Devoradores del Poder

Capítulo 2: La observación, el primer pilar 

El olor a antiséptico, metal y sangre seca fue lo primero que golpeó los sentidos de Michael antes de que lograra abrir los ojos. Cuando finalmente lo hizo, parpadeó con pesadez, encandilado por los tubos de luz fluorescente que parpadeaban en el techo. No estaba en el parque rural.

Estaba en la camilla de un hospital que parecía una zona de guerra.

A su alrededor, el caos era total. Los pasillos resonaban con gritos lejanos, el llanto de pacientes y el andar apresurado de médicos y enfermeras cubiertos de manchas rojas. Los soldados con uniformes militares y fusiles en mano revisaban minuciosamente las grabaciones de las cámaras de seguridad de los alrededores de la ciudad, coordinando por radio el levantamiento de los cadáveres que habían quedado esparcidos por todos lados, incluido aquel pueblo tras la primera ola.

—Al fin despertás, maje —dijo una voz ronca a su lado.

Michael giró la cabeza con dificultad. René estaba sentado en una silla plástica junto a su camilla, con parches en la cara y una venda gruesa apretándole las costillas. A la par de él, Diego y Mateo, también golpeados y vendados, se levantaron de inmediato al verlo reaccionar.

—¿Dónde... dónde estamos? —logró articular Michael, sintiendo la garganta de arena.

—En el hospital general —respondió René, arrastrando la silla. Su rostro no tenía la chispa de siempre; se le veía una sombra oscura en la mirada—. Después de que te dormiste por completo, llegaron los militares al parque. Todo era un desmadre. Recogieron los cuerpos de todos... y a nosotros nos trajeron para acá de emergencia.

René guardó silencio un segundo. Metió la mano en su bolsillo y sacó un teléfono con el lente cuarteado y una esquina abollada. El teléfono de Yuliana. Se lo extendió a Michael con la mano temblorosa.

—Tomá. Es lo único que quedó de ella.

Al ver el aparato, a Michael se le vino el mundo encima. Yuliana y él eran primos, pasaban peleando por puras tonterías de la edad y se vivían reclamando por todo, pero ambos sabían, muy en el fondo, que se querían con el alma. El recuerdo de su cuerpo siendo destrozado por la mandíbula de aquella aberración humanoide se reprodujo en su mente como una película de terror.

Michael apretó el teléfono contra su pecho y, sin poder contenerlo más, rompió en un llanto amargo, silencioso y pesado, dejando que las lágrimas limpiaran el hollín de sus mejillas. Sus tres amigos se quedaron en silencio, respetando su dolor, rodeando la camilla.

—Si no hubiera sido por vos, Michael... estaríamos igual que ella y los demás —soltó Diego en voz baja, quebrando el ambiente—. Cuando nos dijiste que nos armáramos, nos pareció una locura. Pero si no nos hubiéramos preparado en ese cuarto de herramientas cuando lo gritaste, hoy seríamos polvo.

—Es cierto, maje —asintió René, limpiándose la nariz—. Vos siempre has tenido esa extraña habilidad de presentir el peligro o cuando las cosas se van a poner feas. Nos salvaste la vida.

Michael respiró hondo, tragándose el nudo en la garganta, y se incorporó lentamente en la camilla.

—Esa onda en internet... ¿sigue activa? —preguntó Michael, mirando el teléfono.

—Ufff, ni te imaginás, bicho —dijo René, encendiendo la pantalla para mostrarle las notificaciones—. El directo de Yuliana se cortó cuando te desmayaste, pero la sección de mensajes sigue reventando. Los seguidores de ella y millones de personas más están mandando sus pésames a la familia. Pero no solo eso... nos están suplicando que hagamos un directo. Quieren hablar con nosotros, quieren que les expliquemos cómo p...

—A mí no me cuadra esa mierda, René —lo interrumpió Michael, frunciendo el ceño—. Mi prima acaba de morir, el mundo se está yendo al carajo y esa gente solo quiere ver una pantalla.

—No lo veas así, Michael —intervino Mateo por primera vez, cruzándose de brazos—. Todo el equipo cree que sería buena idea. La gente afuera está cagada de miedo. El video de nosotros es lo único que les está dando huevos para defenderse. Si salimos y hablamos, tal vez ayudemos a que más personas sobrevivan.

Antes de que Michael pudiera replicar, la cortina de la sección de emergencias se abrió de golpe. Un doctor de mediana edad, con ojeras profundas y el uniforme arrugado, entró sosteniendo una tableta digital. Se les quedó viendo a los cuatro con una mezcla de cansancio absoluto y completo desconcierto.

—Vaya, veo que el paciente principal ya recuperó el sentido —dijo el médico, acercándose a revisar las pupilas de Michael—. Aunque... a decir verdad, según sus expedientes de ingreso de hace apenas unas horas, ninguno de ustedes debería estar sentado.

—¿A qué se refiere, doctor? —preguntó Diego.

El médico suspiró, frotándose el puente de la nariz.

—Me refiero a que, anormalmente, todos ustedes han sanado sus heridas a una velocidad que desafía la biología. Las fisuras en las costillas de René ya no muestran dolor al tacto, tus heridas por corte, Michael, están cerradas casi por completo, y los hematomas internos desaparecieron. Es médicamente imposible... pero después de las aberraciones que cayeron del cielo ayer, ya nada en este mundo me sorprende. Médicos de todo el planeta están reportando cosas extrañas con algunos sobrevivientes. Por ahora, lo mejor es que se queden en el hospital bajo observación estricta. No se muevan de aquí.

El doctor dio un par de indicaciones más y salió apresurado hacia otro cubículo donde se escuchaban alarmas médicas.

Los cuatro amigos se miraron las manos. No era una alucinación. Sentían el cuerpo ligero, fuerte, como si una energía nueva les recorriera las venas.

—¿Ven? El mundo está cambiando —dijo René, acercándole el teléfono de nuevo a Michael—. Encendé el live bro. Hay que hablar con el mundo.

Michael miró a sus tres amigos, respiró profundo y asintió.

—Está bien. Denle play a esa vaina.

René deslizó el dedo por la pantalla agrietada, configuró la transmisión y, tras un par de parpadeos de la cámara frontal, el directo se inició. El contador de espectadores fue una locura: en menos de diez segundos pasó de cero a trescientos mil, y el número seguía trepando de forma demente.




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