La ciudad estaba bañada en una luz dorada por el amanecer. Izzy caminaba por las calles con una sensación de calma, pero también de anticipación. A pesar de que el sol brillaba con fuerza, había algo en su interior que le decía que estaba al borde de algo importante, algo que marcaría un antes y un después en su vida. A lo largo de los últimos meses, había trabajado en su propia sanación, y aunque sabía que no era un proceso lineal, también había comprendido que la verdadera liberación solo se alcanzaba cuando uno se permitía aceptar el cambio.
Las cicatrices no desaparecían de inmediato, pero lo que sí había empezado a sanar era su relación con ellas. Izzy ya no veía sus heridas como algo que debía esconder, sino como pruebas de su fuerza. Había sobrevivido a las tormentas emocionales que el destino le había enviado, y ahora, como nunca antes, se sentía dueña de su propio destino.
Marc la esperaba en el parque, como siempre lo hacía cuando querían pasar un momento juntos. Aunque al principio, cuando se conocieron, ella pensaba que nunca sería capaz de confiar nuevamente en alguien, hoy era diferente. Con él, había encontrado algo más que apoyo: había encontrado una conexión profunda, algo que iba más allá de la atracción o el afecto superficial. Lo que compartían era una base sólida construida sobre la honestidad, la paciencia y el entendimiento mutuo. Aunque todavía tenía miedos, sabía que en su compañía, podía ser ella misma sin reservas, sin miedo a ser juzgada.
Cuando llegaron al parque, Marc la miró con una suavidad que la hizo sonreír, y por un momento, Izzy recordó cómo sus corazones habían estado conectados desde el principio, sin palabras, solo con gestos y miradas. El amor que ellos compartían no estaba basado en lo perfecto, sino en lo auténtico.
—Hoy se siente diferente, ¿verdad? —preguntó Marc, tomando su mano mientras caminaban por el sendero del parque.
Izzy asintió, una sonrisa tímida pero llena de certeza en su rostro.
—Sí, es como si todo lo que he estado buscando finalmente estuviera aquí, en este momento. No sé si es por ti, por mí, o por todo lo que hemos vivido, pero sé que estamos en el lugar correcto, juntos.
Marc la miró profundamente, sus ojos reflejando no solo amor, sino también una promesa silenciosa. Una promesa de seguir caminando juntos, sin importar lo que el futuro trajera.
—Lo que más me gusta de ti es que, a pesar de todo lo que has pasado, sigues siendo tan fuerte. Y quiero que sepas que no tienes que hacerlo todo sola. Yo estaré contigo en cada paso del camino.
Izzy lo miró, sorprendida por la intensidad de sus palabras. No había muchas personas en su vida que la apoyaran incondicionalmente, pero con Marc, todo era diferente. Él no esperaba que fuera perfecta, no la idealizaba ni la veía como una solución a sus problemas. Simplemente, la amaba por quien era, y eso la hacía sentirse más libre que nunca.
Se sentaron juntos en una banca, observando a la gente que pasaba, algunos caminando rápido, otros disfrutando del día. Izzy suspiró profundamente, dejando que la tranquilidad de su entorno la envolviera.
—He estado pensando mucho en todo lo que he vivido —dijo Izzy, mirando al horizonte—. En cómo he dejado que el miedo me controlara por tanto tiempo. Pensé que nunca podría confiar nuevamente en alguien, que siempre tendría que cargar con mis cicatrices. Pero ahora me doy cuenta de que mis cicatrices no me definen. Soy más que mis heridas. Soy más que lo que me hicieron creer que era.
Marc la miró con admiración, su mirada fija en ella, como si pudiera ver cada una de las capas que la conformaban. Con cariño, la abrazó, y en ese abrazo, Izzy sintió que algo se rompía dentro de ella, pero no de una manera dolorosa. Era una ruptura sanadora, una liberación de todo lo que había guardado durante tanto tiempo.
—Lo que has pasado no te define, Izzy. Lo que te define es tu capacidad de seguir adelante, de aprender y de crecer. Eso es lo que admiro de ti.
Izzy sintió que sus palabras resonaban profundamente dentro de ella, tocando una parte de su alma que había estado oculta por miedo. En ese momento, todo lo que había vivido, todo lo que había soportado, cobró sentido. Porque ella ya no era la misma. Ya no era la mujer que había sido arrastrada por el miedo y la duda. Había cambiado, y no por lo que los demás esperaban, sino por lo que ella sabía que merecía.