Devoradores del Poder

Capítulo 4: Cimientos y Legado

La pantalla del teléfono celular se iluminó en medio de la penumbra del cuarto, rompiendo el silencio de la mañana con el persistente zumbido de las notificaciones. Al centro de la pantalla de bloqueo, el encabezado de la aplicación de mensajería mostraba un nombre que, incluso después de los días transcurridos, seguía calando hondo en el pecho: "Los Mismos de Siempre 4/8". Era un recordatorio mudo y constante de la herida abierta; un honor silencioso a la mitad del grupo de amigos que la primera ola se había llevado para siempre, dejando solo a cuatro sobrevivientes para cargar con el peso de lo que venía.

El primer mensaje en aparecer era de Michael, enviado puntualmente a las 7:00 AM:

Michael: Hey, buenos días, majes. A las 7:30 los quiero a todos en el gimnasio. Ya hablé con Lucía y nos va a prestar el gimnasio principal, no solo el patio. Tenemos varias cosas que hablar, un directo que hacer y hay que tomar decisiones. Espero que hayan comido, descansado y que hayan visto la cadena internacional de CRONOS de anoche.

Apenas pasaron dos minutos antes de que cayera la primera respuesta.

René: [Sticker de un perro atropellado y demacrado] René: Nombre, bicho, a mí me duelen hasta los pensamientos por la escarcha y los rayos de ayer jajaja. Siento como si me hubiera pasado un camión encima. Pero ya me voy a levantar, ya voy en camino.

Casi de inmediato, el chat mostró que los demás estaban en línea.

Mateo: Vaya. Diego: Ya voy saliendo yo también, ahí nos vemos.

El brillo de la pantalla se atenuó hasta apagarse, dejando el ambiente en silencio una vez más, pero la urgencia ya estaba sembrada. El día que cambiaría el rumbo de sus vidas acababa de comenzar.

El olor a caucho, desinfectante y sudor frío impregnaba el aire del gimnasio principal de Brayan. A diferencia del patio de tierra donde solían pasar el rato, este espacio se sentía extrañamente formal bajo la pálida luz de los tubos fluorescentes.

Michael ya estaba allí, de pie en el centro de la lona principal. A su lado, Lucía revisaba un bloc de notas, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba la rigidez de una administradora con la genuina preocupación de quien ha visto al mundo desmoronarse. Ella no planeaba quedarse de brazos cruzados; quería entender qué eran ahora esos bichos, documentar sus límites y serles de utilidad real en la logística que se avecinaba.

A las 7:28 AM, la puerta metálica lateral se abrió con un quejido pesado. Los tres que faltaban fueron entrando uno a uno, arrastrando las rémoras de sus propias personalidades.

René entró primero, con los hombros caídos y una mueca exagerada, sobándose las costillas vendadas mientras soltaba un bostezo que parecía un rugido. Diego lo seguía de cerca, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono, tecleando a toda velocidad con el ceño fruncido, probablemente revisando las métricas del canal o respondiendo mensajes de las gentes que exigía pruebas de que seguían vivos. Al final, cerrando la marcha con la parsimonia de un glaciar, entró Mateo; traía las manos metidas en las bolsas de una sudadera gris holgada, con la mirada baja, analizando el entorno con esa indiferencia gélida que lo caracterizaba.

—Vaya, hasta que se dignan —dijo Lucía, guardando el lapicero en el bolsillo de su sudadera—. Bienvenidos al VIP. Las puertas de atrás ya están cerradas con pasador. Nadie del pueblo va a asomarse por aquí mientras ustedes juegan a ser superhéroes.

—Nombre, Lucía, si supieras que siento que me pasó un camión recolector de basura encima —se quejó René, dejándose caer con pesadez sobre un banco plano—. Me duelen hasta las uñas.

—Menos quejas y más acción —lo cortó Michael, cruzándose de brazos—. No tenemos todo el día. Lucía se va a quedar a observar porque necesitamos que alguien de fuera mida nuestros tiempos y reacciones. Hay que ver qué podemos hacer realmente. Así que muévanse.

No hubo aplausos ni fanfarrias. Lo que vino a continuación fue un baño de realidad crudo y agónico. No tardaron ni diez minutos en comprender que el poder que cargaban no era un regalo divino ni un superpoder de anime; era una alteración biológica forzada que sus cuerpos humanos todavía rechazaban e intentaban asimilar a base de calambres, fatiga y migrañas.

Diego fue el primero en tomar el centro de las colchonetas. Se descalzó, cerró los ojos y lanzó un jab directo al aire. El agua no brotó de la nada de forma mágica; se sintió como si las venas de sus antebrazos se dilataran a presión, empujando la humedad del ambiente a través de los poros de su piel. Una fina película líquida envolvvió sus nudillos, pero mantenerla allí requería una concentración agónica que le hacía saltar las venas de la frente. Cuando intentó proyectar un chorro hacia un saco de boxeo pesado, el agua perdió cohesión a los dos metros, salpicando el suelo de madera como una manguera de jardín sin suficiente presión.

—Puta... no es tan fácil —jadeó Diego, apoyándose en las rodillas mientras el sudor real de su frente se mezclaba con el agua elemental—. Ayer, el lagarto ese escupía ráfagas a presión que perforaban el concreto como si fuera de papel. Yo apenas puedo mantener la fluidez en mis propios puños sin sentir que me va a dar un derrame cerebral. Nuestro alcance es una mierda.

A unos metros, Mateo experimentaba con el hielo, el elemento que casi los sepulta el día anterior. Estiró la mano hacia una barra olímpica de hierro fundido. La escarcha comenzó a trepar por el metal, pero el proceso era dolorosamente lento, un crujido sutil que apenas lograba esparcir un frío tenue. Con un bufido de frustración, Mateo concentró la densidad en la palma de su mano, logrando materializar una estalactita irregular, afilada pero delgada, del tamaño de un cuchillo de cocina. Cuando la golpeó contra un disco de pesas para probar su resistencia, el hielo se pulverizó al instante en fragmentos inútiles.




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