Devoradores del Poder

Capítulo 3: Crecimiento

El sonido estridente de la alarma sonó en simultáneo a las seis de la mañana en cuatro casas distintas del pueblo.

Para Michael, René, Diego y Mateo, el despertar ya no fue el mismo. No hubo la pesadez habitual en los músculos ni la flojera de un día cualquiera. En cuanto abrieron los ojos, una oleada de vitalidad limpia y fría les recorrió la columna. La energía asimilada el día anterior se había asentado en sus cuerpos durante el sueño. Cada uno se levantó de golpe, se metió a bañar con agua helada para espantar los fantasmas de la noche anterior y se preparó en silencio, vistiéndose con ropa cómoda y tenis listos para correr.

A las 6:45 AM, las cortinas metálicas del gimnasio de Brayan seguían abajo, pero el portón lateral de madera crujió suavemente.

Diego fue el primero en llegar, con las manos metidas en las bolsas de una sudadera gris. Apenas un minuto después, la silueta robusta de Mateo apareció en la esquina, cargando una mochila térmica de donde salía un sutil olor a café y frijoles refritos.

—Qué onda, maje. Puntual —saludó Diego en voz baja, chocando los puños con él.

—Hay que aprovechar el tiempo —respondió Mateo con su habitual tono seco, abriendo la mochila—. Traje panes con frijoles y un termo con café. Mi vieja los preparó temprano. Hay que comer bien, bicho, porque hoy no sabemos si vamos a almorzar.

Michael llegó despuéscito. Se le notaban las ojeras de no haber dormido bien, pensando en Yuliana, pero su mirada estaba extrañamente afilada. Sacó la llave de bronce que Lucía le había entregado, la introdujo en el candado del portón lateral y empujó la madera con cuidado para no hacer ruido.

—Pasen —dijo Michael, dándoles espacio—. René ya no ha de tardar.

Justo cuando entraban al patio de tierra, René apareció corriendo a paso veloz, trotando como si viniera saliendo de un partido de fútbol, con una sonrisa que intentaba ocultar los nervios.

—¡Qué onda, majes! Ya estamos todos. Ala versh, Mateo, qué buen olor tienen esos panes. Pasame uno que vengo con un filo de la puta.

Sentados sobre las llantas de tractor en el centro del patio, bajo el cielo gris del amanecer, los cuatro devoraron el desayuno improvisado mientras la plática se volvía inevitablemente seria.

—¿Qué pensás de lo que dijo el viejo de la ONU en la noche, Michael? —preguntó Diego, dándole un sorbo al café del termo. —Están cagados —sentenció Michael, limpiándose las manos—. Eso de congelar la economía tres días es para evitar que la mara saquee los supermercados por el pánico. Lo que me preocupa es lo que dijeron de las armas de fuego. Si las balas solo hacen que los Voraces huyan, significa que el ejército solo está retrasando lo inevitable. Las patrullas van a ahuyentar a los bichos hacia los cerros y los cantones, justo aquí a la par de nosotros. —Por eso CRONOS quiere reclutar a la gente con habilidades —añadió Mateo, cruzándose de brazos—. Saben que los militares no van a dar abasto en las zonas rurales. Nos van a usar como carne de cañón si nos dejamos registrar a lo loco. —A mí me vale p... CRONOS ahorita —intervino René, masticando con fuerza—. Lo que me cuadra es que el tipo confirmó que somos más fuertes. Si esos bastardos andan sueltos en el monte, hay que estar listos para cuando bajen al pueblo. Michael, démosle al entreno ya. Quiero ver qué tanto aguantamos hoy.

Michael asintió y se levantó de la llanta. El ambiente cambió de inmediato; el juego se había acabado.

—Bien. Vamos a medir los límites —ordenó Michael, asumiendo el rol de líder—. Mateo, probá el peso con los discos grandes de halterofilia que están bajo la lona. René, vos dale a la llanta de tractor, pero controlá el impulso, no te vayas a joder un tendón. Diego, ayudame a ver cuánto tarda en cargar mi barrera.

El patio se convirtió en un laboratorio de evolución humana forzada. Mateo caminó hacia una pila de discos de hierro. Sin esfuerzo aparente, levantó una barra olímpica cargada con 300 libras, una cantidad que a un atleta olímpico le tomaría años dominar. Su rostro ni siquiera se puso rojo; la fuerza de Mateo era compacta, pesada, un muro infranqueable.

René, por su parte, se plantó frente a la llanta gigante de tractor. Soltó un rugido corto y la levantó en vilo con una explosión de energía tan violenta que casi la manda al otro lado del patio. Su estilo era puramente ofensivo, visceral.

—¡Puchica bicho, vas a romper la pared! —le reclamó Diego entre risas, aunque sus ojos brillaban de asombro. Luego se giró hacia el centro del patio—. Dale, Michael. Intentemos lo de ayer.

Michael se plantó firmemente en la tierra. Cerró los ojos y buscó en su pecho ese fuego helado que el día anterior le había costado tanto invocar. Esta vez, la energía respondió más rápido, como un músculo que ya sabía el camino.

—¡Viene! —gritó Diego, lanzándole un polín de madera con fuerza a la altura del pecho.

Michael abrió los ojos. «Armadura», pensó.

¡¡¡KRAK!!!

La energía translúcida de color rojizo brillante se materializó en un parpadeo, pero esta vez no fue solo un guantelete. Las placas de energía samurái cubrieron su brazo derecho y se extendieron hasta formar un pectoral parcial sobre su torso. El polín se astilló por completo al chocar contra el pecho de Michael. Sin embargo, la armadura volvió a disiparse inmediatamente después del impacto.

Michael cayó de rodillas, jadeando, agarrándose el pecho. El hormigueo era intenso.

—Mejoró la cobertura... pero sigue siendo un solo uso por activación —analizó Michael, recuperando el aire mientras Diego lo ayudaba a levantarse—. Si me atacan dos Voraces al mismo tiempo o uno con ráfagas rápidas, estoy jodido. Necesito aprender a mantener la armadura activa, no solo a usarla como un escudo de un solo impacto. —Pero el avance en doce horas es estúpido, maje —dijo René, acercándose con los ojos abiertos—. Ayer solo era el brazo, hoy ya tenés medio pecho cubierto. Si lográs cubrirte entero, vas a ser un maldito tanque andante.




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