El miedo era algo que nunca podría eliminar por completo, pero Izzy había aprendido algo crucial: no tenía que dejar que el miedo controlara su vida. Había pasado demasiado tiempo dejándose gobernar por las sombras de su pasado, las dudas de su valía, y el temor de que nunca sería suficiente. Pero ahora comprendía que el miedo era solo una emoción pasajera. No tenía que definirla. Ella era mucho más que sus miedos.
El día siguiente fue diferente. Cuando se despertó, la luz del sol entraba por la ventana, bañando la habitación de colores cálidos. Había algo en el aire que le decía que hoy sería un día distinto. No por la circunstancia externa, sino porque su mente había cambiado. Estaba lista para avanzar sin mirar atrás. Estaba lista para enfrentar lo que viniera sin el peso de las dudas que había estado cargando por tanto tiempo.
Se levantó, se miró al espejo y sonrió. No había necesidad de esperar a que todo fuera perfecto. Ya no necesitaba ser perfecta. Solo necesitaba ser ella misma, con sus luces y sombras. Eso era suficiente.
Esa mañana, mientras se preparaba para salir a trabajar, Izzy pensó en su vida con Marc. En lo que habían construido juntos. En todo lo que aún podían compartir. Sabía que su relación no era perfecta, pero eso no significaba que fuera menos real. Y aunque no estaba completamente curada, era el momento de seguir adelante. Porque el amor no era solo una cura para el dolor; el amor verdadero, como el que compartía con Marc, era una construcción diaria. Un día tras otro, sin promesas de perfección, solo con la certeza de que ambos estaban dispuestos a construir algo genuino.
Cuando se encontró con Marc esa mañana, lo miró con una serenidad que nunca había tenido antes.
—Hoy me siento diferente —dijo Izzy, con una sonrisa sincera—. Creo que hoy es el día en que realmente empiezo a dejar atrás el miedo.
Marc la miró con cariño, un brillo en los ojos que reflejaba una mezcla de orgullo y esperanza. Sin decir una palabra, la tomó de la mano y juntos caminaron hacia el futuro.