Izzy estaba aprendiendo a abrazar la vulnerabilidad. No era fácil, pero cada vez más comprendía que no había fuerza sin vulnerabilidad, que era necesario mostrarse tal y como uno era para poder ser genuinamente amado. La relación con Marc había sido un reflejo de esa lección. En sus brazos, Izzy se había dado cuenta de que el amor no necesitaba ser perfecto, solo necesitaba ser auténtico.
Había pasado tanto tiempo construyendo paredes a su alrededor, temerosa de mostrar sus debilidades, temerosa de que alguien pudiera ver lo que ella misma había tratado de ocultar. Pero Marc había sido la excepción. Él no la veía como una víctima de su pasado, sino como alguien fuerte que había sobrevivido, que estaba lista para seguir adelante.
Una noche, después de una tranquila cena, se sentaron en su sofá, disfrutando de la compañía del otro en silencio. La paz de esa noche era reconfortante, pero Izzy sabía que había algo más que aún debía compartir. Algo que había estado guardando en su interior, temerosa de que Marc no pudiera entenderla por completo.
—Marc —dijo, su voz suave pero llena de determinación—, quiero que sepas algo. Aunque a veces me cueste mostrarlo, estoy aprendiendo a ser vulnerable contigo. Estoy aprendiendo a dejarme ver, a dejarme sentir. Y eso es algo muy grande para mí.
Marc la miró, sus ojos reflejando un amor profundo y genuino.
—Izzy, siempre has sido fuerte para mí. Y ver cómo estás aprendiendo a abrir tu corazón, a permitirte ser tú misma, es lo que más admiro de ti. Esa es la verdadera fortaleza.
Izzy sonrió, sintiendo que su corazón se aligeraba con cada palabra que Marc decía. El amor verdadero no era la ausencia de miedo, sino la capacidad de amarse a pesar de él. Y eso era lo que ella había encontrado con Marc. No una perfección idealizada, sino un amor real, lleno de aceptación, paciencia y, sobre todo, de confianza.