Esa noche, mientras se encontraba en su habitación, Izzy no podía dejar de pensar en todo lo que había aprendido hasta ese momento. Había pasado por tanto dolor, tantas pérdidas, que a veces se preguntaba cómo había llegado tan lejos. Pero ahora entendía algo fundamental: el amor no solo curaba, sino que enseñaba. Marc le había mostrado una nueva forma de amar. No basada en la perfección, sino en la aceptación.
Aunque aún había mucho por sanar, Izzy se dio cuenta de que lo que más necesitaba era confiar en su propio proceso. Ya no estaba sola en su viaje. Tenía a Marc, a su madre, a su padrastro. Pero lo más importante, tenía que aprender a confiar en sí misma. A dejar ir lo que no podía controlar, a comprender que no tenía que cargar sola con todo.
Era hora de dejar ir lo que le impedía avanzar. Dejar ir las culpas del pasado, las expectativas no cumplidas y las cicatrices que aún llevaban el eco de un amor que no la merecía. Lo único que podía hacer ahora era sanar, un paso a la vez.