Día 5: 3:00 pm
El entrenamiento inició con una sacudida a la realidad para los civiles. Lucía, Don Manuel y el licenciado Rivera se encontraban alineados frente a Michael y René, sudando a mares y con la respiración entrecortada. Los dos líderes no tuvieron piedad, pero sí paciencia. Les enseñaron posturas de guardia, cómo cerrar los puños correctamente y técnicas de evasión.
—No esperamos que salgan a cazar Voraces —les explicó René, corrigiendo la postura del contador, que a pesar de su edad mostraba una determinación férrea—. Pero aquí adentro nadie va a ser una carga. Si algo logra entrar a la base, tienen que saber correr, cubrirse o soltar un buen golpe para ganar tiempo.
Una vez que los civiles pasaron a los ejercicios de repetición bajo la atenta mirada de René, los cuatro Segadores fundadores tomaron sus respectivas esquinas del gimnasio para empujar sus propios límites.
En el fondo del recinto, la temperatura caía en picada. Mateo estaba de pie, inamovible, con los pies anclados al suelo. Su respiración se convertía en vapor denso mientras el hielo crujía a su alrededor. Había dejado de intentar lanzar simples ráfagas heladas; ahora estaba enfocado en la contención y el volumen. Frente a él, gruesos muros de escarcha y hielo sólido se levantaban desde el concreto. Estaba incrementando masivamente la cantidad que podía generar, consolidándose como la barrera inquebrantable, el tanque absoluto del equipo.
A pocos metros, Diego era la otra cara de la moneda: todo fluidez y silencio. Sus movimientos eran ágiles, casi como una danza marcial, pero lo verdaderamente asombroso ocurría bajo su piel. Sus venas destellaban con un sutil y constante brillo turquesa. Al carecer de un dominio que le permita crear una gran cantidad de agua, había aprendido a usar la humedad de su propio cuerpo para acelerar su flujo sanguíneo, amplificando sus reflejos y sus sentidos físicos a niveles sobrehumanos. Con los ojos cerrados, podía escuchar y sentir cada movimiento en la sala. Poco a poco, extendió las manos y comenzó a extraer la humedad del aire y a atraer las gotas condensadas de las botellas de agua cercanas, haciéndolas levitar a su alrededor como pequeños proyectiles en órbita.
Por su parte, René había decidido suprimir temporalmente el caos. Siendo la fuerza ofensiva más bruta del equipo, sabía que un exceso de poder sin dirección podría ser letal para él mismo. En lugar de provocar explosiones deslumbrantes, estaba sentado en posición de flor de loto, sudando profusamente mientras hacía levitar pequeñas, pero densas, chispas de rayos azules entre sus dedos. Su filosofía era clara: si lograba perfeccionar y estabilizar su poder desde lo más básico y minúsculo, su cuerpo no sufriría ningún retroceso cuando llegara el momento de desatar tormentas enteras.
Pero el mayor salto evolutivo se encontraba en el centro de la pista.
Michael respiraba hondo, envuelto en un aura intimidante. Había dejado de depender de sus habilidades como entes separados. Su pecho, hombros y brazos estaban cubiertos ahora por una coraza rojiza, gruesa y detallada, que se asemejaba a la mitad superior de una armadura samurái mística. El escudo ya no era solo para su brazo; ahora protegía todos sus órganos vitales.
Pero no se detuvo en la defensa. Con un grito sordo, canalizó su energía de relámpagos de frente. Ya disparaba la estática como un proyectil a distancia, además, también la condensó directamente sobre la superficie de su armadura y sus puños. Cada golpe de sombra que lanzaba cortaba el aire con un chasquido eléctrico ensordecedor. Había logrado fusionar su armadura con la letalidad de la electricidad a corta distancia. Era una fortaleza andante, lista para destrozar cualquier amenaza cuerpo a cuerpo.
Día 5: 7:30 pm
El equipo estaba evolucionando, no solo en su logística, sino en su pura y dura capacidad de supervivencia. La Falsa Calma que todos ahí presentían no los iba a encontrar desprevenidos.
Al caer la noche, el agotamiento físico de llevar sus habilidades al límite les pasó factura. Sin necesidad de muchas palabras, el grupo dio por terminado el entrenamiento. Cada uno regresó a su respectiva casa a descansar, buscando en un sueño profundo el refugio necesario para asimilar los brutales cambios de sus cuerpos.
Día 6: 6:00 am
A la mañana siguiente, al despuntar el sexto día desde el inicio del caos, el gimnasio volvió a abrir sus puertas. Pero esta vez, el ambiente ya no era el de un refugio improvisado; respiraba el aire de una base operativa en pleno funcionamiento.
Durante las primeras horas, el proceso fue administrativo, rápido y a puertas cerradas. Bajo la estricta supervisión de Lucía y el Licenciado Rivera, se formalizó la contratación del personal staff: los tres pilares científicos de la base: dos inventores y un investigador científico firmaron sus contratos, convirtiéndose en las mentes clave para el futuro desarrollo tecnológico de la Orden.
Casi de inmediato, y tras un riguroso filtro de entrevistas exprés, lograron fichar a sus primeros ocho reclutas aspirantes a Segadores. Eran muchachos y muchachas provenientes de los cantones y pueblos aledaños que habían sobrevivido a la primera ola. Ninguno poseía habilidades aún, pues nunca habían devorado a un Voraz, pero habían demostrado un valor inquebrantable al organizarse con otros civiles para evacuar personas y repeler a las criaturas con lo que tenían a la mano, actuando unos como puro apoyo y otros en combate. Fueron elegidos por una sencilla razón: estaban dispuestos a dar la vida para defender su hogar y a su gente. Con este movimiento, la Orden del Cadejo cumplía al pie de la letra con el mínimo de personal operativo exigido por las leyes de CRONOS para sobrevivir al mes de prueba legal.
Una vez que el papeleo concluyó y los nuevos reclutas fueron enviados a instalarse, los cuatro fundadores se reunieron nuevamente alrededor de la gran mesa de madera con Lucía y Rivera.
#2053 en Otros
#408 en Acción
#243 en Ciencia ficción
sobreviviendo al caos, evolución, apocalipsis cienciaficcion batallas
Editado: 15.08.2026