Izzy nunca había imaginado que un día las palabras "perdón" y "liberación" tendrían tanto peso en su vida. Cuando las escuchaba de pequeña, pensaba que solo se referían a aquellos que cometían grandes errores. Pero ahora entendía que el perdón no siempre era para los demás. A veces, el perdón era para uno mismo.
Había estado cargando con tantas culpas durante su vida. Culpa por no haber visto las señales de alerta en su relación con Diego, culpa por haberse dejado arrastrar por la tormenta emocional sin poner límites, culpa por no haberse amado a sí misma lo suficiente. ¿Cómo podía perdonarse por todo eso?
Aquel día, mientras se encontraba sola en su apartamento, Izzy se enfrentó a un espejo. Era como si el reflejo que veía no fuera el mismo que ella había conocido hace unos meses. Había algo diferente en ella. Ya no era la misma mujer que se había dejado destruir por una relación. Ya no era la mujer que se sentía perdida, sin rumbo ni propósito. Había algo en ella que brillaba, algo que solo ella había descubierto a través del dolor, la lucha y, sobre todo, el tiempo.
Izzy cerró los ojos, respiró profundamente y, sin pensarlo dos veces, se dijo a sí misma: "Es hora de perdonarme. Es hora de dejar ir la culpa". Fue un acto simple, pero tan liberador que las lágrimas comenzaron a caer, no de tristeza, sino de alivio. Aceptó que, aunque no podía cambiar lo que había pasado, tenía el poder de elegir cómo reaccionar ante ello. No iba a permitir que el peso de las decisiones pasadas siguiera definiéndola. Ya no iba a arrastrar su historia como una carga, sino a reconocerla como una parte de su crecimiento.