Un día me contaron que ella estaba enamorada de mi, pero fue solo una mentira, pero ya era tarde para cuando me di cuenta, porque estaba completamente enamorado de ella. Me atreví a hablarle, contestó mis mensajes y desde entonces, aunque ella misma repetía que no gustaba de mí, todos los días hacía todo lo posible para que se enamorase de mi.
Ella apareció en mi vida cuando todo era simple. Éramos jóvenes, demasiado jóvenes, y eso hacía que todo se sintiera más intenso. Yo la veía distinta a las demás, no porque fuera perfecta, sino porque conmigo era real. No fue mi primer beso, ni la primera que me gustó, pero sabía que quería todo con ella. Porque incluso con solo verla de lejos, era suficiente. Estando en la calle hacía lo posible para quedar frente a su casa y que me viese, podía verla y hacerle señas, tirarle besos.
Conseguí lo que quería y la enamoré, y se convirtió en mi novia. Me gustaba hablar con ella, me gustaba saber que estaba ahí. La hice instalar un juego para pasar más tiempo juntos, aunque fuese de lejos. Me encantaba pasarmela en llamada con ella. Recuerdo nuestros pocos encuentros como los mejores de mi vida, no eran muchos pero eran suficientes. Un abrazo podía durar segundos y quedarse conmigo días. Me gustaba cómo me miraba, cómo parecía encontrar paz solo por estar cerca. Yo también la sentía, aunque nunca fui bueno expresándolo.
Tal vez siempre fui así: reservado, confuso, creyendo que sentir no implicaba decir nada. Pensaba que si algo era verdadero no hacía falta nombrarlo. Y con ella, todo se sentía verdadero. Nunca sentí que me pidiera nada, y quizá por eso me quedé más tiempo de lo que pensé. Había algo seguro en su presencia, algo que no exigía explicaciones.
Hubo momentos en los que me alejé, no porque no me importara, sino porque no sabía cómo quedarme. Ella era complicada. Terminaba conmigo a cada rato por miedo a que la regañasen y no pudiese verme más. Pero todo se volvió difícil, era tan intensa que no sabía cómo comprenderla, traté, pero parecía imposible. Nunca aprendí a sostener algo tan intenso sin sentir que me ahogaba un poco. Pero incluso cuando no estaba, pensaba en ella. Siempre estuvo presente de alguna forma.
Aunque llegamos a distanciarnos, era solo por un tiempo. Seguíamos volviendo el uno al otro, como si hubiera algo inconcluso, algo que no necesitaba definirse. Yo creía que eso era bueno, dejar que las cosas fluyeran sin etiquetas, sin promesas que no estaba seguro de poder cumplir.
Con el tiempo, lo nuestro cambió. Se volvió más físico, más silencioso. Pero no por eso menos importante. Había una conexión que no se apagaba, aunque ya no fuera la misma. Yo pensaba que ambos entendíamos eso, que estábamos de acuerdo en no pedir más de lo que el otro podía dar.
Nunca quise hacerle daño. Si alguna vez me fui sin explicar, fue porque pensé que era lo mejor. A veces amar es dejar ir. Yo creí que ella era fuerte, que sabría quedarse con lo bueno y dejar ir lo demás.
Ella fue importante para mí, incluso cuando no supe demostrarlo como debía, la lastimé tanto, que no puedo ser capaz de tratarla normal, verla a los ojos o conversar con ella. Ella no pudo superar nada, por eso siempre mantengo distancia.
Merece mucho más.
Mentira. Es un mentiroso. Esto no es amor ni verdad. Él sabía lo que hacía. Y aun así me destruyó.
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dependencia emocional, relaciones toxicas, narrativa autobiográfica
Editado: 03.01.2026