Devoradores del Poder

Capítulo 5: Los Cimientos del Cadejo. Bloque 1.

Día 5: 6:00 am

El traqueteo metálico de un camión de reparto de gas y el motor asmático de una ruta de autobús local fueron los primeros sonidos que rompieron el silencio de la mañana. No hubo sirenas de emergencia, ni el zumbido ominoso de los helicópteros de reconocimiento militar, ni el eco sordo de las alertas de evacuación que habían dominado el cielo durante las últimas noventa y seis horas.

Era el quinto día desde el avistamiento del primer diente de león.

Michael se paró frente a la ventana de la oficina del gimnasio, observando la calle. Los primeros rayos del sol iluminaban el asfalto lavado por la lluvia de la madrugada. Un señor de avanzada edad barría con parsimonia la acera de una tienda de abarrotes, mientras dos mujeres con delantales apuraban el paso cargando huacales plásticos llenos de masa de maíz caliente. El olor a humo de leña y a café destilado flotaba en el aire húmedo, mezclándose con el característico aroma a diésel de los buses. A sus espaldas, Lucia se encontraba sentada en el escritorio terminando de organizar los CVs que había recibido y filtrado para las contrataciones.

Parecía un día normal. Un día común y corriente en El Salvador. Pero era una mentira, un espejismo insostenible.

A sus espaldas, el ruido de una escoba arrastrándose por el suelo de goma interrumpió sus pensamientos. Diego había sido el primero en llegar. Llevaba ahí desde antes de que saliera el sol, dispuesto a ordenar el caos del lugar, como si el trabajo manual lo ayudara a despejar la mente.

Poco a poco, el resto del equipo fue haciendo eco en el local. Mateo entró cargando unas herramientas que acomodó en una esquina con un gruñido de esfuerzo, seguido por René, quien venía frotándose los ojos y equilibrando con cuidado cuatro vasos de café de una gasolinera cercana.

—Qué barbaridad, bichos, ni los gallos se han despertado y ustedes ya andan moviendo chunches —se quejó René, entregando los vasos—. Tomen, para que revivan, que esta jornada va para largo.

—Menos quejas y más acción, maje —respondió Mateo, dándole un sorbo a su café antes de ir a revisar unas pesas oxidadas.

Con el equipo completo, los cinco se enfrascaron en tareas de limpieza sencillas para preparar el terreno. Diego, con un trapo viejo en mano, se puso a quitar el polvo acumulado sobre una vieja máquina de poleas. De repente, sus dedos se detuvieron al sentir una pequeña abolladura en el metal del armazón. Una sonrisa triste cruzó su rostro.

—Todavía me acuerdo cuando Brayan casi se vuela los dientes aquí —dijo Diego en voz baja, quebrando el silencio de trabajo. Miró a Michael que venía saliendo por la puerta de la oficina y luego a René, que se acercaba con su café—. Quiso impresionar a unas bichas del instituto levantando todo el peso de la torre. Si no le meto el brazo para trabar la polea, se deshace la cara el maje.

René soltó una pequeña risa, aunque el semblante se le ensombreció un poco al recordar al dueño original del lugar.

—Cabal. Ese Brayan era otro vacil, era bueno para inventar cosas. Pero míranos hoy, maje. Quién iba a decir que terminaríamos atrincherados en su local.

—No es solo su local, René. Es lo único que nos queda de él —intervino la voz de Lucía, quien venía detrás de Michael saliendo de la antigua oficina del gimnasio.

Michael notó de inmediato cómo la postura de Lucia cambiaba al ver a Diego. Con Mateo y René, Lucía solía mantener un escudo de frialdad administrativa, la coraza de la mujer que debía dirigir la logística de una Orden. Con Michael mostraba más calidez y confianza; pero al cruzar la mirada con Diego, había una complicidad silenciosa entre ellos, el dolor compartido de haber sido el triángulo inseparable antes de que el mundo se fuera al demonio.

Diego caminó hacia ella y, sin decir una palabra, le quitó el pesado fajo de carpetas que cargaba bajo el brazo para aliviarle el peso. Lucía no protestó; simplemente le dedicó una mirada de agradecimiento que arrastraba años de confianza mutua.

—Ayer por la tarde al fin terminé con la selección de nuestro personal administrativo y legal, Michael —anunció Lucía, soltando un suspiro de cansancio mientras se acomodaba el cabello—. Costó filtrar entre tanta solicitud que nos llegó, pero ya tenemos a los indicados. Los cité para que vinieran ahora mismo a primera hora.

—Excelente trabajo, Lu —respondió Michael, asintiendo con firmeza—. Entre más rápido formalicemos todo el papeleo con CRONOS, más rápido empezamos a armar la base. No podemos darnos el lujo de perder ni un solo día.

—¡Ala versh! ¿Tan rápido? —exclamó René, abriendo los ojos de par en par y dándole un sorbo a su café—. Vos no dormís, bicha. Yo a duras penas pude con mi alma anoche por los dolores y vos ya armaste toda una planilla.

Mateo, que se había asomado en silencio por uno de los ventanales sin vidrios que daban a la calle, interrumpió la plática con su habitual tono seco y observador.

—Pues parece que ya llegaron. Hay dos carros cuadrándose allá afuera.

—Deben ser ellos —confirmó Lucía, y luego miró de reojo las carpetas que ahora sostenía su amigo—. Gracias, Diego. Como dice Mateo, Don Manuel y el Licenciado Rivera ya están abajo terminando de parquearse. Vamos a recibirlos.

Michael asintió y le hizo una seña al resto. Los cinco salieron tras Michael.

—Qué loco está esto, bicho —murmuró René, dándole un último sorbo a su café mientras salían—. Hasta hace una semana a duras penas teníamos tiempo para ir a jugar futbol y andábamos en la calle en short y chancletas, y ahora andamos recibiendo abogados y contadores de saco y corbata.

—Comportate, maje —le advirtió Mateo en voz baja, dándole un leve codazo—. Nada de andarlos espantando el primer día.

Al abrir el portón frontal, el aire húmedo de la mañana se coló de golpe. Dos hombres bajaron de sus respectivos vehículos, sacudiéndose el polvo invisible de sus trajes formales, un atuendo que desentonaba por completo con la fachada rústica del local. Tras un rápido intercambio de saludos corteses y apretones de mano en la acera, Michael tomó la iniciativa.




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