No hay cosa que más me desagrade que las personas que se estancan. Porque es como si me viese en el espejo.
Traigo conmigo un descontento grave. No encuentro balance entre las cosas. Me gustaría y disfrutaría sin duda alguna de mi casa si está no se encontrará ubicada en estás calles llenas de recuerdos, y un rostro que no puedo evitar. Permanezco en los adentros de una casa que ahora está vacía, tratando de ver hacia afuera. Pero los sonidos son inevitables. Vivo entre caminos silenciosos, dónde se oyen los gritos de algunos vecinos. Dónde se oyen los autos y motocicletas pasar. Y eso me aturde. El silencio me hizo escuchar el ruido de esos motores fuertemente, para aprender cada uno de los sonidos que producen, y por desgracia reconozco quién pasa, que vecino es el que está pasando por la calle. Y te oigo. Cuando despierto para ir en busca de un lugar lejos de ti, oigo a tu padre algunas veces pasando a las 4 casi 5 am. Hay días, usualmente sábados, en los que despierto a las 7 u 8, y oigo a tu madre pasar. Cuando es mediodía, y me encuentro en casa, te oigo, y oigo a tu madre pasar entre las 12 y 13. Y cuando cae la noche oigo a tu padre pasar antes de las 19. Y casi automáticamente te oigo a ti. Más tarde; las horas varían, oigo pasar a tu madre. Y a las 21, te oigo a ti.
Esto es enfermizo. Me gustaría no saberlo. Así mi mente estaría libre de sonidos que aturden mis mañanas y noches. No hay día que no te piense, aunque sea tan solo unos minutos. No encuentro la forma de sacarte de mi mente, cuando no puedo evitar sacarte de mi vista, de mis oídos. Suena tan imposible hacerlo. Asimismo pienso en la idea de que me acostumbraré a verte y será tan solo algo de costumbre que da igual. Pero eres una costumbre que me desgarra los oídos. Tal vez es la razón por la que corro a esconderme entre auriculares que reproducen la música que desee, porque me ayuda a escapar de mis demás sentidos.
Si supieras esto, capaz te encontrarías abrumado. Pero no hay nadie más abrumado y preocupado por dejarte atrás que yo. Quisiera dejarte como lo has hecho tú conmigo, hace un tiempo atrás.
He sentido una liberación al estar ausente. Tú me bloqueaste, te escribí por otro sitio, me escribiste un día, un día en el que perdí las ganas, perdí todo, y te ignoré. Viste como te ignoré y decidiste decirme adiós, no pasaron ni 3 horas. Según tú, me saludarías mejor en persona. Pero yo desaparecí. No escribí más, ni busqué. Y me escondí entre tantas cosas, para que no vieses mi rostro.
No te veo, te oigo pero no te escucho. Sin embargo nunca me fío de mis pensares. Y sé que te recordaré de algún modo. Encuentro personas, distracciones. Pero siempre encuentro algo de ti en ellos.
El tiempo transcurre y escribo muy poco. No sé que es. Han pasado semanas desde que no te hablo, Aren. Y he tenido un poco de todo. Aquí el tiempo, entre estás palabras, pasa en segundos. Pero han pasado ya unos cuantos días. No te he visto y tampoco quiero hacerlo, porque siento algo a lo que no sabría si llamarle paz.
Me encontré a alguien que solía conocer, y me hacía sentirme muy nerviosa. A veces me pregunto porque no nunca pude sentir esos nervios cuando te veía a ti. Creo que tan solo las primeras veces, esas en las que teníamos 13 años, pude sentir aquello. Quizás, es probable, desde que me dejaste de ver a los ojos, hace tanto, tanto tiempo.
Esa persona era agradable, teníamos cosas en común y solíamos hablar mucho. La primera vez que nos vimos fue en mi casa. Estuvimos sentados en la sala viendo televisión, no sabía bien qué decir, lanzaba frases cortas y recibía respuestas cortas. Pero la forma en la que me miraba era tan intensa, que me hacía sentir completamente nerviosa. Sabía que no podía mirarlo a los ojos porque me reiría. No era necesario ver directamente o de reojo, su presencia era intensa y fuerte, que tan solo con eso sabía que me veía. No tenía ningún miedo de tocarme. Tomaba mis manos y jugaba con ellas.
Más tarde nos sentamos en el porche a ver una película. Recuerdo tener su cara tan cerca, y en un momento voltear, y de repente tan solo sentir sus labios.
Antes no me atrevería a decirlo, porque aún no perdía la esperanza en las personas, bueno, en ellos. Pero cada que pasa el tiempo, pasan personas y personas, que no son más que tan poco y tan nada. Sé que he escogido el camino lleno de esa gente, pero sin duda alguna, aunque suene a una máxima excusa, mis ojos no han visto hombre que no sea un imbécil. Abuelo, padre, hermano, primo, amigo, novio, todos siendo lo mismo. Tan solo he conocido a aquellas las cuales me veían como un ser único, las únicas que saben a qué sabe el daño que hacen aquellos, porque tristemente tuvieron que atravesar amargos momentos, que hoy son bastardos recuerdos.
Aún recuerdo el amargo rato que me hiciste pasar dejándote mi alma y mi amor puro, por un amor que no puede ser llamado amor, porque no fue, es, ni lo será, Aren.
El tiempo transcurre, y esto no tiene orden. Es como mi cabeza, un sitio extraño, inestable podría decir, impredecible, que varía, no porque dependa de algo, varía porque divaga, porque explota, porque enreda.
Hace meses que no escribo por gusto, lo he hecho por desespero. Hay escritos de hace meses intercalados. Sin orden. Sin rumbo.
Mis palabras no son más que el colapso de mis ideas. Cualquiera creería que no pasa nada. Inclusive podría contar todas mis historias melancólicas sin expresar dolor, y más bien estar riendo. Pero no soy más que polvo. Mi cuerpo lo sabe. Debilidades que empiezo a considerar que otro ser no podría sostener. Es como una nada en comparación a los demás seres. Pero nadie sabe. Quien vive es quien conoce. Soy tan solo esclava de mi imaginación, y mi peor enemigo.
#991 en Otros
#5 en No ficción
dependencia emocional, relaciones toxicas, narrativa autobiográfica
Editado: 23.01.2026