El sol se había puesto temprano esa tarde, sumiendo la ciudad en la penumbra de la noche, pero en el pequeño departamento de Izzy, una luz cálida seguía brillando. No era solo la lámpara encendida ni el resplandor de la televisión. Era la luz que emanaba de su alma, esa luz que se había apagado por tanto tiempo, pero que ahora ardía con fuerza.
Marc había sido el compañero silencioso de su transformación. No había hecho promesas grandiosas, ni había intentado apresurarla. Solo había estado allí, siempre presente, sin juicio, sin prisas. Esa noche, después de una tarde tranquila de charla y risas, Marc la miró con una intensidad que hizo que su corazón latiera con más fuerza.
—Izzy —dijo con suavidad, tomando su mano—, quiero hablar de algo importante.
Ella lo miró con curiosidad, sintiendo que en sus palabras había algo serio, algo que cambiaba la dinámica entre ellos. No sabía qué esperar, pero lo que sí sabía es que había aprendido a escuchar su corazón, a dejarse guiar por lo que sentía en lugar de lo que temía.
—Dime, Marc —respondió, su voz suave pero llena de interés.
Marc la miró con una sonrisa genuina y, con un suspiro, comenzó a hablar. Este momento estaba marcado por una sinceridad que no se había permitido antes.
—Lo que más me ha sorprendido de ti, Izzy, es tu capacidad de superar, de seguir adelante incluso cuando el camino parece oscuro. Te admiro profundamente, no solo por tu fortaleza, sino también por tu vulnerabilidad, por el hecho de que sigues siendo capaz de amar a pesar de todo lo que has vivido.
Izzy sintió que sus palabras se clavaban en su corazón, pero no de una manera dolorosa. Era como si él pudiera ver en su alma, como si pudiera reconocer todo lo que ella había luchado para ocultar. Fue en ese momento cuando comprendió que el amor, en su forma más pura, no pedía perfección, sino autenticidad. Y eso era lo que Marc le ofrecía: un amor real, que no exigía cambios, sino aceptación.
—Gracias —dijo Izzy, sin poder evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla. Era una lágrima que hablaba de gratitud, de liberación, de sanación. En ese simple acto de aceptación mutua, algo dentro de ella cambió. El amor verdadero no era algo que tenía que buscar afuera, era algo que ya estaba dentro de ella, algo que solo necesitaba ser reconocido.