Devoción por el daño; cadáveres en una cama.

Capítulo 4: Otra decepción más.

Ojos de avellana, realmente te quería.

Tu ausencia me hizo triste, y ahora ni siquiera te recuerdo. Ahora ni siquiera tengo ganas de releer aquello que escribí sobre ti. Porque no lo valía. Luchamos él uno por el otro, hasta que nos dejamos. Me hice capaz de comprender el crecimiento. Saber que crecemos. Pero tú no.

Tanto desprecio sentías por Aren. Y eras tan solo alguien muy parecido a él.

Eres él único ser con problemas, solo tú puedes ser escuchado. Solo tú puedes ser atendido. Nunca me apreciaste. Solía ser tu mejor amiga. Pero era tan solo una etiqueta. No quiero hablar de ti, pero siento algo dentro de mi que me impulsa. Me provoca algo que no puedo expresar. Pero algo que tengo muy claro es la decepción que dejaste marcada.

Me siento descarada al llamarte amigo, cuando creí haberme enamorado de ti. Jamás dudaré de cuánto cariño tenía hacia ti. Solías ser tan especial.

Mi madre nunca estuvo convencida de ti. Yo me aferraba a ti. A defender mi amistad. Y entonces, después de años, le di la razón a ella.

Sentirse tan vacía es terrible cuando viene de esos que estuvieron contigo cuando no eras capaz de levantar el rostro. Toda la vida estaré agradecida por su presencia, porque tal vez no estaría con vida hoy. Y por eso todo duele aún más de lo que tal vez debería.

Pase días y noches de sufrimiento, padeciendo el dolor de haber conocido a Aren. Entre tanto, lo conocí a él. No era alguien que yo mirase con confianza, tenía una perspectiva distinta, una en la que inclusive no me agradaba. Pero de alguna manera iniciamos conversaciones que se extenderían y extenderían. Encontré alegría y reconforte en aquel muchacho que miraba con ojos de tranquilidad. Qué tenía ojos de color verde y amarillo, ojos de avellana.

A medida que las palabras crecían, la confianza también. Y terminamos siendo aquellos grandes amigos que se apoyaban, se cuidaban, se escuchaban, se mantenían con vida, se rescataban. Pero los dos estábamos tan quebrados, que consumíamos la poca vida que le quedaba al otro. Y un día después de meses y meses y más meses de estar presentes, nos dijimos adiós, sin hacerlo.

Lo extrañé mucho. Y meses después del adiós, lo vi en la calle, hablamos un poco, cada uno siguió su camino. Al día siguiente conversamos por mensaje, él terminó yendo a mi casa ese mismo día. Y fue todo muy reconfortante y nostálgico. Pero recordé, porque me fui.

Nuestros problemas eran muy pesados para que solo uno cargará con ello, los dos cargabamos la cruz del otro.

Cuando yo tuve un poco de esperanza y valor para tratar de dejar atrás mi dolor, él me recordaba todas aquellas cosas que no quería oír. No quería saber, ni oír nada sobre Aren, y él, lo mencionaba, preguntaba. Contestaba a sus preguntas y entonces empezaba a hacerme sentir mal, metiéndome a la cabeza ideas de todo aquello que no quería oír.

Pasamos días y días conversando, yo tuve la idea de que estaba enamorada de él, hablé, lo dijé. Y no recibí una respuesta, no una buena, no una mala, no recibí nada.

Fue un golpe duro, porque él sabía lo afectada que quedé después de recibir distancia, abandono, ese amargo sentimiento de ser ignorada. Sin embargo, tiempo después conversamos, no era igual, pero ahí estábamos, tratando. Hasta que…

El día de mi graduación festejando tuvo un actuar que me parecía impropio de él. Solía tener contacto físico, pero aquello de esa noche iba más allá de eso. Su mano subía y subía. No sabía cómo actuar en ese momento, trate de separarme de manera sutil.

Pasado el tiempo, se fue de mi casa. Y sentí repudio. Asco.

Finalmente todo fue peor el día que empezó a decir y preguntar muchas cosas, estando borracho. Abrí los ojos y me di cuenta de lo que había evitado ver.

Yo no le importaba. Solo sé importaba por sí mismo. Quería recibir atención de mí. Una atención que ya había experimentado. Pero yo no era igual. Aún así…

Estuve para ti en tus peores momentos, todas esas veces que necesitabas atención, escucha. Y cuando te fui sincera, te fuiste, como ellos. La confianza se fue al piso. Creíste que seguía sintiendo aquello que admití y decidiste tocarme. Y cuando estuviste borracho dijiste tanto. ¿Recuerdas las palabras que dijiste? Aquello que realmente pensabas. ¿Tenía que desvivirme porque tú no sentías lo mismo? ¿Eso era lo que querías? Hacías esas preguntas de ”¿qué te gustaba de mí? ¿Por qué esto, por qué lo otro?” Qué más da. Me escribías solo porque buscabas atención, solo me hablabas porque te sentías mal, no porque te interesará saber de mí. Y te lo dije.

Volviste a mencionar a Aren, cuando él ya ni siquiera estaba presente en mi vida. Me referí a una persona y automáticamente esa persona para ti era Aren, y no lo era. Asumiste lo que quisiste. Siempre has asumido lo que has querido. Asumiste que estoy en busca de llenar un vacío teniendo novio, que constantemente estoy en esas. Cuando estoy haciendo todo lo contrario. Trato de estar lejos de algo cercano a una relación. No quiero a nadie. No quiero saber de nadie. No quiero que nadie esté a mi lado. Y no porque lo desee. Si no por miedo. Por miedo a que personas que decían quererme, como tú, me hagan daño. Solo busquen beneficios de mí. No me quieran. No me amen. Tan solo están en busca de algo que los llene, algo con lo que puedan pasar un rato, alguien en quien apoyarse, alguien a quien quitarle la alegría y la fuerza para apoderarse de ellas y no dejar nada, tan solo a una persona olvidada de la manera más cobarde llorando porque quien decía quererla, era mentira, siempre lo fue.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.