El encuentro con Diego fue inevitable. Izzy lo encontró en el café que solían frecuentar, un lugar lleno de recuerdos agridulces. El hombre frente a ella seguía siendo el mismo, con su sonrisa arrogante, pero sus ojos, ahora, parecían reflejar algo más: arrepentimiento.
—Izzy… —dijo Diego, con la voz suave, casi suplicante—. Sé que esto no lo esperas, pero hay cosas que necesitas saber. No me pidas que me quede en el pasado. Me equivoqué. Lo sé.
Izzy se quedó en silencio por un largo rato. Sus manos temblaban ligeramente, pero su corazón se mantenía firme. No quería caer en su trampa, no quería que él la arrastrara de nuevo a su juego de mentiras.
—No tengo nada que hablar contigo, Diego. Ya no eres parte de mi vida. Todo lo que tuvimos, todo lo que creímos, ya no existe.
Pero Diego no la dejó ir tan fácilmente. Su rostro se endureció, y su tono de voz se volvió más sombrío.
—Sé que lo que hice fue cruel. Sé que te fallé de la peor manera, pero estoy tratando de arreglarlo. Necesito que entiendas que ahora soy diferente.
Izzy lo miró, respirando profundamente. Era el momento de enfrentarse a su pasado, de liberar su alma de esa pesada carga.
—Lo que tú hagas no me afecta, Diego. Ya no me importa. No quiero más mentiras. No quiero más de ti en mi vida. Lo que pasa entre nosotros ya quedó atrás, y no tengo más espacio para ti. No lo necesito.
Con esas palabras, Izzy se levantó y salió del café, dejando atrás a un hombre que ya no tenía poder sobre ella. El pasado había quedado atrás. Ya no le pertenecía.