía al estar con él. No tenía que ser alguien más. No tenía que cargar con el peso de un pasado doloroso. Marc la aceptaba, no como una persona perfecta, sino como alguien que estaba aprendiendo a sanar, alguien que se caía pero siempre se levantaba.
Aunque Izzy sentía que había dado grandes pasos hacia la sanación, la frágil naturaleza del amor seguía siendo algo que debía aprender a manejar. No solo en su relación con Marc, sino en su relación consigo misma. Había aprendido a ser paciente, pero aún se enfrentaba a los fantasmas del pasado. Había cosas que no podía controlar, que no podía arreglar, y lo que más le costaba aceptar era que no siempre podía poner el control en sus manos. Había momentos en los que la vida simplemente pasaba, y todo lo que podía hacer era aceptarlo.
Un sábado por la mañana, después de una semana de trabajo y tensiones acumuladas, Marc la invitó a salir. Quería llevarla a un lugar donde pudieran estar tranquilos, sin preocupaciones. Izzy sabía que lo necesitaba. Necesitaba desconectarse de todo, respirar, relajarse. Mientras iban en el coche, Marc la miró con una sonrisa divertida.
—Hoy es todo sobre ti —dijo—. Vamos a desconectar y disfrutar.
Izzy sonrió, sintiendo un alivio que no podía poner en palabras. Había algo tan simple en su gesto, algo tan genuino en su forma de quererla. No había expectativas, solo compañerismo y amistad. Algo que, para Izzy, era un regalo que nunca había creído posible.
Pasaron el día explorando un pequeño pueblo cerca de la costa, disfrutando de cada paso que daban juntos. Mientras caminaban por la playa, los dos sentados en la arena, Marc le habló sobre sus propios miedos, sobre las cicatrices que aún lo perseguían. Y en ese momento, Izzy comprendió algo esencial. El amor no se trataba de ser perfecto, sino de aceptar la imperfección de uno mismo y del otro. De estar dispuestos a cuidar las cicatrices y, lo más importante, de estar ahí el uno para el otro en los momentos difíciles.
—¿Sabes? —dijo Marc mientras miraba al horizonte—. A veces, las cosas no salen como planeamos, pero aún así, lo importante es que estamos juntos, ¿verdad?
Izzy lo miró y asintió. Esa sencilla verdad la conmovió profundamente. Ya no necesitaba buscar la perfección. Ya no necesitaba preocuparse por lo que había pasado. Solo necesitaba vivir el momento.