Devoradores del Poder

Capítulo 1: Las dos caras de la moneda.

La primera fotografía apareció en Japón.

Un usuario de la red social X la publicó sin darle mayor importancia, asumiendo que se trataba de un fenómeno atmosférico inusual, un capricho de las nubes altas o un sutil destello de luz matutina.

Cinco minutos después, la teoría del evento aislado se desmoronó por completo. Comenzaron a brotar imágenes idénticas desde Seúl, en Corea del Sur.

Luego la alerta saltó en Sídney y en muchas otras ciudades importantes, sin embargo, en las zonas rurales también estaba pasando.

Y el efecto dominó se volvió imparable, envolviendo al planeta entero conforme la rotación de la Tierra avanzaba. París. Berlín. Río de Janeiro. Toronto. Ciudad de México.

Hasta que el cielo sobre El Salvador también se tiñó con la misma anomalía.

En cuestión de minutos, el internet global colapsó bajo el peso de la incredulidad. Las redes sociales se convirtieron en un hervidero de transmisiones en vivo, hilos de debate histéricos y millones de fotografías en alta definición. El cielo del planeta entero, sin importar la zona horaria, se había transformado en un lienzo compartido.

Miles de millones de pequeñas estructuras blancas descendían lentamente desde la estratosfera, balanceándose con las corrientes de aire en una danza perfecta, silenciosa y coordinada. A la distancia, parecían gigantescos dientes de león flotando en el espacio, desprendiendo una calidez casi celestial.

Eran hermosos. Hipnóticos. Pacíficos.

Durante casi dos horas, la humanidad se detuvo por completo para contemplar el espectáculo más desconcertante de su historia moderna. En las pantallas de televisión, los principales canales informativos transmitían paneles con científicos y expertos que daban opiniones a ciegas; unos aseguraban que era una campaña publicitaria a una escala jamás vista, otros hablaban de un experimento militar de dispersión de aerosoles o tecnología holográfica secreta.

Los sectores más optimistas declaraban en internet que se trataba de un evento astronómico único, una bendición cósmica que les había tocado presenciar.

Conforme las estructuras se acercaban más a la superficie, la incertidumbre obligó a las autoridades a reaccionar. Las diferentes gobiernos en todo el mundo comenzaron a emitir alertas nacionales de emergencia a través de los teléfonos y los canales de televisión. Los mensajes eran claros y urgentes: «Se solicita a la población resguardarse de inmediato en sus hogares y mantener una distancia mínima de cincuenta metros de cualquier estructura descendente hasta obtener más información. Evite todo contacto directo».

Los paranoicos de siempre gritaban en foros digitales y esquinas urbanas que el fin del mundo había llegado.

Pero nadie los escuchaba; aquellas advertencias estatales cayeron, tristemente, en un mundo sordo.

¿Cómo tenerle miedo a algo tan sutil y bello?

La gran mayoría de la población simplemente levantó sus teléfonos para capturar el momento, buscando el mejor ángulo, el filtro ideal, el video corto que les asegurara miles de reproducciones. En los parques y plazas públicas, la gente extendía las manos con fascinación. Los niños corrían detrás de las estructuras entre risas y gritos de alegría, intentando atrapar aquellos filamentos blancos que caían como copos de nieve en cámara lenta.

El mundo entero sonreía, unido en el asombro.

Nadie imaginaba que la paz podía tener un rostro tan hermoso.

Y nadie sospechaba que, en realidad, estaban presenciando la cuenta regresiva para la extinción de la civilización tal y como la conocían.

—¡Pásala, René! ¡Voy solo! —gritó Michael, picando a máxima velocidad y desmarcándose entre los defensores sobre el césped gastado y la tierra sucia del parque.

René levantó la cabeza, aguantó la embestida de la marca un segundo y vio el espacio libre.

El pase salió limpio, un trazo largo y bombeado que cortó la defensa a la mitad.

Michael controló el balón con el pecho en un movimiento fluido, amortiguando el impacto mientras giraba. Dejó atrás al último defensa con un regate corto y rápido que levantó una pequeña nube de polvo y, sin pensarlo dos veces, soltó un derechazo con el alma.

El arquero se estiró cuan largo era, pero solo sirvió para adornar la foto. La pelota se incrustó directamente en el ángulo de los postes metálicos despintados.

—¡¡¡Gooooooooool!!!

El grupo de amigos estalló en gritos, aplausos y burlas ruidosas. Michael corrió hacia la orilla de la cancha celebrando con los brazos abiertos, dejándose caer sobre la grama mientras los demás se le encimaban entre risas, empujones y jadeos de cansancio puro. El sol de la tarde comenzaba a ceder, tiñendo el horizonte de tonos rojizos y anaranjados.

—Se acabó, señores, ya no me dan las piernas —dijo René, apoyando las manos en las rodillas, completamente empapado en sudor—. El marcador final queda 7-5. Les ganamos bien. Muevan los pies y paguen las sodas.

Los perdedores bufaron, quejándose del árbitro inexistente, mientras el grupo caminaba arrastrando los pasos hacia las bancas de concreto bajo la sombra de los árboles. Destaparon las bebidas heladas, sintiendo el alivio del primer trago directo en la garganta seca, comentando las mejores jugadas entre risas.

Fue en ese instante de completa normalidad cuando René dejó la botella a medio camino de la boca.

Su mirada se congeló en el cielo.

—Hey... miren esa onda —murmuró, apuntando hacia arriba con el cuello de la botella.

Michael y los demás levantaron la vista. Entre las copas de los árboles, descendiendo con una suavidad irreal y ajena a la gravedad, una estructura blanca y perfecta, del tamaño de una manzana, flotaba directo hacia el centro de la cancha de fútbol.

La estructura descendía tan despacio que parecía suspendida en el tiempo.

No caía.

Flotaba.

Se balanceaba suavemente con el viento, como si cada uno de sus delicados filamentos ignorara por completo las leyes de la gravedad.




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